Tres apellidos pianísticos

Bordean los 20 años y se abren paso en el complejo mundo del conciertista de piano. Uno de los instrumentos más difíciles supone también soluciones a la altura. Por ahora Daniel, José y Claudia, los nombres correspondientes, son proyectos. Y posiblemente promesas.

20 de Agosto de 2008 | 12:17 |

Claudia Olivares fue la única mujer entre los nombres emergentes de este concierto promovido por la Sociedad Chopin. Tiene herramientas para ser una gran pianista, pero aún debe superar su debilidad emocional.

El Mercurio

El mundo de la música es y ha sido esencialmente dinámico debido a la constante actividad de los consagrados y también por la aparición constante de figuras emergentes que luchan por ganarse un lugar en la vida musical de nuestro país. Es en este ámbito donde la Sociedad Federico Chopin de Chile cumple su misión al promover nuevos valores en el arte del piano, organizando regularmente una temporada de conciertos los que son ofrecidos habitualmente en la Sala Claudio Arrau del Teatro Municipal.

En esta ocasión se presentaron Daniel Saavedra, José Contreras y Claudia Olivares, pianistas cuyas edades no superan los veinte años. Son jóvenes que mediante presentaciones en concursos y recitales han ido afianzando su técnica, avalados siempre por su talento y musicalidad.

Creemos que ellos están en camino de lograr sus metas en el difícil mundo de los solistas. Por el momento son importantes promesas, con muchas virtudes y algunas debilidades que deberán superar para sortear los obstáculos propios de la apasionante carrera que escogieron.

Cuatro manos

Daniel Saavedra y José Contreras dieron inicio a la presentación con la versión a cuatro manos de “Mi madre la Oca” de Maurice Ravel, interpretando cuidadosamente cada una de sus cinco partes y logrando en algunas el espíritu “impresionista”, además de un fuerte contenido descriptivo. Lamentable para su interpretación fue el deplorable estado del pedal del piano, que sonaba estruendosamente al ser presionado y así le restó magia a algunos pasajes.

No obstante encontramos logros importantes en “La emperatriz de las Pagodas”, tanto como en los diálogos de “La bella y la bestia” y en la progresión dinámica de “El jardín mágico”.

José Contreras interpretó sin demasiada pulcritud, pero con intención musical, la “Berceuse” Op. 57 de Chopin. Luego resultó un poco excesivo para sus posibilidades actuales el “Scherzo N° 1” Op. 20, donde solo logró momentos de gran calidad. En todo caso es importante que a su edad aborde este repertorio, que sin duda le hará madurar musicalmente.

Con bastante aplomo y seguridad Daniel Saavedra tocó el “Nocturno Op. 9 N° 3” también de Chopin. Aquí rescatamos su acercamiento al estilo, que es de gran nivel apoyado en su segura digitación y fraseos muy claros debido al peso sonoro que logra. Dispar, en cmabio, fue su desempeño en los “Estudios Op. 25 N° 8 y N° 10” de Chopin con que cerró su presentación. En el primero fue superado en algunos pasajes por las exigencias de la obra, no obstante logró mucha claridad en el segundo, donde se le vio más cómodo.    

Las condiciones anímicas

La presentación concluyó con Claudia Olivares. A su hermosa presencia añade musicalidad e intuición, frasea con claridad, articula con precisión. Entonces, ¿qué es aquello que aún le falta para llegar a cumplir las metas que se propone?  Simplemente dominar alguna condición anímica, que le provoca lagunas de las que se repone con entereza, pero que afectan su rendimiento final.

En el “Nocturno” de Claude Debussy percibimos un natural acercamiento al estilo, claridad en las voces y un manejo dinámico de gran nivel. Éste fue sin duda su gran triunfo de la noche. Luego interpretó la famosa “Sonata Op. 31 N° 2” llamada “La tempestad” de Ludwig van Beethoven, donde luego de un promisorio inicio, se percibieron pequeños fallos, que fueron salvados rápidamente, pero que a larga terminaron minando su concentración, haciendo que en ciertos momentos apurara el pulso.

En el bellísimo y extraordinariamente difícil “Adagio”, afloraron las virtudes de la joven solista, realizando una estupenda conducción en las voces, resaltando temas y contratemas en exquisitos contrastes, sin duda un gran logro. En el movimiento final las sucesivas lagunas cortaron el discurso musical, en medio de una angustia evidente de la solista.

Los dos “Nocturnos” de Chopin fueron contrastantes, el Op 9 N° 3, marcó una evidente recuperación, entrando en el estilo y el carácter y haciendo casi imperceptible el fallo en la sección rápida. Pero en el Op. 15 N° 1 volvió la tensión, con los mismos problemas anteriores. Al final desearíamos escucharla en mejores condiciones anímicas. 

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