“Siesta nórdica”, la moda de hacer dormir guaguas al frío

Quienes la han puesto en práctica dicen que es beneficiosa tanto para el sueño de los bebés, como para su salud. Conoce en qué consiste y si es recomendable.

Por M. Francisca Prieto, Emol
Sa. 23 de marzo de 2013, 07:00
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El llanto de un recién nacido cuando tiene sueño y no puede dormir, puede volver completamente locos a los padres, en especial si es que son primerizos. Por eso, todos los intentos son válidos, desde libros que postulan que hay que dejarlos solos hasta que se cansen, pasando por horas y horas de mecerlo en brazos, hasta la alternativa de subirlos al auto y dar infinitas vueltas a la manzana, con tal de que por fin caigan en los brazos de Morfeo.

Sin embargo, existe un método que aunque para algunos padres puede resultar un poco -o muy- extraño, para los que desesperadamente quieren que su hijo se duerma de una vez por todas, se ha convertido en una verdadera moda: la "siesta nórdica".

No se trata de acostarlos en una posición o a una hora determinada, sino que simplemente consiste en poner a los bebés en sus coches, arroparlos y llevarlos afuera de la casa o del lugar donde estén, para que duerman al aire libre y a temperaturas bajo cero.

Según señala un artículo publicado en el periódico británico "Daily Mail", la "siesta nórdica" tiene su origen en países como Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia -donde las temperaturas durante el invierno son bajo cero la mayor parte del tiempo- y se trata de una práctica que se ha extendido por generaciones.

De seguro te estarás preguntando qué tipo de evidencia respalda esta técnica. En 2011, Marjo Tourula, una académica del Instituto de Ciencias de la Salud de la Universidad de Oulu en Finlandia, realizó un estudio cuyo objetivo era describir las opiniones que tenían los padres respecto a dejar que sus hijos durmieran en el exterior durante el invierno finlandés.

Tourula recopiló la información utilizando un cuestionario que fue distribuido entre padres de niños menores de dos años. Los resultados demostraron que permitir que los niños duerman al aire libre durante el invierno era una práctica común, que comenzaba cuando los bebés tenían tan sólo dos semanas de vida. Los pequeños eran dejados afuera en sus coches, mientras el resto de la familia permanecía en el interior del hogar, o bien mientras realizaban actividades en el exterior. Asimismo, eran abrigados con ropa adecuada, como guantes y gorros, y vigilados por alguno de sus padres cada 15 o 30 minutos.

Asimismo, se determinó que las siestas de los pequeños tenían una duración más larga (de entre 1,5 y 3 horas) cuando se los dejaba en el exterior, en un rango de temperaturas de -27 y 5 grados Celsius. Los -5° era considerada la temperatura óptima para que un bebé tomara su siesta al aire libre.

"Las experiencias fueron principalmente positivas y la mayoría de los padres no se enfrentaron a situaciones potencialmente peligrosas", señaló la académica en su estudio. Eso sí, la práctica de la "siesta nórdica" se suspendía cuando los bebés tenían fiebre o enfermedades como otitis.

Tourula agregó que según los datos recopilados de acuerdo a lo informado por los participantes de la investigación, a un 3% de los bebés que durmieron a 0 grados Celsius se le sentían sus dedos fríos, lo que aumentaba a un 25% cuando la temperatura era de -15 grados Celsius. "Casi la mitad de los niños tenían sus cuellos sudorosos a los 0 grados Celsius, pero los síntomas más frecuentes fueron mejillas rojas y narices frías", añadió.

No sólo buen dormir

En su estudio, Tourula hace referencia a Arvo Ylppö, un conocido pediatra finlandés que en la década de 1920 y con el objetivo de reducir la mortalidad infantil, entregaba a las madres ciertas directrices para el cuidado de sus hijos.

En este sentido, el médico recomendaba que los bebés durmieran en el exterior cuando el aire en el interior del hogar era de mala calidad. Además, el aire fresco y la luz del sol eran considerados importantes factores para prevenir las enfermedades.

"Se pensaba que el aire frío incrementaba la circulación sanguínea en las zonas de la nariz y la boca, y por lo tanto aumentaba la inmunidad contra las bacterias", explica la académica en su investigación.

Algo en lo que coincide Rachel Waddilove, escritora y experta en el cuidado de niños. "Los bebés se benefician mucho de estar al aire libre. El aire fresco es bueno para sus pulmones y, según mi experiencia, ayuda a prevenir enfermedades como resfríos y a construir su sistema inmune", aseguró la especialista al medio británico. "Siempre y cuando el bebé esté sano y bien envuelto, lo apoyo", agregó.

Pero, al parecer, la "siesta nórdica" no sólo sería beneficiosa para la salud de los niños, sino que también para su estado de ánimo. De hecho, gran parte de los padres que colaboraron en la investigación de Marjo Tourula sostuvieron que después de dormir al aire libre y a bajas temperaturas, sus hijos eran más activos y comían mejor.

"Es la primera vez que escucho sobre esto. He estado en Dinamarca, en Suecia y en Noruega por congresos, y no tenía la menor idea de que lo hiciera", afirma sorprendido Héctor Araníbar, pediatra de la Clínica Alemana, al ser consultado respecto a su opinión de la "siesta nórdica".

Tras conocer algunos detalles del método, el médico inmediatamente rebate la idea de que el frío mate bacterias. "De hecho, lo que hace el frío en la vía aérea es que disminuye el barrido ciliar, que es la manera en que se limpian los bronquios, y disminuye por lo tanto las defensas locales", explica el especialista.

Bajo esta perspectiva, hacer dormir a los niños en el frío aumentaría su predisposición a hacer cuadros respiratorios, en el caso de que haya un virus presente, sostiene el pediatra.

Asimismo, Araníbar agrega que en ambientes fríos los niños deben ocupar energía en mantener su termorregulación. "Por más que se tape por fuera, si está entrando frío por la cara o por la vía aérea, se está enfriando igual. Entonces, ese niño tiene que usar energía para mantener una temperatura de entre 36,5 y 37 grados Celsius, y no para usarla en otras cosas como crecer", sostiene.

Tomando en cuenta todos estos factores, el médico insiste en la clásica recomendación: que los pequeños estén en un ambiente temperado a entre 20 y 22 grados Celsius y libre de contaminación.

Y reitera: "Ninguna condición extrema le va a hacer bien (al niño) y el frío específicamente afecta la vía aérea y puede hacer que sea más fácil que entre una bacteria o virus, y se inicie una infección".