Felicidad

Desde su primer disco este cantante y autor chileno deja planteado un estilo propio, juvenil, sensible y confortable, más allá de sus diversas opciones entre la trova y la canción pop.

24 de Enero de 2015 | 11:54 |

Éste será el disco debut del cantante y autor chileno Benjamín Walker, pero desde ya se oye con un estilo propio en más de un sentido, entre las letras, la elección de los géneros musicales o la voz. Es una voz debutante de hecho, desde el timbre juvenil con que canta hasta el recurso de empezar y terminar una canción ("Letras") con la misma frase, o el del verso "Juro que soy bien intencionado e ingenuo algo también", autobiográfico o no, puesto en el single "Felicidad". En la misma canción Benjamín Walker saca a relucir luego una voz más acentuada, en un detalle que funciona bien como un tránsito entre su estado actual y el carácter que puede ganar en adelante.


Lo primero que se escucha en Felicidad es una guitarra acústica bien tratada. Walker puede tocar la guitarra con el gesto de pulsar las cuerdas en vez de rasguearlas, y así durante los 28 primeros segundos del disco, antes de que abra la boca para decir palabra, lo que se oye bien podría ser una canción de Daniel Campos, de Juan Carlos Pérez o de otros cantantes y autores más bien de la generación de sus padres en los '80. Es llamativo el efecto, pero no dura más que esos 28 segundos porque luego el disco se muestra perteneciente de lleno a su tiempo, en sintonía plena con una era actual de cada vez menos fronteras musicales.


En un tiempo en el que Gepe cruzó hace unos pocos años desde la canción acústica al pop y donde en 2015 Oddó acaba de saltar desde el pop al reggaetón incluso, Benjamín Walker transita sin problemas de la trova al pop entre la primera y la segunda canción de su disco. Y en la misma segunda canción, "Felicidad", pasa del pop a unos segudos de pop más carnavalescos, donde además da luces sobre su aptitud para componer melodías recordables y sobre la materia prima que hay ahí para poner en juego el criterio comercial con el que, por ejemplo, esa canción fue elegida con inteligencia como primer single.


Walker entonces es solvente en la canción pop, y además afinado en las melodías e imaginativo en los acordes; propone armonías con sensibilidad en canciones como "Niño", "Milonga de la soledad" y en en el disco en general. Y visita distintos géneros, otra evidencia posible de juventud, asociada a la búsqueda. Elige ritmo de tonada con algo de rasgueo y pandero cuequeros en "Daniela", bossa nova en "Niño" y "Tan sólo una vez", aire de milonga con sonido de bandoneón en la citada "Milonga de la soledad", rock inesperado en "Tocando el suelo", hot jazz en "Cuando me ves", folk rock en "Paños fríos".


En todas esas opciones está beneficiado por la garantía siempre orgánica de la producción en manos de Camilo Salinas y Fernando Julio (de Bipolares e Inti-Illimani Histórico entre otros grupos) y por los invitados. Ahí están a disposición Manuel García, que se escucha como un hemano mayor si hay que hacer un dúo en "Niño", o la garantía de Federico Dannemann si hace falta una guitarra probada por igual en el jazz o el rock, o Cecilia Echenique, cuya voz tersa se escucha conmovedora y sutil a dúo con el cantante en la melodía de "Amores en verso pasado". Y si varias de las letras de giran en torno al desamor, con versos como "A veces siento que no puedo sufrir más", otro rasgo de identidad en un disco producido de este modo es que las canciones de Felicidad, como parece anunciado en el título por lo demás, nunca dejan de sonar confortables.

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