Un espectáculo imperdible

Con una espléndida visitante como Dolora Zajick, un retornado a su espacio natural como Tito Beltrán y una puesta en escena de Hugo de Ana que hace que el Teatro Municipal otra vez esté al día, la ópera de Donizetti deslumbró en su estreno.

22 de Agosto de 2008 | 15:43 |

El tenor Tito Beltrán lució todas sus dotes histriónicas, exhibió pasión escénica y bravura.

El Mercurio

La ópera es un género que se obstina en unir arte y espectáculo. Tiene una variada proyección social y expresiva. Es distinta. Canto de amor y muerte, dice con acierto Peter Conrad. Es conflicto y música vestidos de escenarios, trajes y épocas.

Transfiguración de cuerpos (el espectador está obligado a hacer volar su imaginación) y pasiones puestas en voz, en murmullo, en grito. Todo lo anterior vive en “La favorita” (Donizetti, 1841), en su estreno en francés para América Latina entregado a las manos de Hugo de Ana, quien con su puesta en escena, pone otra vez al día al Municipal.

Un trabajo de tal densidad estética y dramática que sobrepasa las posibilidades de un libreto imposible y de una música que tiene encanto y belleza pero que muchas veces no consigue dar con los afectos descritos.

Lo que la ópera necesita hoy

De Ana presenta una planta sencilla en la que como elemento permanente se muestra un crucifijo de enormes dimensiones, que cambia de posición en cada escena y que actúa como presencia insistente, opresora y amenazante sobre los personajes. El desarrollo del espectáculo es casi siempre en claroscuros, tras proyecciones en movimiento sobre un telón “silver”. Alternan aquí imágenes abstractas con otras corpóreas, todas ellas sometidas a un juego delicuescente de cambio infinito. Las perspectivas surgen y se desvanecen en este marco conceptual sugestivo, caprichoso y abierto, que lleva al espectador a seguir una trama interior y personal por encima de la que se desarrolla sobre el escenario.

El régisseur entiende que la ópera mezcla géneros y tiempos, y que en el siglo XXI no es atendible referirla sólo a la época en que la acción ocurre como tampoco únicamente al momento de su composición. Por eso su relato alterna iconografía y arquitectura del siglo XIV con el mundo plástico del Barroco y elementos de énfasis futurista y hasta de filiación científica, como podría describirse el extraño flujo helicoidal de la obertura.

En ese marco, discutibles parecieron ciertas proyecciones de naturaleza turística y redundante el “ángel-Leonor” mientras el tenor canta su aria del último acto. Pero el resultado completo es magnífico y sobrecogedor, lo que demuestra que, mientras exista la necesidad de resolver la problemática expresiva que plantea la mezcla de elementos musicales, plásticos y dramáticos, la ópera subsistirá en el orden creativo. 

El vestuario es de gran belleza y teatralidad, y tiene peso escénico relevante al describir a los personajes principales. En sus trajes, Alfonso XI y el prior Baltazar semejan estatuas encarnadas provenientes de antiguos templos y palacios. En esta concepción de Hugo de Ana, los cantantes están llamados a ser grandes actores, lo cual se consigue parcialmente por las condiciones de cada uno. Sin embargo, todo se resolvió con fluidez, alcanzando momentos de enorme impacto en el final del segundo acto, con los personajes expuestos en su naturaleza más íntima, y durante el último cuadro, sombrío, culposo, pesadillesco, con esos monjes excavadores y autoflagelantes.

Al término, junto a De Ana, habrían debido salir a saludar todos los que trabajan tras el escenario: escultores, tramoyistas, iluminadores, vestuaristas, maquilladores. Fue un triunfo de ellos también.  

Dolora vino, cantó y venció

La dirección musical de Roberto Rizzi-Brignoli llevó a la Filarmónica por los caminos de Donizetti, acertando con el color y la tensión apropiados durante la obertura, que incluye guiños del compositor a Beethoven; con el espesor del drama en el concertante que surge cuando Fernando se entera de que Leonor es la amante del rey; y en el belcanto tardío del dúo final entre Leonor y Fernando. Excelentes aportes de las filas de cellos, cuyo cuerpo y calidez perfilan el carácter de momentos que podrían ser triviales. Como siempre, el Coro del Teatro Municipal (que dirige Jorge Klastornick) mostró ductilidad musical y escénica. A pesar del empeño puesto por la compañía de baile y la notable solista Georgette Farías, la coreografía con alusiones flamencas y moriscas de Tamara Kiriyak para el extenso ballet resultó sin interés. 

Dolora Zajick, la famosa mezzosoprano, mostró un canto voluptuoso que debe a su voz rica en armónicos, a unos graves apabullantes y a su habilidad en el manejo de los reguladores. Esto último le permite atacar con total seguridad pianísimos y agudos, crescendos y diminuendos. Fue ovacionada después de su gran escena y aria “O mon Fernand”. Incluso considerando los puntos ciegos de su emisión, el torrente que emana de su portentosa figura y su afianzado dominio técnico provocan una admiración que llega al pasmo.

Junto a ella, el tenor Tito Beltrán lució todas sus dotes histriónicas, exhibió pasión escénica y bravura: va a todas las notas con plenitud de sonido y generosidad, sin desfallecer jamás en un papel endiablado, que incluye saltos de gran riesgo y toneladas de agudos. Su intensidad a ratos atenta contra el belcanto, pero eso es lo que lo hace tan efectivo. Su francés es perfectible, como el de todo el elenco.

La nobleza del gesto teatral del barítono Stefano Antonucci va a la par con su línea. Es el más donizettiano de todos en este conjunto, por la conducción de su canto, por su timbre, y por entregar con delicadeza sus recursos actorales y vocales. El severo y apocalíptico Baltazar fue cantado por el bajo Giovanni Furlanetto, dueño de una presencia física imponente que va bien con su personaje y de una voz de esmalte algo desgastado pero de enfático poder comunicativo. Encantadora y musical la Inés de Patricia Cifuentes y muy seguro Gonzalo Araya como Don Gaspar. 

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