Ejercicio de verdadera democracia

Cuando en Chile se acude a una nueva cita con la "doncella de hierro", lo que aparece es una comunión que ni siquiera en los grandes festivales es posible apreciar. Y si a esto se suma una colección con algunos de los mejores temas de la banda, se completa una noche que, de seguro, quedará en la historia tanto para los fanáticos de siempre como para los seguidores de ocasión.

07 de Octubre de 2013 | 14:01 |
Cristián Soto López

Si no es por el color dominante en la cita, el negro, cualquiera diría que se jugaba un partido de la Roja en el Estadio Nacional, especialmente por la variopinta composición del público que repletó el recinto ñuñoíno. Familias completas, gente de distintos sectores. Todos unidos para ver a Iron Maiden, banda británica que a estas alturas ya parece chilena, considerando la cantidad de veces que la "doncella" ha visitado nuestro país. En efecto, han sido siete las oportunidades que el grupo ha pisado suelo nacional, lo que curiosamente se condice con el álbum que versionan en esta gira, Seventh son of a seventh son (1988). Si esto fue coincidencia o no, sólo Dickinson, Harris y compañía lo saben.

El evento, que se inició pasadas las 18 horas, tuvo en los suecos Ghost un tibio comienzo. Liderados por el enigmático Papa Emeritus II, los escandinavos mezclan una estética que ironiza con el satanismo, al tiempo que la acompañan con sendos riffs sacados del mejor repertorio de los setenta. Prueba de ello fueron, por ejemplo, "Per aspera ad inferno" y "Ritual".

Si lo de Ghost fue tibio, lo que pasó con Slayer fue demostración pura de cariño y devoción. El conjunto liderado por Tom Araya y el guitarrista Kerry King, fijó el rumbo desde un comienzo, con la extrema "World painted blood". Desde ese momento, los riffs nunca se detuvieron, salvo cuando el grupo agradecía entre tema y tema.

Mientras King colocaba los riffs más veloces, Gary Holt —a estas alturas miembro permanente del grupo— hacía estallar las cuerdas con sus solos. La interacción de ambos guitarristas fue avasalladora, en particular en cortes como "War ensamble" —que incluyó el clásico canto de "chileno" a Tom Araya, con su "viva Chile, mierda" como respuesta– y en "Mandatory Suicide", los momentos más candentes en la presentación del grupo.

Quizás el instante más emotivo de la pasada de Slayer sobre el escenario fue el homenaje al fallecido Jeff Hanneman, guitarrista fundador del grupo, quien murió este año. Para recordarlo, Araya y los suyos tocaron "South of Heaven", "Raining blood" y "Angel of death", en un cierre que sirvió para varias cosas. Primero, para constatar que aún sin Hanneman ni el baterista Dave Lombardo, Gary Holt y especialmente Paul Bostaph ya están en absoluta sintonía con Araya y King. Por lo mismo, ya es hora de que esta nueva versión de Slayer comience a trabajar en un nuevo registro, en especial si se considera que último álbum del grupo es World painted blood (2009).

Pasadas las 21:00 horas apareció Iron Maiden sobre el escenario, y de inmediato las sesenta mil personas en el Estadio Nacional se rindieron ante el espectáculo de la banda. Ya sea la energética puesta en escena de su vocalista, Bruce Dickinson; la muralla de guitarras conformada por Adrian Smith, Janick Gers y Dave Murray, o el tandem rítmico de Steve Harris y Nicko McBrain; todos estos elementos puestos en un escenario lleno de artificios fueron el deleite de los fanáticos. Y ni hablar del repertorio, que en esta nueva pasada por Chile sólo tuvo clásicos como "2 minutes to midnight", "The number of the beast" o "The trooper".

Lo impresionante de todo es que, aun cuando las sesenta mil personas que llenaron el Estadio Nacional se sabían el setlist completo, cantaron los temas con una devoción absoluta, incluso aquellos que en la teoría parecían más "rebuscados". En esa categoría entraron "Phantom of the opera", que muestra toda la ambición progresiva de Iron Maiden, o "The clairvoyant". Ambos cortes, de un nivel instrumental superlativo, fueron seguidos por el público con una paciencia que quizás otro grupo no tendría.

Quizás por ello Bruce Dickinson remarcaba tanto el hecho de las sesenta mil personas en el recinto. O que al grito de "¡scream for me, Santiago!", que se repitió durante las dos horas de show, las cámaras dispuestas para el recital de inmediato enfocaran hacia la audiencia, como reafirmando un hecho que, ya a la altura de siete recitales, debiese ser conocido y aceptado por todos: Que Iron Maiden, con toda una imaginería netamente británica, debe ser la única agrupación que verdaderamente une al compatriota en un mismo punto.

El entusiasmo no sólo se notó en temas clásicos como los nombrados. También en cortes que contaron con la absoluta complicidad del público, como "Fear of the dark", "Seventh son of a seventh son" y el cierre con "Running free".

"Vamos a volver cuando no haga tanto maldito frío, este verano", dijo Bruce Dickinson en la canción final, mientras presentaba a sus compañeros. Y puede que sea cierto. Porque para los seguidores de Maiden, esta velada es sólo un momento más dentro de esta historia que sigue escribiéndose entre los británicos y sus incondicionales. Y estos 120 minutos de concierto confirman algo que ya es sabido: Cuando Iron Maiden llega a Chile, juega siempre de local.

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