Aullido 5/11/2004

06 de Noviembre de 2004 | 15:58 |
Aullido

Estadio San Carlos de Apoquindo
Jueves 4 de noviembre (Festival SUE II)


Marisol García C. 5/11/2004

Suele olvidarse lo prolífica que ha sido la carrera de PJ Harvey como autora y cantante. Van ocho discos suyos en poco más de diez años, pero además un sinfín de colaboraciones en álbumes ajenos (Giantsand, Nick Cave, Mark Lanegan; entre los más recientes) que pueden dividirse sin problemas en dos grandes conjuntos. Está la PJ Harvey amable, la del disco Stories from the city, stories from the sea (2000), por ejemplo, que gusta vestirse de gran dama de vez en cuando y embobar a la audiencia con una sobreactuada sensualidad sobre tacos altos.

Y está la PJ Harvey oscura, rara, incomprensible. La que asoma en gran parte de su más reciente disco solista (Uh, huh, her), y que fue la que la inglesa eligió mostrar por primera vez ante los chilenos. El efecto entre el público fue obvio: los conocedores superficiales mostraron decepción por no escuchar canciones como "Good fortune" o "Down by the water", pero los de oídos más atrevidos lograron valorar en plenitud la fuerza de una cantautora de difícil parangón en el actual panorama rockero.

Polly Jean Harvey se nota en vivo más cerca del blues que de otra cosa, y saca su voz profunda desde un espíritu que no sabe de frivolidad ni concesiones, dispuesta a gritar hasta los versos más impúdicos a una audiencia cuyo juicio parece no importarle. Lo hace muchas veces desde la incomodidad de la mujer que no se ajusta a la norma ("no es fácil caminar con este vestido", canta en "Dress"), pero, otras, desde una disposición amorosa tan entregada que uno hasta llega a creer que puede haber algo de sarcasmo (como en "To bring you my love" o la hermosa "It´s you", de su último disco: tan triste como un bolero). Es carismática como intérprete, pero también muy lúcida en la composición, presentando sus historias (personales o no) a través de arreglos eléctricos de suma austeridad, donde lo único que sobra es su fuerza.

La acompañan sobre el escenario tres músicos tan delgados como ella, hombres de negro que entienden rápido de qué se trata su comprensión del rock. En PJ Harvey el estribillo, la melodía o la empatía importan mucho menos que la expresión, la raíz y la franqueza. Así entendido, su espectáculo en vivo es una descarga de energía de la cual nadie debiese quejarse, pues nos sacude interiormente para mostrarnos que incluso lo más oscuro dentro nuestro puede ser materia de hermosa intensidad.
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