Memoria porteña

22 de Septiembre de 2009 | 11:20 |

Cualquiera en Valparaíso y más en Viña del Mar sabe que una manera de llegar a Gómez Carreño es tomar la ruta que nace donde estaba el viejo regimiento de coraceros y subir hasta el sector alto de Viña que lleva ese apellido, pero en este disco el cantor y guitarrista Gilberto Espinoza, conocido como Mascareño, enseña otra manera de llegar. "En la Plaza de la Victoria / estaba Gómez Carreño / afusilando a los obreros / con tantísimo empeño", canta aquí Espinoza en alusión al real almirante Luis Gómez Carreño, sobre quien está escrito que tras el terremoto de Valparaíso en 1906 se hizo cargo de restablecer el orden en la ciudad. Esa canción de hecho se llama "El terremoto de 1906" y es uno de los muchos pedazos de memoria porteña guardados en el tercer disco de los cantores más añosos y preparados para relatar con música esa historia de Valparaíso: La Isla de la Fantasía.

Es un elenco de mujeres y hombres entre los sesenta y los ochenta años unidos por décadas de vida y de amistad el que da forma a este grupo, y Memoria porteña es el apropiado nombre de su nuevo disco. A veces parten cantando a capela, con la voz sentida del dueño de casa, Benito Núñez, en la cueca "Esa flor que llevas puesta", o con el timbre fuerte y acentuado de Lucy Briceño en "Entre tu puerta y mi puerta", también a capela de un modo en que se siente hasta su respiración antes de cada verso. Al mismo tiempo se oyen las cuerdas de todo un frente de cantores y guitarristas entre César Olivares, Juan Pou, Juan Juanín Navarro y el propio Mascareño, y están los quiebres de batería del también decano Elías Zamora y la percusión sabrosa y generalizada con que parte "El diablo se fue a bañar", otra cueca entre el bombo de Zamora y todos los panderos de la Isla completa.

La cueca es mayoría aquí, como siempre. Hay dieciséis cuecas en Memoria porteña, al lado de cuatro valses peruanos, una tonada, un tango, un foxtrot, una polka paraguaya, una canción tocada como corrido y hasta una versión muy personal del pasoble "El beso" bien escondida al final. La cueca porteña se oye más acompasada y con sus rasgos propios. "Hasta cuándo seré yo" tiene la melodía de otra cueca como "El capullo que me diste", incluidas las muletillas "Rosa, rosa" y "Linda morena". Sobre la melodía popular de "Aló aló" en La Isla de la Fantasía cantan una muletilla más mordaz como la de "Cochero pare", y como si no fuera bastante clara está complementada con "Al coche, comadre". El disco empieza con vals peruano, pero de autor chileno, con una melodía de Efraín Navarro, y se pasea luego por eminencias del país hermano como Augusto Polo Campos ("Cuando llora mi guitarra") y Mario Cavagnaro ("Yo la quería, Patita", en la voz del mismo Elías Zamora, por una vez más sentida que picaresca). Silvia Pizarro hace su entrada en "Cruz", tango de Héctor Stamponi y Ernesto Cortázar, y también se oyen la institución paraguaya que es "Pájaro campana" y hasta un ritmo pre-rocanrolero con versos como "Y Benny Goodman zapateando el boogie woogie". Memoria porteña toma mejor que los dos discos anteriores el pulso a la amplitud de repertorios de que es capaz este elenco.

Hasta queda registrado un momento de improvisación y evocación llamado "Haciendo memoria porteña", donde estos hombres recuerdan sobre la marcha a antepasados musicales con frases como "Éstas son recopilaciones que hacía Cuadradito", en alusión a Manuel Rodríguez, Cuadradito, uno de los legendarios cuequeros de Valparaíso que acostumbraba recordar un cantor santiaguino nato como Nano Núñez al lado de otros nombres sonoros del puerto como El Estropajo, El Vitololo y el propio Mascareño. Y es el Mascareño quien viene a dar una muestra práctica de lo vivo de la cueca y de lo flexible de su autoría cuando, de nuevo a capela emocionante, canta "Soy dueño de Ramaditas" sobre los mismos versos de "Yo soy dueño del Barón". Es el derecho que da haber vivido y vivir en Ramaditas, uno de los cerros poblados de históricas quintas de recreo en Valparaíso. Desde ahí Mascareño canta versos sobre vecinos de antaño con nombres como El Perico y Juan Salas, que los que saben saben que era un hombre que vendía trago para callado en el barrio. Y tanto como el terremoto de 1906 eso también es memoria porteña.

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