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Los otros "Dubois": Párrocos extranjeros que viven en las poblaciones chilenas más conflictivas

Tratando de detener las balaceras con un megáfono, haciendo procesión con chaleco antibalas y luchando por que los jóvenes terminen sus estudios. Conozca las actuales luchas de los sacerdotes foráneos que escogieron vivir en este país.

07 de Octubre de 2012 | 12:23 | Por Natacha Ramírez y Leonardo Núñez, Emol

SANTIAGO.- También son franceses y, al igual que el fallecido padre Pierre Dubois, llegaron a Chile durante la época de la Dictadura para hacerse cargo de las parroquias de las poblaciones más pobres y conflictivas, muchas de las cuales surgieron como tomas de terrenos, y cuyos pobladores han sido víctimas de persecución y estigma.


Uno de ellos es Gerardo Ouisse (74), oriundo de Nantes, quien llegó a Chile en 1985 a la población José María Caro, de Lo Espejo, separada de La Victoria sólo por la línea del tren. Allí conoció al padre Pierre, a quien muchas veces le pidió consejo cuando acudían a él personas perseguidas. "Yo llamaba a Pierre y él me decía 'te invito a almorzar', era un código que teníamos, entonces nos juntábamos y él nos aconsejaba lo que había que hacer", recuerda el sacerdote.


Desde hace once años es el párroco de la estigmatizada población La Legua, de San Joaquín, golpeada por el narcotráfico. De pie en la entrada de la parroquia San Cayetano comenta, mirando al cielo: "Ayer a esta hora había balacera", como quien habla del clima. En varias esquinas hay vehículos de Carabineros, lo que hace pensar que acaba de ocurrir algo, pero el padre aclara que siempre están ahí.


Pese a todo, las puertas de la iglesia permanecen abiertas de par en par. En su pequeña oficina, cuenta que él también es de familia pobre y que tras ser sacerdote obrero en Francia pidió venir a América Latina. "Era mi deseo profundo vivir entre la gente sencilla y si era posible como ellos, y tuve esa suerte", afirma el sacerdote, quien vive a tres cuadras de la parroquia, en una casa similar a sus vecinos. "Desde que soy sacerdote nunca he vivido en una casa parroquial", dice.


Para intentar explicar su vocación, cuenta que hubo un texto de la Biblia que lo marcó: "Cuando Dios le dice a Moisés: 'He visto la miseria de mi pueblo, escuché su grito de dolor, he bajado del cielo para librarlos'". Por eso dice que cuando llega a una población tiene la costumbre de mirar a la gente. "Ver cómo vive la gente humilde, cuáles son sus alegrías, escuchar un poquito su queja, su grito de dolor. Y después caminar con ellos, sin tratar de imponerme en nada", afirma.


Sin embargo, también ha debido enfrentar situaciones complejas, incluso poniendo en riesgo su vida. Como hace un par de años, cuando las balaceras asolaban la población, causando la muerte de personas inocentes. Un día, en medio de una balacera, el padre Gerardo tomó un megáfono y salió a la calle pidiéndole a la gente que dejara de disparar. "Varias veces acepté el riesgo, oponiéndome a las balaceras directamente con el megáfono, y me escuchaban, me hacían caso, y fui descubriendo que la gente me respetaba", afirma.


También levantó la voz en marzo de 2011 cuando le envió una carta al ministro del Interior pidiendo frenar la violencia en la población. La acción fue muy trascendente, pues llevó al Gobierno a anunciar un plan para remodelar La Legua, expropiando empresas para abrir una avenida principal, ya que los pasajes son ciegos. También se construirían viviendas y áreas verdes. "Cuando recién llegué, había unos cuadrados de cemento pintados de verde, ése era el pasto que pusieron aquí, la gente se sintió humillada", afirma.


Pese a lo beneficiosa que resultó su iniciativa, el padre Gerardo recibió amenazas de narcotraficantes y debió estar dos meses con resguardo de dos carabineros de civil que lo acompañaban en todo momento. "Yo hice procesión acompañado de policías y con un chaleco antibalas", cuenta, esbozando una sonrisa por lo surrealista de la imagen.


Sin embargo, dice que finalmente se cansó de la situación y decidió seguir realizando sus labores de manera habitual, sin protección policial. "Yo dije un día: 'Mi vida está en las manos de Dios y no en las manos de los narcotraficantes'. Cuando tenemos esa convicción, podemos enfrentar la situación pacíficamente", afirma. Cuenta que incluso ha debido ir donde los narcotraficantes las veces en que se lo han pedido, porque es "el sacerdote de todos". "Cuando falleció el hijo de un narcotraficante, vino a buscarme para que yo hiciera el responso y yo fui", indica.


Pero la parroquia –que fue construida por los propios pobladores en los '50– también está muy presente en la vida cotidiana de la gente, brindándoles "alegría, esperanza y cariño", en palabras del sacerdote. Allí la misa puede durar hasta una hora y media y es una suerte de catarsis colectiva. "La misa es un diálogo permanente entre la gente y el sacerdote. Hay toda una vida que se expresa, la gente puede llorar, reír, pedir a Dios, y todos no damos la paz".


La parroquia también desempeña una importante labor social, gracias a iniciativas como comedores para los más necesitados, un programa para buscar trabajo a dueñas de casa y hasta un centro psicológico y de terapias alternativas –como reiki e imanes– y cuenta con un grupo folclórico, que ayuda a apartar a los jóvenes de la droga y fomenta que asistan al colegio, pues sólo permite inscribirse a quienes cumplan con ese requisito.


La iglesia también intenta ocupar los espacios que suele controlar la delincuencia, por eso realiza muchas actividades en la calle y no en el templo. Comunes son las "marchas por la paz" y todos los actos religiosos importantes, como la misa de ramos, el Vía Crucis y el Mes de María, se realizan en la calle. "Con los actos litúrgicos ocupamos el terreno, sin dejar el terreno a la delincuencia y a la violencia", explica el sacerdote.


El padre Gerardo afirma que aunque no se puede desconocer la droga y la violencia, en La Legua "hay mucha más gente buena que delincuentes" y reconoce sentir un gran cariño por esa población. "Hay algo muy particular aquí, en algunos meses el sacerdote se enamora de la población, es como si fuera tu familia, ésta es mi familia", afirma.


Y quizás por ser un representante de esa Iglesia sencilla y cercana a los más humildes, es crítico del formalismo que impera en sus ceremonias, que a su juicio aleja a los pobres. "El estilo de liturgia no facilita el acceso de los pobres. Ojalá tuviéramos una reforma litúrgica, que sea más accesible a la gente de nuestros barrios". "En el funeral del padre Pierre yo sentí una asamblea de gente sencilla y pobre, y yo pensaba en lo que dijo el cardenal Silva Henríquez: 'Si los pobres no tienen acceso a la catedral debemos preguntarnos qué evangelio estamos anunciando'", subraya.


El actual párroco de La Victoria que pide un salario digno

A una semana de la muerte de Pierre Dubois, y cuando el tema ha dejado de aparecer en la prensa, en la población La Victoria, de Pedro Aguirre Cerda, se realiza una nueva misa para recordarlo. Quien la oficia es el padre Lorenzo Maire (70), actual vicario de la parroquia Nuestra Señora de La Victoria, ubicada en medio de cientos de pasajes.


El padre Maire es francés y al igual que el padre Dubois y André Jarlan -quien murió tras ser alcanzado por una bala mientras leía la Biblia, en 1984- también escogió vivir entre los más pobres. Llegó a Chile en 1983, después de estudiar español en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, junto al padre André Jarlan. Paradójicamente, escogió venir a Chile a realizar su voto de pobreza por considerarlo más seguro que Brasil o Argentina. Sin embargo, acá se encontró con un panorama no muy distinto.

"Desde los 15 años quise venir a Sudamérica. Pedí no ir a Argentina porque murieron dos religiosas de mi sector en esos años. Era demasiado fuerte. En Chile me recibió la Villa O’Higgins (en La Florida), que era un lugar como La Victoria, y me tocó enterrar a seis personas que murieron por balas. Fue algo duro", recuerda el sacerdote.

Sin embargo, tras dejar atrás los duros años del Dictadura –donde resaltó la figura del padre Dubois–, Maire afirma que la población La Victoria hoy enfrenta nuevos problemas, especialmente la pobreza y los bajos salarios de los pobladores, además de la droga, la falta de oportunidades y los embarazos adolescentes. Afirma que "aquí la droga no es el tema principal, pero existe". Dice que la gente "respeta a Carabineros" y que "cuando ven que alguien se droga en la calle le dicen que por favor sea un poco más discreto para no destruir la convivencia".


Es por eso que hoy la parroquia cumple un rol diferente, eminentemente social. Para esto cuenta con grupos juveniles, programas para rehabilitar a alcohólicos y hasta con un jardín infantil, que acoge a más de cien niños. Además, cerca de 200 jóvenes acuden a la parroquia a estudiar para recuperar su escolaridad.

Agudo, aunque sin perder la humildad, el padre Maire opina abiertamente de las políticas públicas que, a su juicio, se deben mejorar para tener un país más justo, entre éstas el salario mínimo: "¿Por qué diputados o senadores se aumentaron el sueldo de dos millones de pesos y después dicen que no se pueden aumentar los sueldos porque vamos a quebrar las empresas?. Eso es muy violento para las personas", subraya el religioso.

También pide hacer esfuerzos para mejorar la educación y usar los ingresos provenientes de los recursos naturales en favor de los más pobres. También tiene su visión sobre el origen de la violencia: "Hay cosas que originan la violencia, pero en los medios no salen las causas de la violencia, no se estudia la violencia estatal, la violencia de las empresas y la violencia de la sociedad de consumo, de este sistema que no tiene nada que ver con el Evangelio".

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