Pedro Campos di Girolamo: "Eso del 'talento en la sangre' me provoca sentimientos encontrados"

El actor de "Maldita" (Mega) nunca pudo ir a Fantasilandia con sus papás, Cristián Campos y Claudia di Girolamo, por ser rostros de TV. Hoy, con su propia carrera en pantalla, asegura estar orgulloso del trabajo artístico de su familia y sin reparos, se califica como mamón.

Por Ángela Tapia F., Emol
Mi. 11 de julio de 2012, 08:17
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Sergio López, El Mercurio.

Sergio López, El Mercurio.

Cuando estudiaba en la Escuela de Teatro de la Mayor, Pedro sabía que en los pasillos se hablaba de él. ‘¿Viste que entró el hijo del Cristián Campos y la Claudia di Girolamo?’, era el rumor común. Y durante los dos primeros años debió demostrarle a sus compañeros que el ser hijo de dos destacados y famosísimos actores chilenos no le daba un grado insuperable de técnica ni conocimiento actoral.

Claro que cierto bagaje tenía. A temprana edad, ya se sabía de memoria la obra “Art”, en la que su papá, junto a Willy Semler y Alberto Vega, rompieron la taquilla del Teatro de la Católica. Aunque explica que no fue, precisamente, por amor al arte.

“Con mi hermano (Antonio, 26, también actor) pasábamos el fin de semana donde mi viejo. Así que él nos pasaba a buscar, pero teníamos que acompañarlo al teatro, antes de irnos a su casa en la Comunidad Ecológica de Peñalolén. Así fue como terminamos viendo la obra más de diez veces, fácil. Llegó un punto en que un día nos quedamos toda la función esperando en el auto, escuchando radio. Y cuando llegó mi papá se había acabado la batería. Obviamente, nos retó”.

Tiene 23 años y mucha cara de niño bueno. Tranquilo, paciente, sencillo, a primera vista no parece ser el típico niño mimado por su condición de “conchito” de sus padres durante dos décadas. Al contrario, hoy disfruta su rol de hermano mayor con Julieta, la hija de dos años, cuatro meses, de María José Prieto con su papá, que se ha incluido en las fraternales y carnívoras juntas de los machos Campos (Cristián, Antonio y Pedro).

Por eso le da risa que en varios medios se hable de la competencia que sin querer surgió entre los tres, al integrar los elencos de las teleseries nocturnas de distintos canales: el padre en Canal 13, Antonio en Chilevisión (donde también está su mamá y su padrastro, Vicente Sabatini) y Pedro en Mega, donde interpreta a Gabriel Rosetti en “Maldita”, la teleserie inspirada en María del Pilar Pérez.

Las grabaciones de la siniestra teleserie ya terminaron el año pasado. Luego participó en la serie “Solita camino” -aún por estrenarse-, y por estos días prepara con su compañía “La pequeña historia de Chile” y presenta “Los perros”, en su archiconocido Teatro UC.

Cada peso que entra por su trabajo va destinado a una importante cifra que debe ahorrar para volver a EE.UU., el país en el que nació mientras su papá se encontraba haciendo un postgrado de dirección en Texas. Eso sí, ahora quiere partir a Nueva York y estudiar actuación.

-Al decidir ser actor, ¿no sentiste la presión de estar constantemente siendo comparado con el trabajo de tus papás?
“No, porque eso del ‘talento en la sangre’ me provoca sentimientos encontrados. Uno no puede confiarse de eso. Cuando entré a la escuela era súper pendejo y fui flojo hasta el segundo año, que realmente me saqué la cresta y me fue súper bien. Ahí me di cuenta que independiente del talento o los padres actores, el trabajo da sus frutos”.

-¿Sentiste alguna vez mala onda de tus compañeros?
“Mi curso me encantaba, pero en la escuela sabía que estaban hablando de mí. ‘Entró el hijo de... a primer año’... No sabía si estaba en una escuela de teatro o en el ‘SQP’. También había gente que asumía que por tener papás actores, yo debía tener una disciplina actoral impecable, un conocimiento mayor que el de mis compañeros. Lo tenía en el sentido que acompañaba a mis papás a sus ensayos, pero en el resto era igual que los otros”.

-¿Te molestó en algún minuto ser hijo de famosos?
“Sí. Es un proceso de acostumbramiento. Cuando chico no era como mis amigos que tenían papás que no eran conocidos y tenían la libertad de hacer cosas que yo no podía. Por ejemplo, era fanático de Fantasilandia, pero nunca pude ir con mis papás porque se los comían vivos si iba con ellos. Después estaba ir al cine, ir a comer y que se acercara la gente. Cuando chico era desagradable, me molestaba. Pero después me di cuenta que era parte de sus vidas, y comencé a verlo de forma positiva: mis padres eran actores, famosos, y provocan en la gente admiración. Eso me da orgullo”.

-Con tu hermano y padres colegas, ¿se critican?
“Sí. Igual es complicada la crítica de familia, porque cuesta ser cien por ciento objetivo. Pero me gusta ser crítico y hablar sobre las historias que hay en los trabajos de mi papá y mi hermano, porque me gusta escribir. Son cosas súper necesarias para aprender también”.

-¿Y cómo recibes las críticas de ellos?
“Es que siempre lo van a ver desde la chochera mutua. Para mí ver al Antonio es bonito y es inevitable querer criticarlo de buena manera”.

-Hablemos de Claudia. ¿Eras de esos niñitos que se enamoran de la mamá?
“Totalmente. Mi relación con mi mamá siempre ha sido de profunda admiración. Me enseñó muchas cosas. Aparte de los temas de la vida que aprendí de ella, rescato mucho la rigurosidad que tiene para enfrentarse a cada trabajo. Mi mamá es súper matea. Cómo no iba a aprovechar las cualidades de una tremenda actriz, como lo es mi madre.
“Yo gozaba acompañándola a los ensayos. Eran tarde y me quedaba dormido ahí, escuchando. La ayudaba a pasar sus textos...”.

-¿Cuán mamón eres?
“Soy bastante mamón, lo admito. Soy el conchito, así que quedo yo solo en la casa con ella. Ahí estoy calentito, me lavan la ropa, hay comidita rica. Es impagable.
“Somos súper independientes, y nos parecemos en que los dos tenemos mucho respeto por el espacio íntimo de cada uno. Pero nos encanta llegar y pedirnos una pizza. Vemos tele y regaloneamos un rato. Me encanta aprovechar esas instancias, porque cuando viva solo no las voy a tener más. Soy un mamón orgulloso de serlo”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“Me gusta mucho el vino y comer. Vengo de familia italiana y tal vez por eso me gustan tanto las pastas. Es típico que en los viajes de amigos a la playa, los tallarines son siempre el plato precario, el que salva; pero a mí me encantan. En los carretes prefiero un borgoña antes que un ron. Aunque de vino, el que tomamos siempre con mi mamá es el Santa Ema Merlot. Cuando nos vamos a Tunquén, ella y Vicente compran como dos cajas de ese vino y ahí tomamos mucho. Es maravilloso”.