Festival de Lucerna homenajea a Wilhelm Furtwängler a 50 años de su muerte

El director de orquesta, el más importante del siglo pasado, contribuyó con su arte, según sus detractores, al prestigio cultural del régimen criminal de Adolf Hitler.

10 de Agosto de 2004 | 08:08 | EFE
Wilhelm Furtwaengler
El director de orquesta, considerado por muchos como el mejor del siglo pasado, falleció el 30 de noviembre de 1954.
LUCERNA, Suiza.- El festival de Lucerna, que comienza el viernes en esta ciudad del corazón de Suiza, dedica una exposición homenaje al tan genial como controvertido director de orquesta alemán Wilhelm Furtwängler (1886-1954) con motivo del cincuentenario de su muerte.

Desde su exilio voluntario en Suiza en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial -en la que, según sus detractores, contribuyó con su arte al prestigio cultural del régimen criminal de Adolf Hitler- hasta su fallecimiento en 1954, Furtwängler estuvo en doce ocasiones al frente de la entonces llamada Orquesta del Festival Suizo.

El Festival de Lucerna, como se le conoce hoy, tiene su origen en un concierto que dirigió el 25 de agosto de 1938, frente a la casa junto al lago de los Cuatro Cantones en que vivió Richard Wagner, otro famoso maestro de la batuta de talante antifascista: el italiano Arturo Toscanini.

Triunfador en Estados Unidos tras haber dirigido a la Scala de Milán, Toscanini se negó a dirigir en Salzburgo y Bayreuth en protesta contra el régimen nacionalsocialista, actitud que contrasta con la del maestro alemán, que decidió seguir en su patria prácticamente hasta el final del régimen hitleriano.

El pianista y director de orquesta Daniel Barenboim, en quien Furtwängler reconoció a un niño prodigio cuando se lo presentaron con sólo once años, afirma hoy que es una “verdadera lástima” que ese maestro no optara por la emigración porque “habría enriquecido culturalmente a otros países”.

“Imagínense la influencia que podría haber ejercido entonces en los conservatorios de las universidades norteamericanas. Estados Unidos sigue resintiéndose hoy de la falta de un polo opuesto al que representaba allí la figura de Toscanini”, señala Barenboim en un folleto publicado con motivo de la exposición de Lucerna.

Mientras que Toscanini fue considerado casi un dios en Estados Unidos, donde dirigió diversas orquestas como la de la Metropolitan Opera o la Filarmónica de Nueva York y fundó la de la Sinfónica de la NBC, Furtwängler no pudo cumplir siquiera en 1949 un compromiso con la Sinfónica de Chicago por el clima de sospecha que reinaba allí en torno a todo lo relacionado con la Alemania nazi.

Con la perspectiva que dan los años, el citado Barenboim afirma que hay que hacerle justicia a Furtwängler: si bien es cierto que se vio forzado a ciertos compromisos, ése nunca consideró a los nazis como los custodios de la gran cultura alemana, sino más bien lo contrario.

De ahí que Barenboim confiese hoy que habría hecho lo mismo que el gran violinista Yehudi Menuhin, como él mismo de origen judío, cuando aceptó tocar en 1947 en Berlín con Furtwängler en un concierto -por cierto, de beneficencia a favor de la comunidad hebrea-, gesto duramente criticado por muchos entonces.

El propio Barenboim recordará además el próximo 16 de diciembre en Berlín a Furtwängler con un concierto en el que mostrará una faceta suya menos conocida - la de compositor-, interpretando su Segunda Sinfonía.

Furtwängler fue un compositor excelente, en opinión de Barenboim, y “todo lo que escribió se caracteriza por un extraordinario buen hacer”.

Lo que ocurre, explica, es que “sus composiciones vieron la luz en el momento equivocado. Son un anacronismo, pero eso para mí no tiene importancia. Lo único que importa es si la música es buena o no”.

Por lo que respecta al aspecto más polémico de su personalidad, su colaboración con el nazismo, otros expertos como la suiza Verena Naegele consideran que Furtwängler se limitó a defender la independencia de la creación artística frente a los intentos de apropiación política por los jerarcas del Tercer Reich.

Furtwängler se dedicó en cuerpo y alma a defender a la Filarmónica de Berlín, que consideraba su propia “criatura” y a la que salvó de la bancarrota varias veces, primero durante la crisis económica de los años veinte, y luego en 1933, esta vez tras negociaciones con el ministro de propaganda del régimen, Joseph Goebbels.

Frente a éste, que trató de utilizar al maestro como un simple instrumento para el logro de sus fines políticos, Furtwängler rompió más de una lanza a favor de los músicos judíos de su orquesta o de compositores tachados de “degenerados” por el régimen nazi como Paul Hindemith.

Después de que Goebbels calificase a Hindemith de “creador de ruidos atonales” y declarase sin ambages que “el nacionalsocialismo no es sólo la conciencia política y social de la nación, sino también su conciencia cultural”, Furtwängler dimitió de todos sus cargos oficiales de carácter honorífico para dedicarse enteramente a su orquesta.

La neutral Suiza, donde había actuado en varias ocasiones desde 1924, no iba a recibirle, sin embargo, con los brazos abiertos cuando decidió quedarse definitivamente en 1945 sino que las autoridades de Zürich le prohibieron dirigir durante algún tiempo, hasta que un tribunal aliado le declaró inocente de colaboración con el régimen nazi.
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