Juozas Domarkas: la juventud de los 70 años

El director lituano debutó al frente de la agrupación nacional con precisión, prestancia y maestría. Además de abordar a Rachmaninoff con propiedad, hizo de otras piezas programáticas muy comúnes, experiencias de belleza sonora.

31 de Julio de 2009 | 11:16 |

Puro estilo. El director lituano mostró la sapiencia de su trayectoria y la energía de su juventud.

Musicperformers.it

Bastante desconocido en nuestro medio es Juozas Domarkas, el maestro lituano que debutó en frente a la Orquesta Sinfónica de Chile, dirigiendo un programa que además de encantar al público le permitió mostrar todas sus capacidades de “maestro”, obteniendo así un resonante éxito al frente del conjunto. ¿Qué fue aquello que cautivó a los presentes?. No sólo es su prestancia y actitud de un “joven” de más de setenta años. También es su notable musicalidad y expresiva gesticulación, con las que logró estupendos resultados. Y cuando hablamos de gesticulación nos referimos a su batuta sobria y precisa, que junto a sus manos incluso envuelve al público.

El programa se inició con el bellísimo y más que popular “Concierto N° 2 en Do menor, para piano y orquesta” de Sergei Rachmaninoff, que fue interpretado por Armands Abols, un pianista nacido en Letonia que se encuentra en nuestro país desarrollando una fructífera carrera. Nadie duda sobre las grandes condiciones artísticas de Abols, de las que ha dado sobradas muestras en muchísimos recitales y grabaciones. No obstante, creemos que en esta oportunidad su labor fue de gran nivel, aunque no de la excelencia habitual. Tal vez más técnico que expresivo, y en varias ocasiones adelantando o atrasando el pulso, provocó algunos desajustes menores con la orquesta. Cosa extraña en él: su digitación tuvo algunos deslices.

Por momentos daba la impresión de que el enfoque del director y el del pianista no fue el mismo, si consideramos el gesto amplio con que Domarkas consiguió adentrarse en el espíritu de Rachmaninoff. No obstante no siempre encontró la respuesta adecuada en Abols.

Lo sensible y expresivo del pianista fue reconocible en señalados momentos. En el segundo movimiento sí existió sintonía entre los intérpretes y ahí destacaron los sensibles diálogos entre la flauta y el clarinete que anteceden al hermoso tema de los violines, tocado con extrema sensibilidad. Esta sección introductoria entregó el carácter para que Abols se fundiera en el espíritu del movimiento. En el tercer movimiento se alternaron momentos brillantes con otros un poco confusos en la parte solista, tal vez por una innecesaria agitación que le restó romanticismo. Pero al aproximarse al arrebatador final encontraron la necesaria comunión que hizo estallar en ovaciones al público, que reconoció además el impecable enfoque de Domarkas. El encore exigido por el público dio cuenta del nivel acostumbrado de Armands Abols.

Música nueva

Tres obras de carácter programático ocuparon la segunda parte, que se inició con la “Rapsodia lituana” del compositor polaco Mieczslaw Karlowicz, cuyo estilo recuerda en ciertos momentos el lenguaje de Sibelius en su enfoque descriptivo. La obra se inicia con gran progresión dramática en base al bello primer tema melódico, que pareciera provenir de alguna canción popular. En contraste existen logrados momentos íntimos, muy bien expuestos por la orquesta. La sección central no posee el atractivo de las secciones extremas y en la final existe un interesante juego de contrastes melódicos y dinámicos, antes de retomar el hermoso tema inicial con que finaliza. La orquesta respondió en un alto nivel.

Enseguida vinieron dos nuevos triunfos para la orquesta y su director. Se trata de composiciones que generalmente se incorporan en programas considerados “livianos”, tal vez por su popularidad y brevedad, lo que no obsta para posean grandes dificultades de interpretación –no cuesta nada hacerlos “chabacanos”-, ya que mezclan la sutileza con la fuerza, además de exigencias a ciertos instrumentistas, las que encuentran insertas en fuertes imágenes descriptivas.

Primero se escuchó “Una noche en el Monte Calvo”, el poema sinfónico de Modest Mussorgsky en revisión de Rimski-Korsakov. En esta pieza se hizo gala de los elementos descriptivos, destacando ahí claramente los temas y timbres tanto como sus contrastes. En la parte final, cuando toda exaltación de la noche de brujas va desapareciendo, el día se anuncia con varios solos instrumentales que fueron realizados con enorme musicalidad. El mágico final arrancó los más entusiastas aplausos.

Y aún quedaba otra manifestación del gran momento por el que pasa la Sinfónica. Nos referimos a “Capricho italiano”, de Piotr Ilich Tchaikovsky, donde el desempeño de los bronces sólo puede ser calificado de brillante y de bello sonido, al tiempo que las cuerdas cautivaron con su musicalidad pastosa en el tema melancólico. Algo similar debemos decir de las maderas y las percusiones para una versión de particular brillo y tremendamente energética. El director Juozas Domarkas consiguió para él y sus músicos una ovación atronadora e interminable, con que se cerró la espléndida jornada.

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