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Estremecedor testimonio del baleo de un delincuente a carabinero

El periodista Francisco Águila revive en una estremecedora crónica la forma en que asistió a un policía al que se le escapaba la vida.

12 de Mayo de 2006 | 11:46 | Francisco Águila, El Mercurio en Internet

SANTIAGO.- ¿Cabo, me escucha?, ¿siente usted mi mano? Él, a pesar de lo grave de su herida, asintió levemente con la cabeza. Yo había llamado por el teléfono al 133 y le pedía a un funcionario que apurara la ayuda, mientras ya el lugar se empezaba a llenar de curiosos.

Era el cabo de Carabineros Jorge Abarca que había recibido un disparo en plena boca y el reportero gráfico de El Mercurio Raúl Maldonado sacaba las fotos.
Al terminar la llamada, volví a mirar el rostro del cabo Abarca. Su boca estaba llena de sangre y había perdido varios dientes producto del impacto. Le costaba respirar. Entonces le dije temblando "tranquilo jefe, por favor resista que la ambulancia ya viene". Segundos después tuvo una hemorragia y explotó mucha sangre por la boca.

Yo me paré y sólo atiné a cerrar los ojos unos segundos. Luego me volví a agachar y le pedí si podía mover su cabeza hacia un lado. No quise tocarlo. Él intentó, pero no pudo, y alguien me dijo "no puede, señor". Sólo atiné a decirle que se quedara tranquilo...

La historia de cómo nos encontramos con el cabo Abarca comenzó en San Bernardo, cuando Raúl Maldonado, el fotógrafo; Felipe Salazar, el conductor; y yo, habíamos salido desde el tribunal de Garantía de calle Urmeneta. Allí habían formalizado por cuasidelito de homicidio al dueño de los perros Pitbull que dos semanas antes habían atacado a Bernabé Piñeda, en Valdivia de Paine, en Buin.


El periodista, junto al carabinero herido, constatando si el policía aún estaba consciente.
Al salir decidimos ir a esa zona para verificar los rumores de que el imputado entrenaba a los perros para peleas clandestinas, cuando me llaman para contarme que otra audiencia, esta vez en Puente Alto, estaba por comenzar. Así, sin saber en un primer momento dónde ir el chofer (Felipe) se fue por la calle Eyzaguirre, cuando de pronto el fotógrafo se percató de que dos tipos iban corriendo.

"Mira esos gallos, van con pistolas", gritó Maldonado. Entonces yo los miré y efectivamente, uno de ellos se guardaba una pistola en el cinto, y en ese momento el fotógrafo gritó "para, para, Felipe. Mira, hay un motorista herido...".

En ese momento nos bajamos y el cabo Abarca estaba solo. Un segundo antes había sido baleado por los dos delincuentes a quienes sólo vimos correr.

No los recuerdo bien, porque todo fue muy rápido, pero creo que el que se guardaba la pistola llevaba una polera naranja y lentes de sol.

Nos bajamos del auto rápidamente. La gente comenzó a llegar y vi salir a los mecánicos desde el taller.


En eso Maldonado me grita: "¡Llama a la ambulancia!". Así, en medio del desconcierto, llamé dos veces por el celular, pero no me contestaron. Fue entonces que llamé al 133 de Carabineros para avisar el hecho.

En ese momento los delincuentes ya habían desaparecido del lugar. Habían pasado no más de dos minutos desde que los habíamos visto.

En un primer momento sonó una grabación, así que corté de nuevo. Nervioso, volví a marcar, mientras la gente veía cómo el carabinero, que estaba tendido de espaldas junto a su moto, sangraba profusamente por la boca.

Esta vez mi llamada tuvo respuesta. Me contestó un funcionario.

"Señor, mi nombre es Francisco Águila, hay un carabinero con un balazo en la boca aquí, por favor llame a la ambulancia rápido", le dije.

El cabo Abarca respiraba con dificultad y la sangre le caía a borbotones por la boca. El carabinero que contestó la llamada me dijo: Va una patrulla para allá y también la ambulancia". Luego me preguntó: "¿Usted está con él?" Le respondí que sí, y me pidió que me acercara y viera si estaba o no consciente. Así me acerqué con el teléfono en la oreja, me agaché y al ver su jineta le tomé el brazo y le hablé al carabinero herido.


Luego me alejé un poco hacia la calle, y corrí hacia donde habíamos visto a los delincuentes, pero ya no estaban.

Los autos que circulaban por la calle comenzaron a parar, mientras la sirena de la ambulancia se hacía más audible. Con otras personas gritamos a los conductores que avanzaran por la calle.

Me volví a acercar al cabo y en eso llegó la patrulla con varios carabineros y otros cuatro motoristas, que al verlo comenzaron a prestarle primeros auxilios, le sacaron su casco, sus botas y los lentes de sol que llevaba.

Luego apareció un hombre que dijo ser paramédico del Ejército y le prestó ayuda. Después llegó la ambulancia, lo subieron a una camilla y se lo llevaron.

Nos subimos al móvil del diario y seguimos la ambulancia. Una vez en el auto, lloré. No sé por qué, pero lloré.

Anoche me enteré que el carabinero fue operado y que tiene evidentes riesgos de quedar con problemas neurológicos. Sólo espero que alguna vez pueda contarle esta historia al cabo Abarca.
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