Antonia (39) llevaba seis años casada cuando su marido llegó a la casa una tarde después del trabajo con un video. Era una película triple X. "Yo jamás vi porno sola. A lo más vi algunas escenas en despedidas de soltera. Pero este cuento partió como una chacota. Mi marido llegó con la película, me dijo veámosla y yo dije ya. No tengo ningún rollo con el cuento. Pensé si la vemos para empezar una relación y vamos a estar los dos contentos o si me ayuda a embarlarme más, yo feliz", cuenta esta madre de dos hijos. Una vez que acostaron los niños, Antonia y su marido empezaron su "chacotera" sesión de cine y las cosas fluyeron. "Nunca ves la película entera. La ves unos 10 minutos, te embalas y la cortas. No es un cuento morboso, sino que lo encontramos entretenido y nos ayuda como pareja. A veces permite animarse más. Tampoco es algo que hacemos siempre. De todos los años que llevamos han sido pocas las veces y nunca me ha molestado porque lo hacemos los dos juntos. Ahora, no sé si me gustaría que él las viera solo", confiesa.
Antonia y su marido son parte del 35% de chilenos que admiten usar pornografía para estimular su vida sexual, según la Encuesta Global de Sexo realizada el año pasado en 41 países por una multinacional de preservativos. Ellos son parte también de un fenómeno reciente que implica nuevos desafíos en cómo los chilenos manejan su sexualidad, y que recién está surgiendo como un motivo de preocupación en las consultas de sicólogos y siquiatras del país. Los expertos aseguran que aunque no sea un motivo que lleve a consultar especialistas, en los últimos años numerosos matrimonios han hablado de manera tangencial de este tema como de un problema emergente.
Aunque hasta las últimas décadas del siglo pasado, el uso de la pornografía era un asunto reservado principalmente para los hombres (en gran medida, los adolescentes en plena etapa de descubrimiento sexual), la modernización ha llevado a una masificación de su acceso y a un cambio en los patrones de consumo.
"Hoy cualquier persona puede acceder a material pornográfico fácilmente en la casa, en el trabajo o en un cibercafé. Eso hace veinte años era inimaginable. Está mucho más extendido. La sociedad ofrece en la actualidad muy poca diferenciación en las expresiones de la sexualidad entre hombres y mujeres. Ya no es el modelo de la mujer recatada y el hombre audaz. Estamos en un mundo en que esas diferencias no son tan relevantes, y las mujeres que no eran un destinatario típico del material pornográfico se pusieron al día rápidamente", afirma el antropólogo y decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, Marcelo Arnold.
Las cifras confirman esa tendencia. Ya en 2003, la gerencia del canal de televisión por cable VTR indicaba que sólo en regiones, el 35 por ciento de los clientes suscritos al canal Playboy eran mujeres, y que el 11% eran dueñas de casa. Paradójicamente, esto no implica necesariamente que las parejas manejen de manera fluida el rol más protagónico que parece estar tomando este ingrediente en su vida sexual. Al contrario, hay muchas mujeres que lo ven como un elemento perturbador en su relación amorosa. "No es la pornografía en sí la que genera conflictos, sino el uso que se le pueda dar. Si expones a tu pareja a situaciones que le son incómodas o la sometes puede ser complicado", explica Soledad Cifuentes, sicóloga del Instituto Chileno de Terapia Familiar.
"En los más de treinta años que llevo ejerciendo, nunca he visto una pareja separarse por esto, pero sí genera discusiones. Algunas mujeres que descubren que su marido ve pornografía sienten que no son atrayentes, que ya no son la persona que lo excita. Eso genera celos, enojo y castigo en lo sexual", complementa la terapeuta sexual y de pareja Mirentxu Busto.
La principal dificultad, explica, reside en que el hombre y la mujer, por razones fisiológicas y culturales, se aproximan a la sexualidad de manera distinta. "En la sexualidad femenina, el tacto es un elemento central, mientras que en el hombre es lo visual. Desde chico lo entrenan a excitarse mirando, entonces siempre la probabilidad es más alta que la pornografía le interese más al hombre que a una mujer", dice. A pesar de eso, la sicóloga reconoce que está ocurriendo un cambio que puede explicar el mayor acercamiento de las mujeres por la pornografía, y su creciente incorporación en el mundo de la pareja. "Ha habido una masculinización de la conducta femenina. En su afán de buscar igualdad entre los sexos - en vez de reconocerse como equivalente al hombre- la mujer se ahombró en todos los planos y hay, por lo tanto, una mayor apertura hacia la pornografía. Pero no creo que le guste, sino que le disgusta menos. Por eso películas de corte más erótico romántico (tipo "Nueve semanas y media", por ejemplo) las excitan mucho más que las otras más gráficas", dice.
Eso es lo que le pasa a Antonia. "Hay cosas que ves que te chocan más de lo que te excitan. Una vez con mi marido empezamos a ver una que era muy fuerte. La cortamos y se acabó", dice.
Los límites de la normalidad
En el caso de Antonia y su marido la experiencia no fue fuente de peleas ni conflictos. Según el siquiatra León Cohen, eso se debe a que algunas parejas son capaces de incorporar de manera armoniosa el uso de material erótico en sus prácticas sexuales. "La observación, la conversación a partir de las imágenes, la picardía compartida y la complicidad de estar en algo prohibido, excita. Ese mundo de las fantasías sexuales puede ser un elemento estimulante del erotismo individual y de la pareja, sobre todo en tiempos en que la motivación romántica espontánea clásica tiene menos cupo por razones de tiempo y de ingenio", dice Cohen.
Aún así, es algo que conviene manejar con mucho cuidado, para que no se salga de los límites de la normalidad. "Una pareja no alcanza esto en un día. No es cosa de llegar y poner este tema sobre la mesa para que la mujer esté dispuesta o viceversa. Sólo cuando hay encuentro y en el contexto de la complicidad amorosa puede haber una exploración sana de estos ámbitos", afirma Cohen.
En este contexto, señala, que hay que tomar en cuenta el hecho de que el concepto de pornografía es amplio. Y que cuando la pareja o uno de sus miembros muestra un interés por material muy fuerte, hay que preocuparse. "Mientras más primitivo el material, más nos vamos acercando al mundo de la perversión", explica Cohen. Dentro de esos casos sicopatológicos entran las parejas que transforman la pornografía en un fin o una condición ineludible a la posibilidad de tener relaciones. "La rigidez de los procedimientos en el espacio en el que juega la pareja, es lo que sugiere el carácter sicopatológico. Ahí podría ser que uno de los dos o ambos tenga algún trastorno limítrofe de la personalidad, como por ejemplo alteraciones narcisistas marcadas, en que el grado de relación amorosa dentro de la pareja no es lo protagónico, y el vínculo se transforma más bien en la utilización del uno por el otro. También se puede dar que un sujeto con alteraciones narcisistas trate de llevar el mundo pornográfico - que constituye el centro de su vida- a la mujer e imponerle todo esto. Eso puede llevar a una crisis de pareja", asegura Cohen.
Otro caso problemático es cuando la pornografía se convierte en una adicción. La excitación, aseguran los expertos, puede ser una vía de defensa frente a estados angustiosos o depresivos no reconocidos. Se la puede buscar a través de drogas, de actividades riesgosas, del frenesí del trabajo o también de la observación de pornografía. Y en esos casos viene a llenar un vacío que puede corresponder al aburrimiento o el desamor, y ser reveladora de problemas en las relaciones de pareja. "Si la conducta se convierte en algo más adictivo es que evidentemente hay algo que en la relación no está funcionando. Cuando se producen estos quiebres, la intimidad está quebrada desde antes", asegura la sicóloga Soledad Cifuentes.
La sicóloga insiste, además, en que a pesar del incipiente interés de las mujeres por la pornografía, el principal activador de la sexualidad femenina sigue siendo el vínculo que se establece con el otro. Sandra, de 41 años, soltera, lo confirma. Ha visto pornografía con varias de las parejas estables que ha tenido y dice estar abierta a los juegos eróticos. Pero lo hace más por incursionar y satisfacer al otro, que por gusto personal. "Cuando veo esas películas no me pasan muchas cosas. Lo mío va más por la sensualidad del ambiente. Lo que pasa es que las ves por acompañar a tu pareja y para hacer algo distinto. Pero yo no necesito tantas herramientas externas. Me sirven más los besos, las palabras, las caricias, que algo tan explícita como esas películas. No te puedes motivar con algo de tan bajo nivel".