Rossini en la Sinfónica

29 de Enero de 2009 | 11:37 |

Gioacchino Rossini es conocido fundamentalmente por sus creaciones operáticas, con varias obras maestras del género. No obstante, este prolífico compositor solo dedicó diecinueve años de su vida a la composición de óperas. No olvidemos que la última, "Guillermo Tell", la compuso en 1829, cuando aún le restaban muchos años más de vida, pues murió en 1868.

Cuando decidió no componer más, tenía a su haber una producción de 39 óperas, y para asombro de sus contemporáneos, se dedicó a administrar teatros y a otra de sus pasiones, "la cocina".

Pese a lo anterior, de este período de sequía surgen dos obras maestras: el "Stabat Mater" estrenado en 1842, luego de varias revisiones, y la "Petite Messe Solennelle"  de 1863.

El "Stabat Mater" se ha interpretado en pocas ocasiones en nuestro país, y en esta oportunidad fueron sus intérpretes el Coro Sinfónico de la Universidad de Chile que dirige Hugo Villarroel, la Orquesta Sinfónica de Chile, la soprano Carolina Muñoz, la mezzosoprano Evelyn Ramírez, el tenor Carlos Moreno y el bajo David Gáez, todos bajo la dirección general de Michal Nesterowicz.

La versión de Nesterowicz fue ajustada al espíritu del texto, enfatizando la expresión y consiguiendo excelentes resultados en casi todos los intérpretes.

Creemos que los grandes triunfadores fueron el Coro y la Orquesta. En el caso de los solistas, su desempeño fue disparejo.

El Coro Sinfónico de la Universidad de Chile estuvo en uno de sus grandes momentos, con hermosas y timbradas voces, fonética impecable, hermosa línea de canto, muy expresivo y por sobre todo con un gusto evidente. En dos de los números en que les corresponde cantar tiene un desafío monumental. Son "a capella", lo que involucra la posibilidad de desafinación. En ellos el certero gesto de Nesterowicz los condujo por caminos seguros.

En el caso de la orquesta, en pocas oportunidades hemos escuchado un acompañamiento más certero y musical para una obra sinfónico coral. Fue muy evidente el cuidado del director en el trabajo previo con la orquesta, pues la correspondencia de fraseos, articulaciones, contrastes e intencionalidades que existió entre textos, solistas y coro fue siempre del más alto nivel.

Al analizar los solistas, concluimos que sin duda los triunfadores son el bajo David Gáez y la mezzosoprano Evelyn Ramírez.

Gáez, que en el último tiempo ha sido protagonista de excelencia en varios eventos, confirmó su ascenso al cantar su difícil aria "Pro peccatis suae gentis" con prestancia y de memoria, transformándola en uno de los puntos altos de la noche. Algo similar ocurrió con todos los números donde le correspondió participar.

La musicalidad es la característica que Evelyn Ramírez puso al servicio en todas sus intervenciones. En el dúo "Qui est homo" fue el sustento de afinación; su aria "Fac ut portem Christi mortem" fue modelo de expresividad, y en el cuarteto su timbre fue el aporte de color.

La estupenda soprano Carolina Muñoz estuvo bastante lejos de otras presentaciones. Muy inexpresiva, con afinación precaria en ciertos momentos, sólo confirmó sus pergaminos en el aria con coro "Inflammatus et accensus" que cantó muy bellamente, con gran caudal de voz y sobre todo con fuerza expresiva.

Carlos Moreno, el tenor, debió sopesar mejor su participación. Su voz no tiene ni el volumen ni las características para la obra. Creemos que para este repertorio todavía es muy joven e inexperto. Su aria "Cuius animam" fue el punto más bajo de toda la presentación: la orquesta lo tapó constantemente y, por el carácter de la misma, muy heroica, el director no podía transformarla en algo de sonido débil. Su agudo final fue lamentable, estridente y al borde del grito. Afortunadamente en sus intervenciones en el cuarteto respondió de mejor forma.

Pensamos que como joven aceptó este gran desafío, pero creemos que faltó un sano consejo de sus profesores, pues si bien tiene condiciones y un bello timbre, el repertorio debe crecer gradualmente.

No quisiéramos finalizar sin destacar el aria de soprano con coro de extraordinario poder expresivo, así como la fuga final del coro que hizo delirar al público.

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