Linda Ana

26 de Marzo de 2004 | 17:48 | Amanda Kiran
No tengo memoria. Es uno de esos días sin memoria. Prefiero no recordar, por lo tanto, no me pongo a pensar.

Esa era su verdad, su lema. Es entonces así, de esta forma como vamos desenvolviéndonos de una manera extraña ante la vida, como seres inertes con vida, pero a cuerda.

Así vivía doña Ana, al menos así vivía hasta que la conocí. Rezongona, avejentada de espíritu. No así de actitud. Rara combinación. Intentaba vivir en un mundo que ya no era el de ella, expresándose como solía hacerlo, pero no viviendo su actual realidad, que para el momento y el lugar habría sido mucho más perfecta, al menos para mis ojos.

Y así entré yo en su vida. En ese momento. En el mejor momento para ambas. Así llegué a ella, una mañana de abril a su casa, a su mundo, interviniendo con mi forma de vida, nueva para ella.

Al principio no le pareció nada bien que invadiera su espacio. El tema era un contacto hecho desde Chile, para que yo, Amanda, alojara un mes en su casa. Ella tuvo que aceptar, pero a los 51 anos, alojar a alguien desconocido no es nada gracioso. Ni menos para ella, una mujer llena de mañas, con ganas de tener 20 sin asumir sus cincuenta, los cuales para mi gusto estaban muy bien llevados.

Se sentía sola, y que alguien llegara a ilusionar su paz, le afectaba bastante. Pero en su juventud tuvo amigos en Chile (que ahora le cobraban sentimientos a través mío).

En fin, ahí estaba yo, una mañana fría, como lo fue ella. Nos fuimos adaptando. Los días siguieron así... Un día de compras, otro día de guía turística, otros muchos de amistad.

Ya estábamos llevándonos bien, y mi ingles, cada vez más frustrado, le intentaban mostrar con total sinceridad lo bueno que sería empezar a aceptar su condición y su edad, para conocer a la gente apropiada y vivir su vida normal.

Ahí estaba su frustración. En que a los 51 no quieres bailar hasta las 3 de la mañana, es sólo que quieres vivir la vida de esa forma, y -si se puede- vivir jovialmente, tan solo que no en el pasado.

Fui sincera y el idioma no me detuvo. Fui realista y la diferencia de edad no fue barrera. Fui amigable y la distancia de Chile con Estados Unidos no empeoró nuestra relación. Fueron días increíbles.

Probablemente lo mejor de viajar es conocer a su gente. Eso me pasó a mí. A mi salida, me regaló un libro. Uno escrito por ella, uno nunca publicado. Fue un regalo que me llego hasta el alma. Agradeciendo -creo- que yo toque la de ella.

El libro está saliendo hoy a las tiendas. Esperamos sea un best seller. Se llama “La tercera edad de Linda Ana”.

Gracias al libro, ella viaja a Chile este invierno. Ahora, por mi culpa, le dio por esquiar.


Amanda Kiran
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