Carrera con toque de queda

04 de Octubre de 2004 | 12:07 | Amanda Kiran
Pasitos pequeños lo seguían. Era una calle, en mitad del cerro, en 1981.

Juan Carlos se bajó de su micro asustado. Es que como vivía en la punta del cerro, la locomoción colectiva no llegaba tan arriba. Entonces, quedaba mucho que caminar.

Con toque de queda encima y la oscuridad misma sin la luna de compañera, realmente estaba cagado de susto.

Toda esta hazaña parte con su práctica. Llevaba ya un par de meses en ella. Después de un día normal, laboral, sus compañeros lo invitaron a una pichanga de fútbol, y a tomarse algo. Lo malo fue que se le pasó el rato, y de pronto se dio cuenta que ya era bastante tarde. Sólo quedaba correr para la casa.

Todos se dieron cuenta de lo mismo. Pero él era el único que no tenía como irse.

Alcanzó a tomar la última micro en la Alameda. La última porque verdaderamente, un día de semana, a esa hora en los ‘80, no volaba ni una mosca después de las once de la noche.

Así que asustado y en complicidad con el chofer, se fueron hacia La Reina, donde estaba su casa y su familia. Entre la conversa con el micrero y su simpatía especial, logró que lo dejara un poco más arriba. De igual forma, le quedaba al menos 1 km que caminar, en medio de la oscuridad, en pleno cerro, solo.

Así que se bajó y partió caminando rápido. No quería que el maldito reloj marcara la una de la madrugada y el aún en la calle. Lo malo fue que empezó a sentir pasos atrás de él. Aceleró porque se sintió nervioso, y los pasos atrás de él se aceleraron.

Sentía sus piernas cansadas, por su partido de fútbol. Y con el nerviosismo del posible malhechor, estaban aún peor. Entonces, pensó en correr, pero eso sería demasiado obvio, así que pensó en caminar lento, para ver si la sombra lo sobrepasaba. No fue así.

Los pasos de atrás empezaron a caminar aún más lento que él. Entonces, el pobre Juan Carlos, definitivamente, se asustó y decidió ponerse a correr, a lo que sus piernas le dieran. Ya no importaba nada. Había que hacer el mejor esfuerzo. Había que correr, y correr en serio.

Lo terrible fue que el perseguidor empezó a correr, a correr tan rápido que ya casi podía alcanzarlo. (Aquí viene lo increíble).

El cansancio no le quitó la valentía a nuestro héroe. Es más, no le quedaba otra alternativa que enfrentar su propia suerte. Y de un impulso se dio vuelta a toda velocidad, adoptando una posición muy agresiva, tipo karateca, extraída -totalmente- de la televisión en blanco y negro.

Preparado para el asalto, dijo:

-¡Que querís hueón! ¡Si me vay a asaltar, estoy pelao! ¡Así que pelea!
(Ahora viene lo segundo sorprendente) La actitud del supuesto malhechor.
-No, no, no... ¡No me hagai nada! Si yo estoy cagado de susto, más que tú, y lo que quería era preguntarte si nos podemos ir juntos para arriba...

Juan Carlos respiró profundamente y luego soltó la carcajada.

-Pero qué susto me diste! Podrías haber hablado antes.
-Sí, discúlpame.

Se fueron caminando juntos y comparando experiencias. Finalmente la caminata se les hizo corta. Vivían realmente cerca, para nunca haberse visto antes. Se despidieron con un buen abrazo. Como si hubiesen venido de la guerra.

Y si me preguntan quién fue el testigo de la boda de Juan Carlos. Pues fue él. Su compañero de trinchera. Su compañero de vida. Su compañero de toque de queda.


Amanda Kiran
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