Mensaje de Pascua de Resurrección del Arzobispo Francisco Javier Errázuriz

Este mensaje llega hasta nosotros con tanta fuerza, precisamente porque resucitó el Señor, y porque nos invita a levantar nuestras manos, nuestra mirada y nuestro espíritu, para gozar del sentido verdadero de la vida, de los bienes inagotables con que nos enriquece Cristo por su Resurrección, dice monseñor Errázuriz.

10 de Abril de 2004 | 21:59 | El Mercurio en Internet
Semana Santa
Monseñor Francisco Javier Errazuriz en el Vía Crucis de Viernes Santo.
SANTIAGO.- Este es el texto completo del mensaje de Pascua de Resurrección enviado por el Cardenal Arzobispo de Santiago, Francisco Javier Errázuriz Ossa a todos lo chilenos.

Monseñor Errázuriz estuvo presente en la Vigilia Pascual que se realizó en la Catedral Metropolitana, que se extendió hasta las 23 horas de tal forma que los más jóvenes pudieran asistir a la Fiesta de Resurrección de Cristo que a partir de la medianoche se desarrolla en la Plaza Italia:

¡Resucitó el Señor!

No nos dejan indiferentes la Pasión y Muerte de Jesucristo. Por el contrario, su terrible sufrimiento está profundamente entrelazado con nuestra vida y con nuestro dolor. Es la pasión de quien más queremos y admiramos. Es el padecimiento de quien menos lo merecía. Había pasado por el mundo sembrando el bien, levantando a los caídos, perdonando maldades, sanando enfermos, dignificando a los más despreciados y a los niños y a las mujeres. Había traído tanta esperanza porque pasó entre nosotros, haciendo cercano, palpable, el rostro verdadero de Dios, rico en misericordia; el rostro bondadoso y sabio de su Padre que también era y sigue siendo el nuestro. ¿Cómo no dolernos de su muerte, de la crueldad con que golpearon su vida inocente para arrancarla del mundo de los seres vivos?

No nos dejan indiferentes su Pasión y Muerte, porque nos sabemos culpables. Cargó con nuestros pecados. Ellos lo llevaron a morir. Y él se llevó nuestras injusticias, nuestros odios, nuestras falsedades, nuestras violencias y todas las corrupciones y homicidios del mundo –los que matan el cuerpo y los que destruyen el alma, también el buen nombre–; él se llevó a la muerte asimismo nuestra incredulidad y nuestras desesperanzas, las llevó a morir con él en la cruz.

Nos duele, porque lamentablemente nos sabemos cómplices de la traición de Judas, de la negación de Pedro, de la cobardía de Poncio Pilato, de los golpes de los soldados romanos, de quienes lo condenaron y azuzaron al pueblo para que pidiera su muerte, y no la vida del maestro que decía a los discípulos y también al procurador romano que había venido a este mundo para dar testimonio de la verdad y para darnos vida en abundancia. Nos duele terriblemente la muerte de Jesús.

Más todavía, porque sigue muriendo. De sus labios lo aprendimos: tuve sed, tuve hambre, estuve desnudo, fui enfermo, estuve en la cárcel... y tú, cuando me hallas postrado, pobre, injuriado ¿me dejas sufrir, me dejas morir, o te aproximas, teniendo compasión de mí, y curas mis heridas?

Su Pasión también nos acerca a quienes supieron estar junto a él. Nos presenta al Cireneo, que lo ayudó a llevar la injusta cruz. Su via crucis nos aproxima a las mujeres que lloraban lo que hacían con él quienes lo torturan, a esas mujeres que lo acompañaban mientras él caía; y nos lleva a la cumbre del Calvario, donde nos encontramos con el dolor compartido, la oración materna, y la ternura y la solidaridad de su madre, María; también con la compañía de unas pocas mujeres y de Juan, el apóstol del cuarto Evangelio.

Quienes lo acompañaban con esos sentimientos, ya estaban resucitando. Porque acercarse a Jesús y compartir los caminos del Evangelio, es acercarse a la Verdad y a la Vida. En su Pascua encontramos el secreto que convierte el sufrimiento y la derrota de la muerte, en dicha, en victoria y en vida. Es una revelación maravillosa. Murió el cuerpo de Jesús, pero no murió su persona ni desapareció su vida. En una oportunidad lo había confidenciado. "El Padre me ama porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo" (Jn 10, 17). Como Hijo de Dios, no moría. Sólo murió como hombre, pero el Hijo de Dios tenía poder para resucitar su propio cuerpo humano y mortal.

Y ese misterio se prolonga en nosotros de diversas maneras. La vida natural que hemos recibido, cuando acogemos a Jesús, cuando somos hijos del perdón, del amor y de la paz, cuando lo recibimos como pan de vida, cuando caminamos por sus huellas, ya es vida eterna. Al morir al pecado, resucitamos, volvemos a la vida, entramos a la vida eterna y ya tenemos el gozo de ser y de vivir como ciudadanos del cielo.

Es cierto, en este mundo nunca lograremos apartar ni el dolor, ni el pecado ni la muerte. Sin embargo podemos asumir nuestro camino, nuestra juventud o nuestra ancianidad, nuestra profesión, nuestro trabajo, nuestra vida familiar, sacerdotal o religiosa, con la voluntad de bien que caracterizó a Jesús, con el espíritu de servicio que lo distinguía, con su manera de dignificar y perdonar a los demás, con la sencillez que lo llevaba a levantar a los más pequeño, a los débiles y a los caídos, con la transparencia de sus palabras, con la fidelidad de su amor, con el recogimiento y la cercanía al Padre de su oración. Cuando lo hacemos así nos sobrecoge una experiencia vivificante: hasta nuestras renuncias y privaciones, hasta nuestra soledad y nuestra pobreza, hasta nuestras enfermedades y fallecimientos llega la luz y el fuego del amor de Dios, el gozo y la paz de la Resurrección de Cristo. Lo sabemos: caminando por los caminos del Evangelio somos más felices, nuestra vida adquiere mayor plenitud y fecundidad, somos con más facilidad hombres y mujeres de esperanza, capaces de forjar comunidades y comunión. Ya en esta vida, siguiendo sus caminos, tenemos experiencias de resurrección, de esa vida que él nos da gratis y en abundancia, que con la muerte cambia pero no termina, porque ya es un adelanto de la alegría y la amistad del cielo.

Este mensaje llega hasta nosotros con tanta fuerza, precisamente porque resucitó el Señor, y porque nos invita a levantar nuestras manos, nuestra mirada y nuestro espíritu, para gozar del sentido verdadero de la vida, de los bienes inagotables con que nos enriquece Cristo por su Resurrección.

Que esta fiesta del Señor los colme de su alegría y de su paz.

¡Feliz Pascua de Resurrección!
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