Una ‘coja’ montajista que se codeó con los grandes

24 de Agosto de 2006 | 09:49 |
Tiene anécdotas por mil. Y también currículo, tanto que se hizo merecedora de la Orden al Mérito Pablo Neruda 2005 por su trabajo como restauradora.

En 1967, ingresó a trabajar al laboratorio del Instituto Fílmico de la Universidad Católica, lugar donde se revelaba todo el material audiovisual que se generaba entonces, tanto para cine como para televisión.

El director del instituto era Rafael Sánchez, quien impuso como condición que todos los que entraran a esa repartición tenían que estudiar cine y ella debió acatar. “Bueno, me encantaba el cine, me vi todas las películas mexicanas y cuando salí de la escuela, a los 17 años, tuve que optar por trabajar porque no tenía ayuda económica para poder seguir estudiando una profesión. Como el hermano de mi madre trabajaba en el laboratorio me consiguió esa oportunidad y la tomé. Fui como la última integrante del instituto, me convertí como en la mascota, la cachorra (se ríe)”, cuenta.

Sus primeros años fueron de “niña de los mandados”, servía cafés, traía y llevaba el proyector y las latas. “Estaba aprendiendo y como lo hacía con mucha pasión, todos me tomaban como asistente. Lo primero que hice fue especializarme en sonido y después me gustó montaje, de donde no salí nunca más”.

-¿Fuiste coja (persona encargada de proyectar las películas en el cine)?
(Se larga a reír)” Sí, proyectaba, también fui continuista, había que estar en todas”.

-¿Tuviste la oportunidad de codearte con los grandes? Ruiz, Francia, Bohr.
“Sí, pero ellos no pescaban para nada. El ’67 estaba en montaje “Valparaíso, mi amor” y yo me inclinaba ante Aldo Francia que era una eminencia de difícil acceso. Con los que hice amistad, pero estaban empezando, fue con Silvio Caiozzi, Pablo Perelman o Carlos Flores; los otros eran consagrados y yo tenía 17 años”.

Esas eminencias nunca se imaginaron que, en los ’80 y ‘90, Carmen Brito sería la persona que rescataría sus trabajos. Además de restaurar “El húsar de la muerte”, “Valparaíso, mi amor”, “La dama de las camelias”, hizo lo propio con “Canta y no llores corazón” y “Tres tristes tigres”.

Para ello, recurrió a su tiempo libre y a los fondos que pudo conseguir en forma particular, porque la vida se la ganaba entonces como montajista de documentales y de los noticieros “El mundo al instante” que preparaba Chilefilms para el cine, donde ingresó en 1977. “Ahí las notas dependían absolutamente de cómo las montaba uno, el reportero las miraba después y entonces les inventaba un texto”, explica.

Los avatares políticos afectaron parte del trabajo que realizó en el Chilefilms del gobierno militar. De hecho, la película “Testimonio de una nación”, hecha con los archivos de esa empresa, desapareció como mucho otro material. “Muchas películas fueron destruidas para sacarles la plata (el mineral) y otras fueron vendidas para hacer peinetas. Una buena cantidad de material se destruyó en un incendio de las bodegas en los ’90”, recuerda.

El año 1996 Carmen Brito migró al cine arte Normadie donde se hizo cargo de la Cineteca Chilena; paralelamente comenzó a hacer clases en las universidades Duoc, Arcis y Arcos y hoy, desde el Centro Cultural, impulsa la recolección de nuestra memoria.

-¿Por qué te convertiste en restauradora?
“Ah… porque me encanta lo viejo, ver fotos antiguas y pensar como éramos. Vibro con las películas viejas y lucho por que lo que se rescata no pierda el encanto del ayer. Si la película tiene ciertas pifias se las dejo…”

-Sí, más de alguna vez tuviste problemas para hacer calzar algunos diálogos.
(Se ríe) “Sí, cuando estaba trabajando en “Valparaíso, mi amor” tuve muchos problemas para sincronizar la imagen con el sonido. En eso estaba cuando el guionista José Román me dijo estás tratando de sincronizar lo insincronizable. Claro, como Aldo Francia nunca tuvo dinero para buenos equipos, filmó la película y después le pidió a un sordomudo que leyera los labios para sacar los diálogos que hizo grabar nuevamente a los actores. Me pasó lo mismo con “Tres tristes tigres” de Raúl Ruiz, pero ahí el problema fue que Ruiz grabó la película y después se arrepintió de algunos textos por lo que simplemente los cambió, tratando de acomodarlos al movimiento de los labios de sus actores”.

-Pasaste un susto con Bohr.
“Sí, eso fue muy divertido. La comedia “La dama de las camelias”, de 1947, estaba muy estropeada, el sonido estaba molido al principio, así que le propuse al director de restauración Daniel Sandoval colocar una canción de Anita González en la parte de los créditos. Eso era un gran riesgo, porque implicaba modificarla. José Bohr estaba bien viejito, pero fue al estreno; al término de la película se acercó a Sandoval y le dijo Daniel, quiero comentarte de la musiquita del comienzo; yo casi me morí, porque Sandoval me podía echar al agua y, entonces, Bohr afirmó mira, no me acordaba, pero pucha que me quedó bien. Todos nos largamos a reír”.


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