Jorge Edwards deja embajada en Francia a fines de año para retomar la escritura

El escritor planea mudarse a Madrid, para dedicarse a tiempo completo a escribir. Hoy se hace un espacio de apenas un par de horas al día para la literatura, en medio de sus obligaciones diplomáticas.

29 de Abril de 2013 | 14:29 | EFE / Emol

El chileno es hoy embajador a tiempo completo. En diciembre espera volver a dedicarse a la literatura con el mismo régimen.

Reuters

PARIS.- El escritor chileno Jorge Edwards, actual embajador chileno en Francia, ahondó en entrevista con la agencia española EFE en torno los vínculos que desde hace más de 50 años mantiene con París, ciudad que ha sido esencial en su literatura, y que de todos modos dejará a fines de este año, cuando deje su puesto como embajado en Francia.

Según confirmó en la instancia, el escritor ya tiene trazado el plan de traslado a Madrid, donde hoy busca un departamento con terraza en el que pueda dedicarse a sus libros, sin cócteles, actos ni almuerzos que lo distraigan. "Me dedicaré a escribir mis cosas y nada más (...). Estoy ansioso por irme", dice.

Sin embargo, la decisión no lo hace desconocer una historia de estrcho vínculo con Francia, que es el tema al que dedicó la mayor parte de la entrevista. "París me ha dejado una formación literaria, recuerdos y páginas escritas, muchas páginas", resumió.

El escritor recordó que su ruta literaria se centra especialmente en el París de Montparnasse, ése que frecuentaba cuando llegó por primera vez a París, en 1962, como secretario de la embajada que hoy le toca gobernar.

"Las conversaciones alrededor de Montparnasse eran lo más intenso, lo más inspirador", recuerda el literato y Premio Cervantes, quien refunfuña porque no logra encontrar espacio para la privacidad en su traje de embajador y "en una casa que Neruda llamaba el mausoleo, porque le parecía muy fúnebre". El Nobel ocupó el cargo entre 1971 y 1973.

En aquel entonces, el Jorge Edwards de treinta y tantos años invertía gran parte de sus madrugadas en varios cafés cercanos al cementerio de Montparnasse, rodeado de escritores, artistas, literatos, vino y conversaciones.

"Me acuerdo de ese café La Dôme, completamente cutre, no como ahora. Ahí llegaba Giacometti con amigas en la noche y bebía vino, de la casa, no refinado, y en cantidad", rememora el autor de "Persona non grata" o "El Peso de la noche".

Edwards se zambulle en ese París efervescente de los años sesenta y revive aquellas conversaciones en las zonas aledañas al cementerio de Montparnasse, donde solía acercarse a visitar la tumba de Baudelaire.

"Ahí llegaba Julio Cortázar, el poeta chileno Enrique Lihn, pintores como Roberto Mata, Antonio Saura, un pintor argentino, Antonio Seguí", sigue recordando el autor, pronto a cumplir 82 años.

En esas calles del margen izquierdo del Sena es también donde conoció al ahora premio Nobel Mario Vargas Llosa, antes de que le llegara la fama literaria con "La Ciudad y los Perros". "Hacíamos una tertulia más o menos aburrida, en la radio. Y luego, en el café de la esquina, una tertulia muy divertida que no se retransmitía, en la que hablábamos de Cortázar, de Borges, hasta de Cervantes o de Dostoievski", dice sonriendo y recordando sus años de corresponsal, y aquel mayo del 68.

Medio siglo después, el Presidente Sebastián Piñera le ofreció ocupar el puesto de embajador en París, algo que califica como "una extravagancia" del Mandatario. "A este joven Presidente, joven para mí, se le ocurrió que lo mejor era nombrarme embajador en París, cosa que me sorprendió mucho. Si me ofrece cualquier otro cargo, le digo que no. No quería ser burócrata, ni mucho menos. Pero París me tentó. Caí en la tentación de París", confiesa.

En el cargo, este abogado y diplomático formado en Princeton dice estar más madrugador, menos noctámbulo. Se levanta temprano, a las seis y media. Escribe. Después, se viste de embajador y la vida diplomática lo devora hasta que llega la noche y regresa a la página en blanco, cuando todos duermen.

"¿Sabe usted una cosa? Me gusta mucho el París de madrugada. Nadie me va a creer, pero creo que la verdadera ruta de París para mí es la que va de mi cama a una cocina que hay en el segundo piso, donde me caliento mi café, y a mi escritorio. El día, para mí, son esas dos horas de la madrugada. Después intento resistir", cuenta.

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