El regado retorno del plebeyo

04 de Septiembre de 2006 | 17:35 |
Sebastián Cerda


Acompañado del dueño del restorán, Lucho Barrios tiene que caminar obligadamente entre las mesas para llegar hasta el camarín contiguo al escenario, al fondo del local. De inmediato los asistentes comienzan a saludarlo con un entusiasmo que a los pocos segundos produce una reacción en cadena: pronto todos han retirado su atención de la orquesta en escena y se vuelven hacia el peruano para aplaudirlo de pie. Él responde como puede hasta que finalmente logra llegar a su camarín.

La reacción del público (también acalorada por el vino y los combinados) da cuenta de lo que sucede: Lucho Barrios es el plato de fondo, el mejor corte de la parrillada, aunque todavía falte por ver a un par de soporíferos entremeses: el doble de Juan Gabriel y un homenaje a Hirohito (el que cuenta la historia de Michupín y Michupai). Pasadas la 01:30 de la madrugada, Lucho Barrios sale recién a escena, y mecánicamente hay quienes abandonan sus mesas para agolparse bajo el escenario. Cinco músicos dignos de un recinto como éste, o sea, una parrillada bailable, lo acompañan para comenzar con "Dos medallitas", canción con la que de inmediato demuestra que a sus 71 años mantiene en buena forma los atributos de su voz.

Al anunciar "Marabú" ofrece la primera talla de la noche, esta vez en torno a la rivalidad entre Colo Colo y Universidad de Chile. Ese tono lo mantendría durante toda la presentación, dejando pasar eternos instantes entre un tema y otro para agradecer por enésima vez este paso por Chile, festinar con la bebida, quejarse por el mal sonido, avisar que su hija está vendiendo sus devedés y recibir un galardón del diario La Cuarta. Tanto elemento anexo a la música restaría dinamismo a cualquier recital, pero eso hoy a nadie le importa. El público aguanta sus quejas, ríe con la más fome de sus bromas e incluso sube al escenario para fotografiarse con el ídolo mientras canta, en una noche sin restricciones (valga la mención: un combinado costaba $4.000).

A cambio, el peruano le dio al público de eso que más tiene consigo: hits. Uno tras otro, sin respiro: "Mi niña bonita", "Cruel condena" y "Amor de pobre", entre muchos otros. "A Lucho Barrios hay que quitarle el micrófono o no para nunca", confidencia el dueño del local. Esta noche en la parrillada La Tuna (en plena zona aledaña a la Quinta Normal) tampoco fue la excepción. Y aunque tras su actuación seguía el baile hasta las cinco de la madrugada, la noche bien pudo haber terminado con él. Todo lo siguiente, para los comensales, no sería más que un bajativo, después del banquete regado de Lucho Barrios y la memorable canción cebollera. Ésa que hace llorar.
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