A pocos días de lanzar su vigésimo quinto álbum, "Blackstar", David Bowie falleció producto de un cáncer.
Sony
Ser la hermana de un titán de la industria tiene sus bemoles. Eso, Solange Knowles lo sabe y por ello es que para escapar de la gigantesca sombra de Beyoncé, la cantante y productora de 30 años planteó un álbum en el que si bien se aborda el tema racial con inflexiones crudas, también se aborda desde la elegancia de los arreglos y la voz de Solange, quien a lo largo de poco más de 50 minutos, recorre desde el retro-soul en canciones como "Cranes in the Sky" a elegantes arreglos, por ejemplo en "Don’t touch my hair". Esta polarización muestra que las cuestiones actuales de Estados Unidos pueden ser vistas no desde la torpeza del golpe. También, la sutileza forma parte de ese tipo de análisis.
El poeta y compositor canadiense había advertido que este sería su último trabajo y que estaba preparado para la muerte. A un mes de haber lanzado este trabajo –última parte de una serte de trilogía conformada por los discos Old ideas (2012) y Popular problems (2014)– el cantante dejó este mundo no sin antes despedirse con un disco de brutal honestidad en el que desde el primer surco, le habla a Dios diciéndole que "está listo". Musicalmente, Cohen en su último trabajo desarrolló las ideas de sus dos anteriores elepés, es decir, se adentró en la exploración de músicas de raíz como el góspel, el blues y el country la mezcló con elementos arábigos, los que ciertamente entregan un aire de solemnidad a sus textos donde hace un ajuste de cuentas consigo mismo, Dios y el amor en un registro destinado a ser epitafio permanente de su vasta obra.
Chancellor Bennett representa lo positivo de muchos elementos. Primero, en esta era de la inmediatez y en el que el éxito de un trabajo se mide a través de sus descargas, Canchellor (o Chance the Rapper) ha logrado entrar por la puerta ancha al mundo de la industria musical tradicional gracias a este trabajo, un disco de mixtapes que sin el amparo de un sello y con invitados como Kanye West y Justin Bieber, logró debutar en el puesto 8 de Billboard. Pero más importante aún es que presenta a un joven músico de Chicago que tiene lo mejor de las máximas estrellas del hip-hop actual: la ambición del mismo West y el foco en las rimas y sus palabras de Kenderick Lamar. Esto hace que "Coloring book" sea un viaje para disfrutar desde el minuto uno.
Pese a la cantidad de invitados para este trabajo que reunió a los integrantes originales de uno de los conjuntos más originales del hip-hop (desde Kanye West a Jack White, pasando por Kendrick Lamar y Elton John), este disco doble representa una anomalía en los tiempos actuales del estilo en el que la sustancia lírica parece desaparecer. De la mano de Q-Tip, Phife (quien falleció antes de ver publicado este trabajo) y Jarobi, este trabajo más que de reunión, es uno que nuevamente devuelve a los próceres del hip-hop consciente y lúcido al sitial que siempre han merecido.
No son del delta del Mississipi pero cuando sacan el blues de sus sistemas, pareciese que Jagger, Richards, Wood y Watts hubiesen nacido en esas latitudes. En su primer disco tras once años sin editar algo, sus "majestades satánicas" volvieron a sus inicios y en un álbum hecho en días, logran sonar frescos y lozanos como pocas veces lo pueden ser. De hecho, en el inicio con "Just a fool" o en "Ride’em on down", es posible escuchar a esa banda compuesta por cuatro jóvenes de Londres dispuestos a comerse al mundo. Todo esto no sería posible sin la dirección en las sombras de Keith Richards, quien lidera musicalmente este trabajo, y la extraordinaria prestación de Mick Jagger quien brilla como nunca en este sorpresivo disco.
Aunque la mayor parte de las canciones que componen a este registro se ubican temporalmente antes, es innegable pensar que Cave, el crooner por excelencia de las miserias humanas, le canta a su hijo, Arthur Cave, fallecido el mes de julio de 2015 tras caer por un acantilado en Brighton, Inglaterra. Sin embargo, Nick y sus Seeds, que siempre han estado caminando por la oscuridad, enfocan este trabajo como una suerte de catarsis, de grito primal desesperado desde que comienza "Jesus alone" hasta que termina la última pista, "Skeleton tree". Cave, a lo largo del registro, desmenuza la pérdida desde el prisma del dolor, sin miramientos, en uno de sus mejores trabajos en años.
Antes de este trabajo, Ocean lanzó Endless, un "disco visual" que sirvió de anticipo a este disco, el esperado sucesor del exitoso Channel orange (2012). La particularidad de este trabajo es que el artista lo editó a través de una revista que él mismo creó con el sólo objetivo de explicar sus puntos de vista respecto al negocio de la música y su rol en éste. ¿Qué tiene que ver esto con Blonde? Pues que este disco, en apariencia tan disperso como compositor, en el fondo es fiel reflejo de las ambiciones de un productor en crear una pieza de arte que escape del R&B dominado por la industria. Y eso lo logra sólo con una canción, "Ivy", aunque las otras 16 no tienen desperdicio.
Las apariencias suelen engañar cuando se aborda la obra de Thom Yorke y compañía. Lo que parece un refrito, en el fondo es una deconstrucción de su obra y el dramatismo, que algunos dirán exacerbado, de canciones como la que abre este trabajo, "Burn the witch", en realidad es una forma de señalizar un punto aparte en un disco que se describe más desde la vereda la contemplación que de la paranoia a la que el grupo evocaba con la entrada del nuevo milenio. Puede que el madurar haya hecho que el quinteto británico aquietara sus delirios pero ciertamente, esto trajo consigo que sus composiciones –aún estas que son "descartes" – sigan en una curva ascendente.
"Queen B" da cátedra en cómo transformar un supuesto drama personal en un producto para masas, que además tiene un contenido artístico y político marcado, y salir airosa en el proceso. Puede que mucho se haya hablado de supuestas infidelidades, personajes, mensajes velados, pero las influencias que este trabajo recogen desde guiños a The Beatles ("Pray you catch me") a inflexiones rock ("Don’t hurt yourself"), con elementos de dance modernos. Todos, aglutinados bajo la portentosa voz de Beyoncé, quien asume roles que van desde la mujer despechada, violenta e incrédula hasta la de la líder de comunidad, que llama a marchar por sus derechos. Un disco que, de seguro, aún da que hablar en los comidillos pero que es imposible dejar de escuchar.
La experimentación bajo el formato pop no era algo nuevo para David Bowie. Lo había hecho en su periplo por Berlín, lo hizo en Heathen (2002) y Reality (2003), por lo que el inicio de su nuevo trabajo, con la canción "Blackstar", no era tan descolocante. Sin embargo, a medida que se iban revelando detalles de la creación de este álbum –que trabajó con músicos de jazz para estas canciones– todo se tornó más complejo. Algo que explotó con la aparición del clip de "Lazarus". Además, los textos de este disco se mostraban crípticos, como si Bowie quisiese, de alguna forma, dar un mensaje sin que éste se revelara por completo. Y eso es, justamente, lo que sigue pasando con este complejo disco, el último creado por el "duque blanco", quien falleció a los días de haber lanzado Blackstar, cerrando con broche de hora una trayectoria impecable aún en sus fracasos.