Violines que prometen

Sus nombres son Valeria Muñoz Ávalos y Eduardo Browne Salinas. Tienen once y trece años y además presentan desplante suficiente como para tocar de memoria dos conciertos como solistas junto a la orquesta nacional.

15 de Junio de 2009 | 10:32 |

Valeria y Eduardo sacan chispas a sus violines. Fueron los niños ganadores del concurso de solistas y por eso actuaron junto a la Orquesta Sinfónica de Chile.

Universidad de Chile

Si la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles viene realizando una enorme labor en cuanto al fomento y gusto por la música en niños y jóvenes, no es menos valioso el Concurso Niños Solistas de Chile que organiza la Orquesta Sinfónica de Chile, al convocar a promesas de todo el país para participar y tener la invaluable experiencia de poder tocar junto a la agrupación chilena.

En esta ocasión el joven director chileno Víctor Hugo Toro dirigió a la orquesta en el marco de los llamados “Conciertos familiares”, que es donde se producen los debut de los ganadores de este certamen, convirtiéndose en solistas junto a la Sinfónica. Gran cantidad de niños y adultos llenaron el Teatro Baquedano de la Universidad de Chile para escuchar este concierto, que además es didáctico pues cuenta con explicaciones de las obras e intérpretes.

En primer lugar la orquesta interpretó una solvente versión de la “Obertura de la ópera Oberón” de Carl Maria von Weber. En ella se destacó la labor del corno solista, tanto como el hermoso sonido de las cuerdas durante la introducción, lo que fue replicado luego por todo el conjunto, aunque nos habría gustado mayor claridad en las articulaciones de las cuerdas en las secciones rápidas y un mejor balance de los bronces en algunas de sus secciones.

Valeria: cuerdas imparables

Enseguida debutó Valeria Muñoz Ávalos, quien con sus once años vino desde Chuquicamata para interpretar de memoria el “Concierto para violín y orquesta” de Jean Baptiste Accolay. Una obra romántica, muy lírica y con interesantes desafíos para la solista, todos sorteados en forma extraordinaria. Valeria posee un poderoso sonido y afinación impecable, acompañados de intuición natural y una enorme musicalidad. Toro fue un cuidadoso conductor que logró un bello sonido de parte de la orquesta.

La solista enfrentó la obra con gran seguridad y aplomo, algo necesario para los varios y a veces complejos cambios de pulso y articulación. Ante en ellos la joven violinista no mostró ni la menor vacilación. Aún más, en la sección final el concierto tiene un pasaje con dobles cuerdas que fue tocada impecablemente por la solista. El público la ovacionó con justicia al finalizar su interpretación. Ella respondió emocionada y con notable sencillez.

Eduardo: tras los pasos del padre

Luego Eduardo Browne Salinas, hijo del destacado músico del mismo nombre, que cuenta con trece años, y también de memoria, pasó a interpretar el “Concierto para violín y orquesta de cuerdas, en La menor” de Antonio Vivaldi. Este joven tiene una gran musicalidad e instinto y no presenta problemas con los pasajes de “bravura” de la obra. Es más, en ellos denota un entusiasmo y un goce contagiosos, que transmite al público.

Enfocó los tres movimientos del concierto con diferente carácter. Destacaremos la sensibilidad del “largo” y su cercanía al virtuosismo del “presto” final. Sólo debiera preocuparle la afinación en algunos pasajes, lo que redundaría en un éxito total de su presentación.

Sin duda estamos ante dos futuros músicos de proyección, que afortunadamente conservan todavía esa inocencia mágica de la niñez, sin dobleces ni poses. Incluso Eduardo no pudo evitar mostrar su alegría y satisfacción ante la eufórica recepción del público, saludando con su amplia sonrisa y un gesto a algunos de sus conocidos. Esta presentación emociona y reconforta, y augura un gran futuro para la música en nuestro país.

El concierto finalizó con una Suite del Ballet “El Lago de los Cisnes”  de Piotr Ilich Tchaikovsky. En ella se alternaron momentos muy brillantes, en particular en los solos instrumentales y en las cuerdas en general. Lo mismo ocurrió con algunos de los tutti, de poderoso y hermoso sonido, mientras que en otros, algunas pequeñas desinteligencias de pulso le restaron claridad al discurso. En total, la versión fue un éxito aplaudido sin reservas por el público, dirigido tanto a la orquesta como a Víctor Hugo Toro.

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