Queule, la caleta que ha soportado dos maremotos en 50 años

Pese a que el 27 de febrero la azotaron olas de menor envergadura, los daños fueron múltiples. Los 2 mil habitantes crecieron oyendo historias de 1960 y durante el último cataclismo arrancaron a oscuras hacia los cerros.

19 de Abril de 2010 | 20:10 | Por Nicolás Gutiérrez, El Mercurio

La caleta de Queule se ubica a 124 kilómetros de Temuco.

Cristian Cáceres, El Mercurio

TOLTÉN.-  “Sentí como todas las casas se retorcieron, y justo después, pensé lo que deben haber pensado todos: se viene la ola. Y recordé que en el ´60 el agua llegó a pasar por debajo de mi casa, subió en parte por el cerro, no sé cuántos metros, 10 ó 12. Mi marido, pescador, se fue a ver las lanchas y yo partí con mis ocho hijos al cerro; el menor tenía un año”. Es el relato de Inés Parra, hoy de 71 años, cuyas palabras asoman calcadas a la de muchos queulinos que sobrevivieron al maremoto de 1960, y que el 27 de febrero volvieron a saber de cataclismos y olas que se recogen.


El 27 de febrero pasado, los 2.500 habitantes de Queule, comuna de Toltén, corrieron hacia los cerros para guarecerse de un tsunami que a las 4 AM del 27 de febrero no sabían si llegaría a ocurrir o no. En cosa de 20 minutos, justo después del remezón, la zona costera de la Npvena Región de La Araucanía, justo en el límite con Los Ríos, pasó silenciosamente a formar parte de la historia: haber soportado dos maremotos en menos de 50 años.


La caleta de Queule se ubica a 124 kilómetros de Temuco, junto a la desembocadura del río que le da nombre al lugar. Los pescadores y buzos suman unos 600, que proveen el 95% de productos del mar que se consume en La Araucanía. Su población creció oyendo de grandes olas metiéndose en el pueblo, y por eso mismo, supieron como arrancar a oscuras durante el último movimiento.


“El temor del tsunami era obvio, como un deja vú. Tenemos clarito el lugar en donde vivimos. Yo fui a dejar a mi señora y mis hijos a una escuela en el cerro y después bajamos a la caleta con compañeros a ver qué pasaba, a esperar que amaneciera”, relata el pescador Carlos Mella. Como otra decena de personas, registró videos con su teléfono que muestran las marejadas de las 6 AM, que destruyeron lanchas, botes y los muelles.


La primera ola, la más fuerte según los testigos, fue vista sólo por algunos que viven cerca de la orilla del río Queule. La localidad está justo en la desembocadura de este, y el agua se metió arremolinada dentro del estuario. “Sabemos que nos tocó ´la cola´ del tsunami, los efectos menores, pero personalmente, igual es lo más grande que he visto”, cuenta Santiago Durán.


Carlos Machuca, hijo de Inés Parra, quien tenía 5 años en 1960, recuerda que “en esta zona de la caleta quedaron 3 casas, nada más. En ese tiempo, las oficinas, el retén, el centro, estaba todo en la zona que llamamos Portal Queule. La reconstrucción se hizo acá porque el terreno bajó 1 metro 50 en el área y se inundó todo, hasta hoy, en parte”.


“Haber visto un segundo tsunami no me parece tan increíble. Desde ese momento, me quedó tan claro que Chile es un país sísmico, que no me extrañó que algo así pudiese volver a pasar”. Con esa tranquilidad se toma el tema Pedro Jaramillo, nacido en Hualpín y avecindado en Queule hace 53 años. “Aquí nunca se ha dejado de hablar del ´60, tal como sé que ocurre en Valdivia, o en Mehuín, donde este año las olas alcanzaron dos metros. Sé que no es común haber vivido esto dos veces, pero los recuerdos más increíbles que tengo son los del ´60, porque todo pasó de día: las casas iban flotando en el agua, con sus estufas prendidas, humeando, y avanzaban al lado de los botes”.


Casi sin excepción, los queulinos creen que el terreno subió con el último cataclismo. “Ahora se ven más altas las rocas en la desembocadura del río. Una lancha quedó atrapada allí por eso. Y lo otro es que el río ahora es más angosto, por lo menos 7 metros. Donde las lanchas antes avanzaban sin problemas, ahora se quedan varadas”, contó Patricio Olivares, presidente del Sindicato de Pescadores y Buzos.


Los tres sindicatos pesqueros avaluaron las pérdidas sufridas, sólo en el muelle y en la planta de productos de pescado que han ido construyendo con fondos concursables, en $60 millones. Muchos armadores se quedaron sin nave, dejaron a la tripulación cesante y otros se han endeudado para volver a salir al mar. La visión de hoy es de desencanto tras lo ocurrido. “Abastecemos a toda la región, pero somos un lugar pequeño, y comparado con lo que pasó en otros lados, los daños aquí parecen pocos. Sabemos que los recursos demoran en llegar, pero acá vivimos de estos, estábamos mejorando nuestra planta procesadora de productos marinos y puede que todo quede estancado”, añade Olivares. “Acá no tuvimos lanchas metidas en las calles, y pudimos volver a nuestras casas al día siguiente. Pero el susto de ver el agua entrando, es algo que todavía me da vueltas”, finaliza Carlos Mella.

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