Pablo Simonetti vuelve con triángulo erótico en tiempos de Lagos y Lavín

En su recién publicada segunda novela, "La razón de los amantes", el escritor ahonda en el paso sin estaciones del optimismo al pesimismo, en los individuos y en el país.

02 de Agosto de 2007 | 14:23 | Sebastián Cerda, El Mercurio Online

SANTIAGO.- Un abogado homosexual ingresa en las vidas de un matrimonio y tensiona su estabilidad. La mujer lo pretende, él pretende al marido, y la pareja, cada cual con sus razones, duda y teme. Todo mientras Ricardo Lagos y Joaquín Lavín definen quién será el próximo Presidente de Chile, ilusionando a unos y atemorizando a otros.


Nada más contemporáneo pudo elegir Pablo Simonetti para construir su segunda novela, "La razón de los amantes". El libro fue recientemente publicado por Editorial Planeta en un lanzamiento en grande, con firma de libros en una multitienda y su rostro a página completa en medios ("ha pasado con varios escritores, no sé qué tanto les ha llamado la atención conmigo", dice).


Tal vez no podía ser menos, para quien con su debut en el mundo de las novelas, con "Madre que estás en los cielos" (2004), se convirtió en un súperventas a nivel local (más de 30 mil ejemplares), con el consiguiente paso a la categoría de nombre de peso en la literatura nacional y apetecido en el mundo editorial.


Algo que no logró apartarlo de su centro para dar vida a Diego, Laura y Manuel, los protagonistas de "La razón de los amantes" y quienes encarnan lo que, dice, era "una idea que me obsesionaba y que tenía que ver con la figura del triángulo. Uno con aristas que han aparecido fuertemente a medida que la identidad homosexual se ha establecido en la sociedad y se ha vuelto abierta. A mí me ha tocado observar a mujeres tratando de seducir a homosexuales a como dé lugar, aterradas porque el marido sea gay, y poniéndolo en duda pese a que el tipo ha dado todas las muestras de heterosexualidad. Y en hombres homosexuales una fantasía muy extendida es, finalmente, reganar un estatus perdido, casi de poder, al seducir a un heterosexual. Es como una venganza también", dice.


-Además has dicho que esta novela refiere al paso marcado desde el optimismo hacia el pesimismo, ¿eso se refleja en este triángulo?
-Claro, después me di cuenta de que los personajes tienen una representación en relación con las expectativas exacerbadas de la época. Diego representa —y ahora me doy cuenta de que tiene un trabajo asociado a una idea de futuro, que es tener un diario en internet— una fantasía de lo nuevo para los personajes del matrimonio, Laura y Manuel. Ellos canalizan una fantasía de excitaciones, de renovación de vida, y cuando Diego se les niega ellos caen de nuevo en un pesimismo muy grande. Están como muy vulnerables. Es como que la vida tal cual era ya no fuera suficiente, y ya no fuera una base para avanzar a una vida nueva. Y cuando uno se acerca a momentos como el cambio de milenio se producen estas exacerbaciones, que la gente cree en el advenimiento repentino de un futuro mejor, y no en la vía dolorosa que todos debemos recorrer, como país y como personas, para alcanzar nuestros objetivos y nuestras metas.


-La historia está situada en el período 1999-2000. ¿Cómo están presentes los hechos de entonces en la novela? ¿El laguismo y el lavinismo son parte de sus elementos?
-En ese sentido, creo que de nuevo estamos frente a la polaridad. Lo estrecho de la elección ya es un indicativo, y el apasionamiento de esa campaña tenía que ver con un Lagos que supuestamente traería un futuro progresista en lo valórico, mientras para la otra mitad del país significaba la vuelta a la Unidad Popular; por el otro lado, Lavín significaba el advenimiento a un futuro economicista, próspero, con orden y progreso económico, mientras que para otros, entre los que me incluyo, Lavín era una regresión tremenda en lo valórico. Pero personas que han leído la novela me han dicho que hay cierta ecuanimidad frente a este tema.


-Son bastantes las novelas nacionales políticamente situadas a principios de los 70 o en el régimen militar, pero no muchas en períodos como el de Lavín y Lagos. ¿Por qué lo elegiste?
-Las asociaciones inconcientes son inmanejables. Me pareció una época que brindaba muchas oportunidades narrativas. Por novelas que había leído, tenía la idea de escribir situaciones íntimas en contextos multitudinarios. Entonces imaginé la escena del año nuevo en Valparaíso, pasando de un milenio a otro; la escena en que Lagos toma el poder; la intimidad de una casa mientras llega Pinochet. Para mí eran oportunidades narrativas.


-Tú no has guardado tus visiones políticas, y en momentos las has expresado con más ilusión o con más desencanto. Dado el período de la novela, ¿se filtra algo de eso?
-Lo que pasa es que es un período muy reciente, pero es impresionante mirar atrás, al año 2000, ver las expectativas que teníamos, y ver en 2007 que las cosas no fueron la panacea. Entonces está la idea de que la superación de los problemas, el futuro, es un camino arduo, una vía dolorosa. Y es algo que, creo, también tiene que ver con que en el mundo político de nuevo están apareciendo los agoreros, esta especie de profetas, los díscolos de un lado y de otro. Está, entonces, la idea de madurez, pero más en relación con los personajes. Esta especie de reacciones adolescentes frente a lo que les va a tocar vivir. Pero podrían hacerse inferencias en un sentido político.


-¿Y tiene que ver con un desencantamiento tuyo?
-No, en ese sentido soy bastante pragmático. Sí tengo un desencantamiento en el tema valórico, especialmente en el de las minorías sexuales. Creo que no ha pasado nada en todos estos años, ha habido muchas promesas y ninguna de ellas se ha concretado.

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