"No podemos ser cómplices del olvido"

La cantante y compositora chilena relanza este mes junto a editorial Cuarto Propio el libro donde registra el exilio que vivió durante la dictadura de Pinochet: un testimonio que le pertenece hasta cierto punto, dice. "Esta historia no es mía. Es el viaje de miles de chilenos perdiendo lo que tenían, dando la vuelta al mundo".

12 de Marzo de 2013 | 20:54 |

Va a ser al aire libre y mientras cae la tarde. Este sábado 23 de marzo, en medio de la feria de artesanos celebrada en la Plaza Bogotá del capitalino barrio Matta Sur, Isabel Parra va a presentar la reedición de su libro "Ni toda la Tierra entera", el testimonio del exilio que vivió entre 1973 y 1987 durante la dictadura de Pinochet: un registro que, tal como su madre Violeta Parra escribe en el verso "Y el canto de todos que es mi propio canto", no es sólo personal, sino compartido con los miles que sufrieron ese destierro.


-Es independiente de que el libro cuente una historia mía -explica la cantante y compositora, que publicó por primera vez este volumen en 2003, hace justo una década, y lo reedita ahora cuando se cumplen cuarenta años del golpe de Estado de 1973-. Porque resulta que esta historia no es mía. El viaje de miles de chilenos dando la vuelta al mundo, perdiendo todo lo que tenían, su razón de ser, su nacionalidad, sus proyectos personales, matrimonios, hijos, abuelos, la historia de Chile, surgió no por mi culpa. Yo no inventé el exilio.


Un reguero de canciones compuestas por Isabel Parra es el resultado más conmovedor de esa experiencia, con títulos como "Ni toda la Tierra entera", "Este presente festín se lo regalo a cualquiera", "Corazón canta y no llores", "Cardenales o gardenias", "Ronda para un niñito chileno", "Tu voluntad más fuerte que el destierro", "En la frontera" y otros. Y el relato paralelo está en el libro, una memoria hecha de documentos, manuscritos, fotografías, versos, letras de canciones, recortes de prensa, testimonios y otros materiales que la cantante recopiló y guardó en toda esa época.


-La idea fundamental para la reedición de un libro con estas características es que creo que el tema del exilio no puede quedar como algo que ya pasó. Como esto que tenemos los chilenos: "no, no, no volvamos al pasado". Yo creo que es todo lo contrario. La historia de Chile reciente, que es una historia dolorosa, tremebunda, siniestra, no puede quedar en el olvido. No podemos ser cómplices del olvido.


Acerca de quien era: música y viajes antes del golpe


Isabel Parra tenía treinta y cuatro años en 1973 y para entonces su voz ya era protagónica en la música popular chilena. Había iniciado en 1962 su carrera junto a su madre y a su hermano Ángel Parra, durante la segunda visita de Violeta Parra a Europa, y en París había conocido el cuatro, cordófono de origen venezolano que transformó para siempre en su instrumento de cabecera.


"Lo aprendí a tocar en París y lo introduje definitiva y masivamente en la música chilena", dice. De regreso en Santiago había creado en 1965, también junto a su hermano, La Peña de los Parra, escenario principal para el movimiento de la Nueva Canción Chilena que surgía en la época. Y ya sumaba siete discos publicados como solista, además de su discografía a dúo con Ángel Parra.


Isabel Parra había grabado los elepés Isabel Parra (1966), Volumen 2 (1968), Cantando por amor (1969), Violeta Parra (1970), De aquí y de allá (1971, recién reeditado en 2012) e Isabel Parra y parte del Grupo de Experimentación Sonora del Icaic / Cuba (1972), además de su participación en el álbum Canto para una semilla (1972) obra compuesta por Luis Advis sobre versos de Violeta Parra para la interpretación de Isabel Parra e Inti-Illimani. En todos ellos había puesto un repertorio de sus primeras canciones, folclor chileno y latinoamericano, obras de su madre, versos de poetas hispanoamericanos y música de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, trovadores cubanos entonces desconocidos en Chile, entre otras fuentes.


Es la historia que sufrió un vuelco brusco en septiembre de 1973, cuando tras el golpe militar Isabel Parra se refugió en la embajada de Venezuela y salió al exilio, primero a La Habana y a Berlín y luego a París, donde se estableció en noviembre de 1974. Desde allí inició un trabajo sostenido como parte del movimiento de solidaridad con Chile, mientras en el país su música y la de artistas como Víctor Jara, Quilapayún, Inti-Illimani y muchos más quedaba proscrita por los militares. Sólo en 1987 regresó, con una memoria del destierro documentada en los seis nuevos discos que grabó entre 1975 y 1987 y en los catorce años de actuaciones constantes en escenarios de Europa, Asia, Oceanía y las tres Américas antes del retorno definitivo.


-En estos años que llevo en Chile, desde que volví y no me moví nunca más, todos estos temas de nuestra historia se han intentado blanquear -dice hoy-. Y mientras tenga aliento y energía voy siempre a poner el tema. Y fíjate que no es inútil el intento, porque en las pocas oportunidades que tengo de ir a la televisión, la gente me ha dicho "Qué bueno que dijiste lo que dijiste". Uno tiene esa posibilidad de ser pública y de tocar estos temas que son cotidianos, que no son sofisticados ni prohibidos: es una historia nuestra que tenemos que asumir para que esto no vuelva a pasar nunca más.


-¿Olvidar es como condenar a un segundo exilio?
-Absolutamente. (Es como decir) "Sí, yo estuve en el exilio pero ya se me olvidó y no quiero hablar de eso". Es la falta de memoria que tenemos los chilenos, por ser de una cierta forma, porque la vida es tan dura y tan complicada que ya no nos interesa la política ni los políticos y menos la Unidad Popular ni Salvador Allende. Yo no pienso así. Ahora, lo positivo es que muchos jóvenes sí tienen interés en estos temas. Lo sé porque me muevo recorriendo y conversando y porque estoy interesada en qué estado anímico se encuentra la gente joven. Y si ellos están ahora aquí, y tienen la posibilidad de moverse por las calles, de carretear, tienen que saber que eso le costó mucho a otros y que costó mucho botar esa dictadura.


-Eso se conecta además con los jóvenes hijos de ese exilio, que nacieron afuera.
-Es una cadena infinita. Están los niños que ahora son adultos y que van y vienen. Eso es permanente. Porque el exilio aparentemente terminó, pero resulta que no terminó, porque las consecuencias son absolutas y totales.


Tú me aceptas, yo te doy música: solidaridad con Chile


La noche del 29 de diciembre de 1974 Isabel Parra dio su primer concierto en el parisino teatro Olympia, punto de partida para un tren de presentaciones futuras en ciudades de Francia, Italia, Inglaterra, España, México, EE.UU., Finlandia, Cuba, Bélgica, Rusia, Turquía, Argelia, Suiza, Canadá, Suecia, Australia, Alemania, Austria, Japón, Dinamarca, Holanda, Venezuela, Brasil, Nicaragua, Argentina y Perú, en ese orden según el completo registro de su sitio oficial.


-Todo esto estaba determinado por la solidaridad con Chile, con América Latina. Pero ojo: tú tenías que responder a esa solidaridad. A esta solidaridad había que responder con calidad, con arte, con lo que se necesita para estar parada en un escenario de Europa. Que no es llegar y decir "Yo tengo mucha pena, así que escúchenme". Y estaba la historia de la Violeta, la historia de Víctor Jara, entonces había que estar a la altura de eso.


-Además porque las canciones son muy bellas -agrega Roberto Trenca, joven músico napolitano conocedor de primera fuente de ese movimiento, quien grabó con Isabel Parra el disco Continuación (2007) y que participará también en las presentaciones del libro-. Cuando se acabó la cuestión política se quedaron los recuerdos, en Francia, en Italia, y se empiezan a recordar esas canciones en un sentido nostálgico, no político. Son canciones que me recuerdan la infancia.


-Se acuerda de la infancia cuando escucha a la Violeta -se ríe Isabel-. Es al revés.


-Entonces a las personas mayores que en esos tiempos tenían veinte años eso les recuerda la ocupación de una escuela, pero también una familia, unos parientes -continúa Trenca.


-Es una vida, porque fue demasiado largo el exilio -agrega la cantante-. Se puede decir fuimos privilegiados, porque ¿qué teníamos que ofrecer a esta gente que nos apoyaba y nos amaba? Música. Eso también era un privilegio: mostrarte en tu dolor, pero crear música, canciones, que era súper apreciado. Nos permitió devolver eso que recibíamos: tú me das amor y me aceptas en tu casa y me das cariño, y yo te doy música y te quiero. Y eso era en todas las ciudades y en todos los países. Creo que nunca en mi vida he estado en más casas que en ese período: casas de chilenos, de suecos, de gringos, durmiendo en el suelo, hasta en clósets dormimos.

-¿Además ustedes compartieron ese destierro con exiliados de otras dictaduras latinoamericanas? ¿Cómo era ese encuentro?
-Es que nosotros veníamos conviviendo ya de antes con la música latinoamericana. Hacía rato (en los años '60) nos habíamos salido de la tonadita y la cueca y ya teníamos amigos afuera, gente que estaba en la misma búsqueda que nosotros. Teníamos este camino de la Violeta Parra que era amplio y generoso para todos. Entonces estábamos determinados por otras formas de relacionarnos con nuestros compañeros de oficio. Está el caso de los cubanos que vinieron a Chile (en 1972) por gestiones nuestras, en un afán de compartir y de que los chilenos conocieran al Silvio (Rodríguez), al Pablo (Milanés), pequeñas tareas que dan frutos de generosidad. Imagínate, el Silvio vino recién a Chile, y fue éxito total y absoluto.

Los trabajos con que Isabel Parra reanudó su discografía en el exilio son Vientos del pueblo (1975), Isabel Parra de Chile (1976), Isabel Parra chante Violeta (1978), Acerca de quien soy y no soy (1979), Tu voluntad más fuerte que el destierro (1983) y Enlaces (1987), este último hecho en Argentina, en la antesala de su regreso. Pero también hay páginas nuevas en la reedición 2013 del libro, y no menos dolorosas algunas. Las páginas finales están dedicadas a Antar, hijo de Tita Parra y nieto de Isabel: el joven músico que acompañó a ambas en diversos escenarios desde el regreso de su abuela a Chile.

Antar murió el 24 de julio de 2010. Pero los recuerdos que Isabel Parra tiene de él son vívidos.

-Cuando vuelvo a Chile (en 1987) sigo tocando con mi familia. Antar nació mientras estuve en el exilio, y aquí me doy cuenta de que él es una persona fundamental en mi vida. No sólo por ser el hijo de mi hija, sino porque tiene que ver con mi trabajo: con lo que hice antes de que él naciera, cuando él nació, y porque luego él creció y quiso acompañarme, no se acomplejaba de tocar con la abuela. Esa continudad de la vida también es mágica. Porque de hecho el Antar tocaba con otras personas, pero cuando tenía dieciséis años y fuimos a la tele y la (periodista) María Inés Sáez le preguntó "Bueno, Antar, ¿cuál es tu grupo?", él dijo "Éste es mi grupo". Y el grupo era su mamá y yo. Antar me permitió seguir en este camino de regreso.

Tenía que hablar con mi boca: las canciones

Desde ese regreso Isabel Parra no ha dejado de tocar ni de grabar en Chile. Sus discos recientes en esta tercera etapa han sido Como dos ríos (1994), Colores (2000), Continuación (2007) y una serie de antologías y reediciones que han vuelto a poner su música a disposición del público, incluido el compilado Ni toda la Tierra entera (2003, reeditado en 2006), que estrenó originalmente junto al libro y es la banda sonora de esta historia.

-Más allá del trabajo cumplido con el libro, y ahora con la reedición, ¿ésta sigue siendo una historia dolorosa de revisar?
-Es doloroso porque este libro no es una ficción, si pienso que nací en Santiago, en el barrio de Quinta Normal, que viví en La Reina, que no tenía la menor intención de convertir mi vida en una vida viajera. Entonces narrar estos hechos, vivirlos uno en su pellejo y saber que miles de otras mujeres y hombres estaban viviendo lo mismo, es muy desgarrador. Aunque ponga aquí (en el libro) los afiches del Olympia, de los grandes teatros de Francia donde tuve la suerte de cantar. Porque en lo personal mi siquis no me permitió quedarme tranquila. Viví la vida, pero siempre estaba lo otro, ese desgarro permanente que no se va, no se acaba.

-A partir de esa misma paradoja escribes una estrofa como "A pesar de lo que digan / No me olvido, compañero / De que el pan que me alimenta / Siempre será pan ajeno". Ahí está el agradecimiento pero también el extrañamiento, ¿no?
-Lo que pasa es que esa canción es "Ni toda la Tierra entera": yo no había puesto los pies en Europa. Me encerré en mí misma, en La Habana, me sentía responsable del Golpe también, de muchas cosas, hasta culpable me sentía. Había decretado que yo no tenía nada que cantar, que no hablaba con nadie. Y un día hablé con la Beatriz Allende (una de las hijas del Presidente Salvador Allende, a quien años después Isabel Parra dedicó la canción "Un nombre, un apellido", grabada en 1979), que no éramos amigas, pero ella iba a la Peña y era una persona maravillosa. Y me dice "Isabel: tú tienes que salir a cantar". La escuché no más, pero me quedó eso.

"Ni toda la tierra entera", esa canción, nació un día a fines de 1973 en el Hotel Presidente en La Habana, recuerda la autora.

-Fue la primera canción que hice. Cuando pensé que no cantaba nunca más, y un día, paf: salió esa canción. De corrido. Yo no quería cantar. Decía "¿Cómo me voy a poner a cantar con esta tragedia?" Además que no había hecho las ochenta canciones que hice en exilio. (Había hecho) Una: ésa. La primera. No tenía canciones. Tenía la idea, y la tengo todavía, de que hay canciones que yo no podía cantar. Por ejemplo siempre me negué a cantar "El pueblo unido" en el exilio. Yo decía: "Por favor, cómo que Jamás será vencido". Creo que nunca la he cantado. Analizando los textos de las canciones, porque los textos son muy importantes, el Ángel tenía uno: "Porque mañana se abrirán las alamedas". Y yo decía "¿Cuándo?" Eso de prometer cosas que no sabes cuándo van a ocurrir.

-¿Necesitabas canciones propias, que respondieran a tu condición?
-Yo tenía que hablar por mí. Porque la Violeta no había hecho ninguna canción de exilio. El Víctor tampoco. No iba a cantar las canciones de la Revolución Española, que conocimos por todos los españoles exiliados en París, pero pertenecían a ellos. Si tú cantas y eres una trovadora, como dicen los cubanos, tienes que inventar tus canciones. Si quería ser honesta conmigo estaba obligada: tenía que hablar con mi boca y decir lo que me pasa. Me tuve que poner a hacer canciones.

-¿"Ni toda la Tierra entera" es espontánea o surge de es reflexión?
-No, surgió así de la nada. Del dolor, puro dolor. En un segundo, cinco minutos.

-¿La letra y la música, con ese ritmo de joropo al tiro?
-Todo, todo junto, al tiro como joropo, con esos acordes, y la letra era como si yo me la hubiera sabido. Entonces me asusté también. Si yo no soy máquina de hacer canciones. Cantaba canciones de la Violeta y había hecho un par de canciones, horribles -sonríe-, que no vamos a decir cuáles son, aunque las he rescatado ahora, fíjate, las he recogido del tarro de la basura, porque encuentro de que repente son muy drástica conmigo misma.

Isabel Parra ya tenía para entonces ese contingente de canciones con música suya y versos de Violeta Parra, como el vals "Qué palabra te dijera", la tonada "Como el roble en el verano", la canción joropo "Lo que más quiero" y las canciones "Solitario solo" y "Al centro de la injusticia", entre otras. "Había hecho canciones con texto de la Viola y música mía, que eso no me costó nada", recuerda. "Pero son urgencias, esos textos de la Violeta había que mostrarlos porque son maravillosos".

-¿Y cómo empiezan a surgir las siguientes canciones tuyas? ¿"Este presente festín se lo regalo a cualquiera", por ejemplo?
-La hice en Francia, también así -chasquea los dedos-, como en el '77.

-¿"Corazón canta y no llores"?
-Es de la época de "Este presente festín". Tiene un ritmo de huayno más que de joropo.

-¿"Cardenales o gardenias"?
-Está en el disco Acerca de quien soy y no soy (1979). La Tita es fundamental porque hizo arreglos, y (el pianista) Matías Pizarro también. La armonía ya estaba hecha en el cuatro, pero ella hizo el arreglo del chelo y la guitarra, tocó la guitarra y dirigió a los músicos franceses.

-¿No la tocas muy seguido en vivo?
-No la toco nunca, porque claro, se necesita la Tita, y también porque de vuelta en Chile no es que no quiera volver atrás, pero normalmente canto esas canciones con la gente. Hay un momento en el concierto donde digo "Bueno, ahora me piden lo que quieren que cante". Y surgen las canciones más impensables. Y la gente canta.

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