La Paz sea contigo

09 de Abril de 2004 | 17:20 | Amanda Kiran
La Paz.

Nació con ese nombre por algo. Algo que era angelical.

Jugaba conmigo, éramos del mismo equipo siempre. Si teníamos colores, éramos iguales; si teníamos parejas, estábamos juntas; si teníamos que ir a representar nuestra camiseta, partíamos juntas. De todas formas, yo tenía esa sensación de que la Paz apuntaba para otro lado.

Sus apegos eran muy diferentes a los míos. Siempre fue muy conciliadora, siempre pensaba lo mejor de todos, siempre rezaba mucho. Ella fue la que me enseñó a rezar.

Cuando se nos hacía tarde, se quedaba en mi casa y me leía la Biblia mientras yo me dormía. Me daba un poco de plancha despertar, tapada, con la luz apagada y la Biblia acomodada en mi velador. Sobre todo porque mi último recuerdo era: despierta, escuchando a la Paz y la luz prendida –casi sentada en la cama-. O sea, tuvo harto trabajo para dejarme donde me desperté.

En fin, así es la amistad. Se entregan cosas, por los diferentes lados. Cada uno tiene su magia, sobre todo en la niñez, y es por eso que no importa si yo digo un garabato y ella no, o si yo grito más fuerte y ella no, o si mis amigos a la larga se transforman en los de ella, la amistad es compartirlo todo, y sacar lo mejor de cada persona para uno. Aprender.

La Paz, cercana a los 17 años, me anunció que se tenía que ir. Yo lo presentía, lo presentí siempre, pero no quería verlo. Fue un 7 de abril cuando me avisó. Semana Santa. Desde ese día quedamos en hablar todas las semanas santas. Todas. Sin faltar una. Aunque tuviéramos 40, 50 ó 60 años. Era un compromiso.

Primero se fue a México, a unirse con los Legionarios de Cristo. A aprender de ellos, a entender más la forma de vida.

Luego, a los 21 años, se consagró. Empezó a dedicar su vida en serio a Dios. Su forma, más civil, pero de todas maneras ligada 100% a la casa de Dios, a ayudarlo en la tierra, a intentar simplificar el mundo.

Ella y yo, por otro lado, dos mundos. Pero cumplimos la promesa, y seguimos hablando una vez al año, siempre en Semana Santa.

El año pasado fue diferente. La llamé, y ya estaba más ocupada. A diez años de su consagración, ya estaba realmente ligada al movimiento. Su amor, pero profesionalismo la llevaron a ser la más avanzada directora del centro.

A estas alturas, ya vivía en Estados Unidos, trabajando para y por el movimiento. Aumentando las instituciones que avalaban esta forma de vida. Siempre intentando cambiar el mundo, de a poco, sin demasiada insistencia, más bien con mucho amor.

Esa mañana quedé triste de no poder hablar con ella. Tenía ganas de que me contara sus proyectos, tal vez hablarle de los míos. De todo. Quería oírla. Me puse a trabajar en el computador y como a la media hora sonó el teléfono. Era ella.

-Amanda, hola, ¿cómo estás?

-Ja, ja, ja -me puse muy contenta-. Bien, bien, ¿y tú?

Y ahí empezó una larga conversación. Sus proyectos, lo avanzado de su movimiento. Su cargo, sus preocupaciones, y entre eso me comentó que estaba ayudando en recavar y verificar información para una película. Nada muy importante. Un documental para semana santa pensé yo. Y seguimos la conversa.

En eso siento su celular, suena fuerte entre medio de nuestra conversación. La escucho hablando en inglés, mientras me tenía a la espera.

Vuelve a mí y se disculpa: "Amanda debo dejarte, es de la película".

-Ah! Bueno, no te preocupes, ya será hasta el otro año, le dije. Pero antes de que cortemos, dime cuándo dan la película, para verla.

-¡Ahh! No, si estamos recién empezando, es para la otra Semana Santa. La del 2004.

-Ah, ok -respondí. Y ¿cómo se va a llamar?

-The Passion of Christ. (La pasión de Cristo).

-Ah, qué lindo nombre, repliqué. ¿Y ahora, con quién hablas?

-Con su director, Mel. No lo debes conocer.

Ese fue el fin de la conversa. Con mi impresión cerramos esa llamada.

Ya vi la película, ella aparece hasta en los créditos. Así es la vida.

Su vida, la mía y nuestra amistad, en el teléfono. Mel, apenas un pelo de la cola.

Y la Semana Santa, en paz, y respetando más que nunca a todos. Creyentes o no.


Amanda Kiran
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