Ignacio Garmendia: Los golpes que hicieron madurar al actor

El ex “Corazón rebelde” aparece actualmente en pantalla como Juan Pablo, un joven conservador, hijo de padres separados, en “Las Vega’s”. Y aunque asegura no ser pacato como él, sí comparte con el personaje la experiencia del divorcio de sus papás. “Creo que se separaron en el peor momento. (Tenía 18 años), yo quería viajar, estudiar, hacer mi vida”, confiesa.

Por Ángela Tapia. F., Emol
Mi. 12 de junio de 2013, 08:16
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Sergio Alfonso López, El Mercurio.

Sergio Alfonso López, El Mercurio.

Aunque han pasado solo cuatro años desde que Ignacio Garmendia (28) se convirtió en todo un ídolo juvenil, tocando con su banda de “Corazón rebelde” (CRZ) en el Caupolicán, junto a Augusto Schuster y Denise Rosenthal, hoy parece estar bastante alejado de los gritos de las niñitas y de los personajes que, como dice, lloraban hasta el capítulo noventa y nueve de las producciones en las que trabajaba.

Sabe que tiene cara de niño, y es por eso que para personificar a Rafael -el ambicioso corredor de propiedades que termina derrotado ante los encantos de Susy (Loreto Aravena) en “Soltera otra vez”-, debió dejarse crecer la barba, entrando así de lleno en las producciones para adultos de Canal 13.

Por estos días es posible verlo al aire como Juan Pablo, su rol en “Las Vega’s”, escandalizándose con la soltura de su polola Lorena (Antonella Orsini) y consolando a su mamá, Rocío (Catalina Guerra), porque Coto (el vedetto que interpreta Cristián Campos) no la quiere. Pero paralelamente, se encuentra grabando la continuación de la exitosa serie nocturna que lo llevó a la pantalla como Rafael.

“Hasta ahora, he tenido la oportunidad de interpretar personajes distintos, aunque me falta un malo, malo, malo, como esos de las teleseries de las 2 de la tarde; volver a las raíces del melodrama. De momento, está Rafael, que es un hombre que mide sus pasos y es seguro de sí mismo, y Juan Pablo, que es un personaje que viene de una familia muy disfuncional, que no tiene estructura por parte de su padre ni de su madre, así que él mismo tuvo que organizarse, y por eso es de un moralismo pacato en ocasiones”, explicó el actor que, antaño, ha confesado en entrevistas también ser conservador. “No me acuerdo por qué dije eso. Tal vez he cambiado mucho”, dice entre risas.

-Entonces, ¿tuviste tu época de sexo, droga y rock and roll?
“Eh, la verdad es que preferiría no comentarlo (confiesa aún riendo)”.

De lo que sí está dispuesto a conversar es un tema no menos personal: la separación de sus papás cuando él tenía 18 años y que, como a Juan Pablo, le hicieron pasar por una madurez repentina al enfrentar la decisión de los adultos, como gran parte de otros jóvenes del país lo han vivido.

“Al ser ficción, Juan Pablo está puesto en un extremo. Pero claro, sus padres y los míos se separaron y ambos pasamos a ser el hombre de la casa, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Uno es joven y quiere vivir su vida, y los viejos de repente se equivocan y te suman responsabilidades que no te corresponden”.

-A nadie le enseñan a ser padre…
“Absolutamente. Esto lo digo con el mayor cariño y desde la humildad máxima. Y ojo, yo no quiero quedar como una víctima de la separación de mis viejos. Cuento las cosas desde mi óptica y si a alguien le sirve, perfecto. Y en mi caso, al mirar hacia atrás, creo que hubo cosas que se podrían haber manejado mucho mejor. Sé que, para bien o para mal, esto no es nada grave; cada día hay más parejas que se separan y uno sale adelante igual. Pero es importante que los viejos asuman la responsabilidad que tienen al hacerlo”.

-Habiendo pasado por la experiencia, ¿cómo manejarías la situación?
“Sé que siempre habrá un dolor inevitable, por el hecho de que hay un quiebre a nivel familiar y que probablemente será irreversible, pero siempre hay que mantener a los hijos alejados de los conflictos latentes que quedan a nivel de pareja; evitarles la mala onda entre los padres, y dejarles claro que lo que sucede, la separación, no tiene nada que ver ellos. Es importante que entiendan que sus padres siguen siendo sus padres y lograr que los hijos sigan haciendo su vida normal, dentro de lo que cabe”.

-¿Qué fue lo más difícil para ti?
“Que tenía 18 años y era una época complicada, con la cabeza puesta en qué estudiar y en reclamar mi independencia. Creo que mis papás se separaron en el peor momento. Yo quería viajar, estudiar, hacer mi vida, pero terminé metido en otra problemática. Puede sonar egoísta lo que digo, pero con el correr de los años, me di cuenta de que sí fue un pésimo momento”.

-¿Lo conversaste con ellos?
“Sí, les dije lo que les tenía que decir sobre la forma en cómo ellos manejaron el tema, lo que me pareció mal, los defectos que encontré y las inmadureces que creí que se suscitaron por parte de ellos. Convengamos que era un momento en que los adultos tenían que ser ellos. Yo estaba en vías de serlo”.

-Bueno, estas cosas también ayudan a madurar un poquito antes…
“Sí, eso es lo bueno. En el fondo, son pequeños golpes que te hacen madurar un poco más rápido, con el costo que eso implica. Pero claro, tuve que adquirir otras responsabilidades”.

-¿Cómo cuáles?
“Es que es un puzle en el que se redistribuyen las piezas; el hombre se va y uno se queda en la casa. Yo vivía con mi mamá, con mi hermana y claro, en cierta medida pasé a tener un estatus más relevante en la casa”.

-¿Como que si se escuchaba un ruido afuera, el que salía a ver qué pasaba eras tú?
“Claro, esa es una metáfora. Pero concretamente me refiero a la contención con mi mamá. Y con mi hermana, había que ser generoso, tratar de apañar para que no le fuera tan doloroso. Las responsabilidades fueron de apoyo, de asumir un rol de mediador e infundir seguridad a los seres queridos”.

-¿Sigues creyendo en el matrimonio?
“Sí, aunque no lo veo como la culminación necesaria en una relación, pero sí como un paso más, siempre que esté basado en el amor, en la confianza, en la generosidad y en la entrega. A juzgar por quienes lo viven, suele darse cuando han alcanzado cierta madurez en la relación o por el simple deseo de querer darle mayor formalidad a un compromiso que ya existe. Por eso me parece sano y necesario para nuestra sociedad que se discuta acerca de un matrimonio igualitario, contemplando que los tiempos y la sociedad van cambiando. Nuestras leyes deben saber acoger esos cambios que se han ido generando”. 

-¿Y para toda la vida?
“Eso es muy relativo. Encuentro bonito poder casarse y envejecer con una persona para siempre, aunque cada vez se da menos. Me encantan esas parejas de viejitos que caminan por la calle y que se quieren y acompañan. Pero no creo en el matrimonio que se mantiene por la obligación, la rutina, o por mantener las apariencias”.

-¿Y por no hacer sufrir a los hijos?
“Esa es un arma de doble filo. Si lo pasas mal en tu matrimonio, igualmente vas a dañar a tus hijos, porque ellos perciben las cosas. Al final, si lo intentaste y no pudiste, es mejor buscar la felicidad por otro lado, con todos los dolores que eso implica”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“Colecciono Playmobils. Tengo varios, y los junto desde hace un año o algo más. Los vi un día, y me recordaron una buena etapa de la infancia. Cuando chico tenía distintas temáticas de los Playmobils, pero después crecí y entre que los botaron y se me perdieron”.

-¿Qué es lo que te gusta de ellos?
“Que los encuentro optimistas, porque están siempre sonriendo. Así que a veces, uno anda bajoneado, pero mira a toda esta tropa que está contenta, siempre ‘smiling’, y te infunde optimismo”.