Amor a la chilena, las prácticas sexuales en la Colonia

Entre los mapuches desinhibidos y los pacatos conquistadores, la cultura sexual del país es descrita por Jaime Collyer en su nuevo libro.

Emol
Ju. 07 de octubre de 2010, 08:28
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El Mercurio.

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Editorial Catalonia.

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Entre condones de crin, la desinhibición total y la moral y el doble estándar, la historia de la sexualidad y las relaciones amorosas en el naciente Chile es una mezcla de colores que pueden dar una respuesta de quiénes somos ahora.

De hecho, “a la historia de un país subyacen un despliegue sexual y unos devaneos de alcoba que en alguna medida perfilaron el curso de varios de sus episodios  fundamentales”, como lo asegura el escritor Jaime Collyer en su libro “Pecar como Dios manda, historia sexual de los chilenos”, de editorial Catalonia, el primero de tres textos que el autor publicará, relatando los detalles sexuales de la historia nacional y la manera de amar de los habitantes de este territorio.

En este primer tomo, el período comprendido es desde los orígenes hasta la Colonia, y es así como nos enteramos que, según las crónicas de la época, las nativas se negaban a taparse con las prendas que les daban los escandalizados conquistadores españoles, porque les daba vergüenza hacerlo. La desnudez era la regla.

Collyer también menciona que besar era una práctica que en algunas tribus era desconocida, mencionando a Tomás Guevara, uno de los primeros estudiosos de la vida mapuche, quien aseguró que esta manifestación de cariño y sensualidad estaba ausente en los encuentros mapuches.

Pero eso no significa que la intimidad estuviera desprovista de profundidad para ellos. El etnógrafo Ziley Mora Pérez, señaló que el amor y el sexo constituían una instancia mística, “una iluminación solar” y “un estado de renacimiento esperanzador”.

De hecho, según el relato de Guevara, las mapuches eran bastante entusiastas en el acto sexual. Como cuenta Collyer, este estudioso relató en “Folklore araucano” “cierta habilidad sutil de las mujeres mapuches en el coito y la valoración que se hacía de la entrega íntima con convicción: ‘Hallábanse todas iniciadas en el secreto de hacer más intenso el acto sexual por cierto espasmo que lo acompañaba. El acto genital realizado con indiferencia o con repugnancia merecía una reprobación de todos i [sic] hasta provocaba la ruptura de (las) uniones conyugales’”.

Incluso contaban con su propio viagra, un ungüento llamado “huillintún”, el que era preparado con el “residuo testicular” del huillín (un roedor al que le atribuían propiedades afrodisíacas). Esta pomada, finalmente se ponía en los riñones, cintura y genitales para propiciar la erección.

No sólo eso. El sex toy de la época era el ‘huesquel’, un “adminículo utilizado por los varones de diversas edades, una especie de condón hecho de crines para estimular a la mujer durante la cópula y que, en no pocas ocasiones, le hacía daño”, comenta Collyer.

A la llegada de los españoles, provenientes de una cultura antisexual, el disfrute natural de la intimidad que mostraban los indígenas fue visto como una tentación demoníaca, de la que no pocos pecadores europeos se dejaron llevar.

“Con tanta restricción a cuestas, el español recién arribado quedó ciertamente alelado ante la mujer indígena y su actitud tan receptiva, que los propios europeos leyeron como una disponibilidad gratuita, discrecional, al servicio arbitrario de sus arrebatos calenturientos”, explica el escritor.

De hecho, justificaban su libertino actuar con la orden divina de “crezcan y multiplíquense y llenen la tierra”. Esto y las relaciones paralelas a sus matrimonios, que mantenían con indígenas y esclavas, son, como explica Collyer, una muestra más del doble estándar imperante en la cultura nacional.

“El engaño por parte de la esposa era una afrenta innombrable y hubo casos en que el marido cornudo asesinó en un rapto de ira a la mujer sorprendida (...) En el caso del hombre, era tolerado que tuviera una o más concubinas”, comenta Collyer.