Más allá de la fiesta

El dúo que forman Neil Tennant y Chris Lowe descartó el show de grandes éxitos al que se ven presionados los de su trayectoria, para enfocarse en sus actuales inquietudes. Seis mil personas disfrutaron en Movistar Arena.

14 de Mayo de 2013 | 12:03 |

Neil Tennant nuevamente comandó el paso de Pet Shop Boys por Chile, el más ecléctico y con más mirada de futuro.

Cristián Soto Quiroz

Neil Tennant y Chris Lowe son dos trabajadores del mundo del pop, de ésos que suelen salir a recorrer todos sus territorios conquistados (y clavar la bandera en otros nuevos, si es posible) cada vez que tienen una novedad que ofrecer al mundo. A Chile, sin ir más lejos, ya habían venido en tres ocasiones, siempre en la misma modalidad: Un show fresco en el que se alternen piezas de una última producción con esos clásicos que sus fans siempre esperan escuchar.

Por eso, en esta cuarta ocasión, bien podía valer la pena cambiar el libreto, y es lo que el dúo Pet Shop Boys hizo, con un concierto pensado para los más fanáticos. De ésos que son más seguidores de los artistas que de unos cuantos singles, que tienen dominio sobre la discografía completa, y que acuden a una presentación para ver qué les quieren ofrecer esta vez, antes que para exigir el producto por el que creen haber pagado.

Porque no fueron hits como "So hard", "Left to my own devices", "Go West" o "What have I done to deserve this?" los que sonaron esta noche de lunes en Movistar Arena, sino un set orientado principalmente al reciente disco Elysium (2012), más caras B, covers, canciones de los álbumes predecesores, inéditas del venidero Electric y éxitos menos recurrentes, además de unos cuántos de los más demandados.

Quizás por ello fue que los primeros minutos fueron más bien de calentar motores, con el nudo armado entre la añosa "One more chance" (de 1984) y la reciente "A face like that" (de 2012), que fueron seguidas por el público sólo desde sus asientos. La idea tampoco parecía ser otra: Tras un telón con las insignes dos siluetas proyectadas, Tennant y Lowe (ataviados con espinudas chaquetas de imposible volumen y altísimos sombreros cónicos) permanecían inmóviles, en espera de la estocada inicial, que llegó con "Opportunities (Let's make lots of money)".

A partir de entonces, la discoteca de costumbre alternó con la apuesta presente del dúo, plasmada en cortes como "Memory of the future", y con el peso escénico cayendo nada más que en los hombros de Tennant. Un frontman único en su especie, pero que naturalmente no da abasto para tanta exigencia, lo que por momentos expande una incómoda sensación de vacío.

Eso hasta el octavo corte, cuando los trucos se sucedieron uno tras otro en la lógica del dúo, es decir, con mucho más ingenio que recursos: Sólo dos bailarines ataviados como minotauros, coreografías con más encanto que acrobacia, un nutrido stock de lúdicos vestuarios y clásicas proyectoras en lugar de las recurridas pantallas LED. Para la hipnosis de las seis mil personas que esta noche llegaron hasta el recinto de Parque O'Higgins, una verdadera madeja de rayos láser en "I'm not scared".

¿El sonido? No otro que el de fábrica. O sea, un set de programaciones con tintes digitales de ayer y hoy (que encontraron sintonía en los circuitos computacionales que dominan la escenografía), emanando desde las consolas del siempre impasible Lowe. Todo cocinado casi en un 100 por ciento de antemano (es decir, pistas), en un fondo sonoro que alternó con las acotadas intervenciones en teclados de la mitad instrumental del grupo.

Así terminó de configurarse el paso más ecléctico que por estos lados hayan dado los británicos, quienes tras el sentido sencillo "Invisible" y su versión de "Last to die" (Bruce Springsteen) se entregaron a la fiesta y la nostalgia con piezas como "Rent", "It's a sin", "Domino dancing", "Always on my mind" y "West end girls", además de la más reciente "Love Etc.". Con eso, la tarea una vez más se dio por cumplida: El público se retiró recompensado, y el espectáculo nuevamente alcanzó la altura que el dúo promete por antecedentes y nombre. Mientras, Tennant y Lowe pueden irse más satisfechos que de costumbre, tras demostrar que a tres décadas de la largada pueden seguir presionando teclas distintas a las probadas, y expandiendo bajo los códigos que los identifican, los horizontes de un lenguaje tan propio como esencial.

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