Baja en la mortalidad infantil y la educación femenina entre ellos: Los factores que explican la baja en la natalidad en Chile
Un estudio de IdeaPaís expone los cambios culturales, laborales y familiares que inciden en esta realidad, donde mitigar la tendencia es posible, pero "se exige voluntad política sostenida, recursos y un cambio cultural profundo".
La "crisis de natalidad" que enfrenta el país ha concertado una serie de preocupaciones y debates en torno a las causas de la caída en los nacimientos, así como en las políticas públicas que deberían impulsarse para que este escenario cambie. Lo concreto es que Chile está envejeciendo, y ese escenario abre, de paso, varios otros desafíos respecto a su desarrollo y cómo el país se hace cargo de más adultos mayores.
A finales de abril, el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) realizó su segunda entrega de resultados del Censo Población y Vivienda 2024, relativos a fecundidad, inmigración internacional y migración interna. Los datos mostraron que a 2024, un 56,6% de las mujeres censadas tiene uno o más hijos (2.637.509), dando cuenta de una tendencia a la baja respecto a años anteriores, en concreto, una caída de 14,1 puntos porcentuales en un periodo de 30 años: En 1992, alcanzaba el 70,7%; en 2002, era del 71,7%; y en 2017, era de 65,6%.
El mes pasado, un análisis del Centro de Estudios Públicos (CEP), entregó un nuevo y poco explorado antecedente al debate: el impacto de la menor formación de parejas. De acuerdo a la Encuesta Bicentenario 2024 realizada por el Centro de Políticas Públicas UC, la estabilidad de la pareja es un factor clave en las decisiones reproductivas. Entre quienes ya son padres, un 30% declara que la falta de una relación estable es una de las principales razones para no tener más hijos. "Este dato resulta especialmente significativo considerando que ya un 64% de esas personas afirma que no tendría más hijos porque ya tuvo todos los que deseaba tener", consignó el estudio.
Ahora, un nuevo documento, elaborado por IdeaPaís, que busca poner en relevancia lo que califican como la "paradoja" que enfrenta Chile. "Con niveles de fecundidad entre los más bajos de América Latina y del mundo, el tema sigue subrepresentado en el debate público. A nivel internacional, la baja fecundidad suele discutirse bajo marcos parciales —económicos, familiares o culturales— que rara vez ofrecen una mirada integral. En Chile, el rezago es mayor: cuando la discusión aparece, tiende a replicar esos enfoques fragmentados y omite el cuadro completo que estructura las decisiones familiares", señalan.
El estudio, además, enfatiza en que la crisis de natalidad que enfrenta Chile no sólo es consecuencia de restricciones económicas o decisiones individuales aisladas, sino la manifestación de un cambio estructural "donde pesan transformaciones culturales e institucionales de larga data".
Asimismo, pone el acento en abordar este tema de manera multicausal y estructural, pues advierte que "si las estrategias se enfocan únicamente en aliviar costos materiales o laborales, sin modificar normas, incentivos e instituciones que enmarcan las decisiones familiares, su capacidad de revertir o atenuar la tendencia será limitada".
Baja fecundidad en Chile
De acuerdo a los datos que recoge el estudio, la baja fecundidad es un fenómeno mundial, pero lo distintivo en Chile es la velocidad con que aquello ocurrió. Ese rasgo (ver tabla) obliga a ir más allá del promedio global y regional y a preguntar por qué aquí el descenso fue tan rápido.
"La experiencia comparada muestra que cuando la modernización económica avanza más rápido que la adaptación institucional y cultural, la fecundidad tiende a caer con mayor fuerza. Chile encarna ese desajuste: grandes avances en poco tiempo, con apoyos al cuidado, corresponsabilidad y arreglos laborales que evolucionaron más lento que las nuevas aspiraciones familiares", precisa el estudio.
Asimismo, remarcan que comprender esta dinámica exige abandonar miradas monocausales y reconocer la interacción de factores económicos, culturales e institucionales.
Así, explican que las causas estructurales, corresponden a transformaciones de largo plazo —económicas, sociales, culturales y tecnológicas— que han alterado el entorno en el cual las familias toman sus decisiones reproductivas. "Estas dinámicas operan de forma gradual, a lo largo de generaciones, modificando tanto las condiciones materiales como los marcos culturales y de incentivos para la formación familiar", detallan.
Entre los factores más relevantes que señala la literatura se encuentran: la modernización económica y la urbanización, acompañadas de la caída de la mortalidad; la expansión de la educación, especialmente femenina, y la acumulación de capital humano; y las transformaciones culturales en torno a las aspiraciones y roles de género. A continuación desarrollamos cada uno de estos procesos y su relación con la trayectoria de la fecundidad en Chile.
Tasa Global de Fecundidad (TGF) y caída porcentual (1950-2023)
Ámbito geográfico
TGF 1950
TGF 2023
Caída porcentual 1950-2023
Chile
4,84
1,17
75,83%
América Latina y el Caribe
5,79
1,81
68,74%
Mundo
4,85
2,25
53,61%
Fuente: IdeaPaís con datos de United Nations, Department of Economic and Social Affairs, Population Division (UN DESA), World Population Prospects 2024
Caída de la mortalidad infantil
El estudio recoge que primer impulso de la transición demográfica provino de la caída sostenida de la mortalidad, en particular la infantil.
"A medida que más niños sobrevivían, desapareció la necesidad de tener familias numerosas como estrategia de reemplazo, lo que abrió el camino a una reducción paulatina de la fecundidad (Lee, 2002). Aunque hubo excepciones —como en Estados Unidos, donde la fertilidad comenzó a caer antes que la mortalidad—, en el largo plazo todas las sociedades que transitaron hacia baja natalidad registraron previamente mejoras sustanciales en la supervivencia infantil (Guinnane, 2011)", cita el documento.
A escala global, existe entonces una coevolución: tanto la mortalidad infantil como la tasa global de fecundidad disminuyen de forma sostenida desde 1950, y esta última se aproxima al nivel de reemplazo.
Ese cambio inicial se profundizó con la industrialización y la urbanización. En sociedades rurales, numerosos hijos podían representar una ventaja productiva; en contextos urbanos e industrializados, en
cambio, cada hijo implicaba costos crecientes en vivienda, educación y cuidado, reduciendo los beneficios económicos de familias grandes.
A ello se suma la construcción de sistemas de seguridad social. "En contextos tradicionales, tener varios hijos operaba como seguro para la vejez. La expansión de pensiones y transferencias redujo esa vulnerabilidad, debilitando el motivo económico para familias numerosas", recoge el texto. Y si bien ese trasfondo material no explica por sí solo la velocidad chilena, Chile redujo la mortalidad infantil antes y más rápido que su entorno regional.
Educación femenina
Por cierto, otro factor relevante en este cambio estructural es la expansión de la educación femenina.
"Desde la economía, el vínculo se entiende por el costo de oportunidad: más educación eleva el potencial salarial femenino y encarece el tiempo fuera del mercado laboral", subraya el documento. (Ver gráfico al final de la nota).
De hecho, destaca que, al aumentar el ingreso y educación, las familias eligen menos hijos pero con mayor inversión por cada uno, "y la evidencia reciente respalda parcialmente este patrón: más educación materna se asocia a mejor resultados en salud y aprendizajes de los hijos, y a menor fecundidad".
"La baja natalidad refleja también una transformación más profunda en los roles, los vínculos y las expectativas familiares, que ha cambiado de manera decisiva la forma en que las personas proyectan su futuro".
Sin embargo, el estudio va más allá,puesto que el canal económico no agota la explicación: La escolarización amplió horizontes vitales y transformó aspiraciones y roles de género, desplazando la maternidad temprana como norma social.
"En el caso chileno, la expansión de la enseñanza media desde los años sesenta y la masificación de la educación superior tras 1981 aceleraron la escolarización femenina: la participación de mujeres en la matrícula terciaria subió del 39% al 54% entre 1985 y 2019, superando a la masculina desde 2009. Este salto se asocia con la postergación sistemática de la maternidad y con la rápida caída de la fecundidad", precisa.
Así, destacan que "la educación elevó los retornos esperados y reordenó el calendario vital: desplazó el momento de la primera maternidad (calendario) y tendió a reducir el número de hijos (tamaño de familia). La caída de la fecundidad debe entenderse como una transformación integral en la relación entre mujeres, trabajo y familia", sin dejar de lado el trasfondo cultural.
Sobre esto último, el reporte de IdeaPaís detalla que los cambios culturales no solo acompañaron la expansión educativa, "sino que redefinieron la forma en que las familias conciben la maternidad, el trabajo y la vida en común (...) la baja natalidad refleja también una transformación más profunda en los roles, los vínculos y las expectativas familiares, que ha cambiado de manera decisiva la forma en que las personas proyectan su futuro".
Mecanismos de transmisión
El documento también aborda los llamados "mecanismos de transmisión", es decir, los canales inmediatos — económicos, laborales, institucionales y culturales— mediante los cuales esos cambios de largo plazo inciden en las decisiones reproductivas Son, en la práctica, los conductos causales que conectan transformaciones sociales con comportamientos familiares.
"Identificarlos es clave para la política pública: a diferencia de las causas estructurales —más lentos de mover—, estos mecanismos ofrecen márgenes de acción más concretos: reducir el costo de la crianza, mejorar la conciliación trabajo-familia, ampliar las redes de apoyo y promover mayor corresponsabilidad al interior del hogar", señala el texto.
Hay cuatro mecanismos centrales en este sentido: el costo económico de la maternidad; inestabilidad y rigidez del mercado laboral; redes y servicios de cuidado infantil; y normas de género y distribución del trabajo doméstico y de cuidados.
Consecuencias económicas, en seguridad y política pública
La caída en las tasas de natalidad, junto con el envejecimiento poblacional, está reconfigurando la estructura demográfica de los países. "Este proceso afecta no solo la sostenibilidad de los sistemas de seguridad social, sino también el crecimiento económico, el ahorro, la productividad y, en última instancia, las normas sociales y estructuras de incentivos que influyen en la vida familiar", señala el informe.
En materia de crecimiento económico, destaca, por ejemplo, que a medida que el número de personas activas disminuye en relación con quienes requieren apoyo, aumentan las presiones sobre los sistemas de pensiones, salud y financiamiento fiscal, generando un desequilibrio estructural que amenaza la sostenibilidad de largo plazo".
En el caso de Chile, advierte el texto, las proyecciones son especialmente desafiantes, incluyendo algunas que estiman que hacia 2035 la contribución del trabajo al PIB será negativa, con pérdidas de hasta 0,8 puntos porcentuales anuales hacia fines de siglo. Sin medidas correctivas, la menor disponibilidad de trabajadores limitará el crecimiento y podría implicar retrocesos en el ingreso por habitante. Para evitarlo, se requieren políticas públicas coordinadas en capital humano, I+D, participación laboral femenina, edad de retiro, política de cuidados e integración migratoria.
En cuanto a seguridad social, se destaca que la disminuión sostenida de natalidad pone en tensión esta área, que están basados en transferencias intergeneracionales: "menos trabajadores aportan mientras más personas dependen de pensiones y prestaciones".
"En Chile, los efectos se concentran en dos ámbitos: en el ámbito previsional, el financiamiento de la Pensión Garantizada Universal (PGU), dependiente de ingresos generales del Estado, enfrentará crecientes presiones a medida que se amplía la población jubilada y se estrecha la base tributaria que permite sostener dicho gasto. Esto obligará a definir nuevas fuentes de financiamiento, fortalecer la recaudación estructural o bien ajustar la carga impositiva", destacan.
A ello se suman efectos en el ámbito de la salud, donde el sistema se sostiene en gran parte con cotizaciones de los trabajadores. "Con menos trabajadores, caerá ese aporte y deberá sustituirse con mayor gasto fiscal, mientras el envejecimiento incrementa la prevalencia de enfermedades crónicas y eleva sustantivamente el gasto público en salud (Vial, 2013)", citan.
Lineamientos de política pública
El texto también considera cómo las políticas públicas deben hacerse cargo de esta realidad. Eso sí, advierten que cualquier estrategia debe partir de un diagnóstico que reconozca la naturaleza estructural y multifactorial del fenómeno.
"Su efectividad dependerá de la capacidad para actuar simultáneamente en tres planos: el económico, reduciendo los costos directos e indirectos de la crianza; el institucional, configurando marcos normativos y laborales favorables a la vida familiar; y el cultural, moldeando expectativas y roles que permitan compatibilizar maternidad, paternidad y otros proyectos vitales. En ausencia de esta mirada integral, las respuestas seguirán siendo parciales y con resultados marginales", aclaran.
se requiere un enfoque que combine un mercado laboral más flexible, transformaciones culturales y una mejor organización de los cuidados, entre otros cambios necesarios. Mitigar la tendencia es posible, pero exige voluntad política sostenida, recursos significativos y un cambio cultural profundo".
Catalina Karin, IdeaPaís: "La baja natalidad refleja cambios culturales, laborales y familiares profundos. No bastan medidas aisladas
En este marco, se distinguen dos grandes líneas de acción: "las políticas pronatalidad, orientadas a revertir o atenuar la tendencia demográfica mediante mejores condiciones para formar y ampliar familias, y las políticas de adaptación, dirigidas a adecuar la institucionalidad y los servicios públicos a una sociedad con menos nacimientos y mayor envejecimiento".
En cuanto a las políticas de protanalidad, "el desafío es tanto cultural como institucional: redistribuir el cuidado, revalorizar el tiempo dedicado a la familia y generar incentivos laborales que permitan a hombres y mujeres compartir responsabilidades sin sacrificar su desarrollo profesional. Solo en ese contexto, las asignaciones podrán transformarse en un estímulo real para la formación de familias, y no en simples paliativas de desigualdad".
"En Chile, los beneficios vigentes —como el Subsidio Único Familiar, la Asignación Familiar, el Bono por Hijo o los programas habitacionales focalizados— están orientados principalmente a mitigar la vulnerabilidad social, pero no responden a los factores estructurales que desincentivan la natalidad: conciliación trabajo-familia, la corresponsabilidad en el hogar y la penalización laboral a la maternidad", destaca el documento.
Agrega que la educación y el cuidado en la primera infancia (ECEC) es la política pública con mayor impacto sostenido sobre la fecundidad. "Su efectividad radica en que redistribuye el tiempo de cuidado y permite que las mujeres retomen su trayectoria laboral sin penalización. En los países que invierten en servicios de calidad, la natalidad se ha mantenido o incluso aumentado, porque el ECEC actúa como un seguro colectivo frente al costo de oportunidad de la maternidad: reduce la carga que recae sobre las mujeres y facilita compatibilizar trabajo y crianza".
Sobre este punto, advierten que "el cuidado infantil es, en definitiva, un nudo crítico de la crisis de natalidad en Chile. Contar con salas cunas o jardines infantiles es condición necesaria, pero no suficiente: debe ir acompañado de corresponsabilidad en el hogar y de cambios culturales que valoren el tiempo familiar. Sin este cambio en las prácticas y expectativas sociales, incluso la mejor institucionalidad de cuidados puede terminar reproduciendo desigualdades".
A ello, se suman otros aspectos clave como los permisos parentales, la flexibilidad y la estabilidad laboral buscan que las personas puedan tener hijos sin sacrificar ingresos ni trayectoria profesional, además de fomentar una distribución más equitativa del cuidado. "Su efectividad depende de tres condiciones: licencias intransferibles para los padres con alta cobertura salarial, reincorporación laboral asegurada y esquemas de flexibilidad reales y accesibles", detallan.
Sobre esto, Catalina Karin, investigadora de IdeaPaís, comenta que "la baja natalidad refleja cambios culturales, laborales y familiares profundos. No bastan medidas aisladas: se requiere un enfoque que combine un mercado laboral más flexible, transformaciones culturales y una mejor organización de los cuidados, entre otros cambios necesarios. Mitigar la tendencia es posible, pero exige voluntad política sostenida, recursos significativos y un cambio cultural profundo. La natalidad debe asumirse como un bien público, con respuestas que articulen al Estado, al sector privado y a la sociedad civil".
El estudio se lanza hoy en el III Congreso de Políticas Públicas Pro Familia organizado por IdeaPaís y la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez.