Nicolás Oyarzún: Fiel a la rebeldía

El actor de “Dama y obrero” odia que la vida gire alrededor del trabajo, no quiere tener hijos y no votaría por nada del mundo. “No nos preguntan si queremos nacer y nos ponen en un país donde el eslogan es ‘por la razón o por la fuerza’. Así que, básicamente, esto es una trinchera”, explica este indómito viñamarino.

Por Ángela Tapia F., Emol
Mi. 19 de septiembre de 2012, 08:11
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Harold Castillo, El Mercurio.

Harold Castillo, El Mercurio.

“¡Do, re mi fa! ¡Do, re, mi, fa! ¡Niños cantores de Viña del Mar!”, grita el actor Nicolás Oyarzún (25), sentado al borde de una piscina, mientras le hacen callar desde la casa en la que graban “Dama y obrero” (TVN). Inmediatamente baja el volumen de su voz. El arranque fue sin querer. Se había emocionado hablando del último de tantos colegios por los que anduvo en su vida escolar.

Ya en quinto básico lo habían echado tras acumular tres hojas de anotaciones, y el resto de los establecimientos que lo acogieron parece no haberlo convencido del todo para su formación. Con mala cara, recuerda un colegio, según dice, “facho” en el que estuvo, pero curiosamente se alegra al contar que en otro, tuvo “la suerte” de quedarse pegado en segundo medio, y así pudo volver a cursar el ramo de Teatro que era obligatorio ese año. Al ser consultado sobre el número de colegio en los que estuvo, le da vergüenza contestar.

Al actor no le gustaba estudiar. Por eso sus padres, desde Viña, miraban atónitos cómo se entregó a los textos y ensayos teatrales en el Duoc, y están más que felices al ver que su hijo hoy tiene una carrera próspera, que ya le ha dado dos papeles en televisión. Primero, en “Su nombre es Joaquín”, con Dante, y en “Dama y obrero”, como Rubén. Coincidentemente, ambos personajes se ajustan a su naturaleza: son rebeldes.

“El 95% de Rubén soy yo. Con la diferencia de que no nací en una familia millonaria. Uno siempre tiene la mala suerte de que viene de una familia de mucho dinero pero siempre te toca la parte pobre. De ahí soy yo. Igual, la plata es una huevada. No me muevo por el dinero”, dice.

Es ansioso. Se nota por cuánto fuma -al menos cinco cigarros durante esta entrevista- y en sus quejas por la falta de tiempo. Le da miedo la muerte, y quiere alcanzar a hacer todo lo que pueda antes que su cuerpo no se lo permita por la edad. Por eso compone música para poder sacar un disco y escribe obras que luego le gusta dirigir él mismo. Con humildad, agradece que sus amigos de la compañía “La Silla” lo apoyen en sus locuras, aunque confiese tener “menos experiencia que una lechuga”.

No quiere tener hijos, dice que las votaciones son una estupidez, que no cree en la democracia chilena y que no piensa pisar una urna mientras exista el sistema binominal. Se apasiona cuando alega, igual que en su adolescencia, cuando escuchaba Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Hoy recuerda que las letras de sus canciones lo motivaban a sentirse revolucionario, amigo de las causas.

-¿No eras el matón?
“Muy por el contrario. En un colegio donde jugaban rugby, yo era el más débil de todos”.

-¿Eras lana?
“Sí, pero yo tengo que respetar a los lana, así que debo confesar que era de esos lana que se compraban el poncho en Zara”.

-Bueno, entonces, ¿qué tipo de rebelde eres?
“Yo parto de la base de que uno en la vida tiene que ser rebelde. No nos preguntan si queremos nacer y nos ponen en un país donde el eslogan es ‘por la razón o por la fuerza’. Así que, básicamente, esto es una trinchera. Pero mi rebeldía no va por la violencia, sino en no estar de acuerdo y no decir siempre que sí. Sobre todo cuando se trata de defender las cosas que me estremecen”.

-¿Qué cosas?
“Me complica mucho el sistema de vida que llevamos. Y no soy un cínico, yo pertenezco a él. Pero me complica que todo gire alrededor del trabajo. Que cuando chico te digan que ir al colegio es la única obligación que tienes. Después tienes que estudiar y trabajas toda tu vida para ser, a los 65 años, recién un huevón, entre comillas, libre. Pero físicamente el cuerpo no te acompaña. Le tengo miedo a la muerte y me estremece la idea de pensar en el futuro: ‘Pucha, si tuviera 20 años menos...’. Soy pendejo, pero ya me estoy ocupando de eso”.

-La figura del rebelde siempre se ve relacionada al ‘niño problema’, bueno para mandarse embarradas, para el copete y las drogas...
“A los 13 años decidí empezar a salir y a los 15 tomaba mucho. En su momento, el copete fue tema, pero se me pasó por criterio, por crianza. No fumo pito, he fumado, pero cocaína no me metería jamás ni crack, LSD. ¿Entiendes que es un ácido? Para mí, mi cabeza es mi templo y no le voy a hacer daño. Mi vicio actual es el cigarro. A veces me tomo con mis amigos mis piscolas. El trago nacional es lo que más me gusta”.

-Así que te controlaste solo...
“No, también me puse a pololear como a los 15 años, con una mujer maravillosa que me transformó en lo que soy. Estuvimos juntos ocho años, y por ella dejé de tomar por al menos siete. No tomaba ni cerveza. Ahí me encaminé. Después, cuando mis amigos estaban ebrios en las calles a los 18 años, yo estaba jugando cacho. Y me gustó mucho más ese mundo, el de casa, la guitarra”.

-¿Cuando terminaste, no te desbandaste?
“No, porque me acostumbré a ser así. Terminar después de una relación larga es complejo, pero el gol es aprender a vivir con eso. Terminé hace como dos años, ahora estoy en otra etapa en que me caigo muy bien, y por lo mismo, estoy súper reacio al pololeo, porque uno cede muchas cosas. Ismael Serrano dice algo muy lindo: ‘¿Ustedes creen en el amor a primera vista? Yo creo que no existe otro’, y yo me aferro a eso. No ando buscando, pero estoy seguro de que cuando aparezca la mujer de mi vida, no me voy a demorar un segundo en darme cuenta. Estoy atento”.

-¿Qué pasa con las embarradas? ¿Eras bueno para mandarte alguna?
“No, cosas normales de la edad; decir que te ibas a quedar a dormir en la casa de un amigo y pasar la noche en la playa tomando. Lo otro, eran problemas en los que me metía. Una vez, en Olmué, me pegaron entre quince huasos porque con mis amigos, éramos los viñamarinos que les íbamos a quitar las minas”.

-A tu personaje, Rubén, lo has descrito como “un Axel Schumacher, más chico”.
“Claro. Es que para mí ése es un personaje mítico. Me gustó mucho lo que hizo (Luciano) Cruz-Coke. Esa teleserie (‘Fuera de control’) fue fantástica”.

-¿No aspirarás a ser ministro de Cultura en el futuro?
“¡No! ¡Jamás! Ni por un palo verde”.

-Esto va a quedar escrito y se sabrá cuando te presentes en un gabinete...
“¡Y que quede! No sería alcalde ni concejal, diputado o senador. No tengo nada en contra de algún parlamentario, pero no podría hablar de los problemas de la gente con esa millonada en la cuenta corriente. Me daría vergüenza”.

-¿Te han dicho que te pareces a Fulvio Rossi?
“Me han dicho muchas cosas, pero ésta es la primera de Fulvio Rossi. Igual es un piropo. Él es súper atractivo para la edad que tiene. Generalmente, me dicen que me parezco a Zac Efron, a Jared Letto, y a Pali, el hijo de Marcelo de ‘Cachureos’”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“Tengo un fetiche que es mi bigote. De hecho, me dicen así, ‘Bigote’. Yo no concibo la vida sin él. Cuando estaba en ‘Su nombre en Joaquín’, afeitado entero, sentía un ahogo al llegar a mi casa y no tener mi bigote. Probablemente debe ser algo heredado. Mi suegro tenía bigote, mi abuelo...”.

-Es un símbolo masculino importante para ti.
“Claro. Ahora todos con Tomás González andan con bigote, pero lo mío viene de antes, y con él apareció todo mi lado metrosexual. Cuando chico, como a los 16, tenía el bigote rubio y me daba vergüenza, así que me lo pintaba con rimel. Ahora para mí lo que tengo hoy no es bigote, pero cuando lo tengo, me preocupo de cortarlo a cinco milímetros del labio. Nunca me he echado una crema o me he preocupado del pelo, pero de mi bigote sí; lo necesito. Yo me encuentro con mi bigote”.