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Rompedor de esquemas

El actor de “¿Dónde está Elisa?” es un abogado que no sólo se vino del sur a Santiago para estudiar teatro, sino que ahora ha decidido desestigmatizar a los homosexuales con su personaje Javier Goyeneche, “un gay de terno y corbata”.

07 de Octubre de 2009 | 08:44 |
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Nadie en la calle le ha preguntado “¿dónde está Elisa?”, al menos, esta vez. “No sea malo, Javier”, es la frase con que dos señoras llaman la atención del actor temucano César Caillet, quien recibe sus palabras como el pan de cada día.

Si bien ya veníamos viendo su cara en la tele desde “Ídolos”, es ahora que sus páginas en Facebook se han llenado de fans. De esas, “¡Me encanta César Caillet!” y “Encuentro demasiado mino a César Caillet” recogen a cientos de fanáticos, mientras los otros dos perfiles del actor, los más oficiales, bordean los 2 mil miembros.

Es que su personaje en la teleserie nocturna de TVN no es de los que pasan desapercibidos. Si bien no es el cruel raptor de la adolescente perdida, sí personifica a Javier Goyeneche, el arquitecto que regresó a Chile para reencontrarse con el amor de su vida, Ignacio Cousiño, quien es el esposo de su mejor amiga... Son esas historias que parecen muy fantásticas en televisión, pero que más de una vez se escuchan en la vida real.

No quería interpretar a homosexual gritón de mall y que baila sobre un cubo. Es por eso que le fascinó este personaje creado por Pablo Illanes, más cercano y sin clichés burlescos. “Un gay de terno y corbata”, como lo llama.

“De todas formas, cuando llegué a mi casa y leí los diez primeros capítulos, pensé ‘en qué me estoy metiendo’. Nunca me ha importado mucho lo que diga el resto, si quiero hacer algo, lo hago. Y algo me dijo que podía ser una buena experiencia, una potente, con una historia que antes no se había contado así. Pero también pensé, ‘sé en el país que vivo y que más de alguien en la calle me va a gritar ‘maricón’”.

-¿Y te ha pasado?
“Nunca. Parece que Chile no es el mismo de hace 10 años atrás. No somos tan homofóbicos, a la gente no le importa tanto. Bueno, están las chicas que tú acabas de ver recién, que me felicitan, que me encuentran guapo y todo eso, pero también se me ha acercado un papá para tomarme una foto con su hija, felicitándome y todo. A Facebook me escribe mucha gente felicitándome y agradeciéndome, especialmente por la desestigmatización que puede provocar Javier en el inconsciente de la gente”.

-En el caso de tu familia, ¿no te ha dicho nada?
“No, mis papás están chochos conmigo. Mi papá me comenta que a los lugares que va, todos sus amigos hombres que ven la teleserie lo felicitan. Este discurso de ‘oye, estos maricones’, parece que está en otros lugares, donde, gracias a Dios, no me relaciono. Al final, el tema de la homosexualidad va más allá del sexo entre dos hombres o dos mujeres, tiene que ver con la tolerancia, que es lo que le falta a la gente que critica a los homosexuales. Es ahí donde debemos dar un salto grande como país, como humanidad... La intolerancia ha estado presente en los hechos más nefastos que nos han ocurrido como humanidad. Desde ahí me parece sumamente atractivo trabajar este personaje. Claro, yo tengo uno que es asumido. En cambio, Álvaro (Morales, Ignacio Cousiño) está en el lugar más complicado, porque él está casado”.

-Una realidad que no parece poco común.
“De esas historias hay miles, y en este tiempo lo he confirmado en Facebook. Todos los días me escribe gente. Me escriben mucho en el tono de ‘me encanta la teleserie’, ‘me encantas tú’, ‘me encanta tu personaje’, Pero hay cosas que me han llamado la atención, como una señora que me dijo: ‘hola, tengo un hijo de 25 años y es homosexual. Te quiero agradecer porque gracias a un personaje como Javier Goyeneche, que pone un tema así sobre la mesa, se desmitifica al gay, y creo que el día de mañana, mi hijo podrá vivir en un Chile más tolerante. Te mando un beso y que Dios te bendiga’. O sea, ¿qué más puedo esperar como resultado de un trabajo, en términos personales? ¡Qué más bello, qué más romántico e idealista! Obviamente que a esa señora le contesté”.

-¿Su temor, su pena, pasaba sólo por el rechazo social que podría sentir su hijo?
“Claro, ese es el temor. Ella ama a su hijo como es. A los 35 años que tengo, me he dado cuenta que la gente que quiero es como es y no cambia. La que es histérica va a ser histérica siempre. Las personas vienen en un paquete completo; no podemos decir sí, me gusta esto pero esto otro guárdalo. Obviamente esa mamá ama a su hijo, pero teme que el día de mañana vaya a sufrir, que le cueste encontrar trabajo, no sé...”.

-¿Y no te ha escrito algún hombre que diga que le pasa lo de Javier o lo de Ignacio?
“Sí. De hecho, el otro día me escribió alguien y decía: ‘César, me imagino que te deben escribir muchas personas y no espero que me contestes. Sólo quiero desahogarme y decirte que veo todos los días la teleserie, que estoy casado y tengo cuatro hijos. Sin embargo, el amor de mi vida es un hombre igual que yo. Cuídate, que estés bien, éxito’”.

-En un capítulo de la teleserie Bruno Alberti (Francisco Reyes) le dice a Javier: ¿Para qué te quedas en Chile? Ándate a Nueva York; eres joven, guapo, gay... Este país es sólo para criar niños chicos...
“A mí también se me quedó esa frase, porque habla de cómo somos como país en ese sentido. Sigo pensando que aquí creemos que hay una manera de hacer las cosas y vivir la vida; una manera que cierto grupo trata de establecer, aunque cada vez es menos. Te estructuran para que a los 25 salgas de la universidad, te compres el auto, a los 30 te cases... Y no creo que tenga porqué ser así. Por cierto que cuesta abstraerse de eso. Tengo amigas de 30 años, e incluso la más cool y feminista, igual siente la presión de ‘¿y cuándo te casas?’. Y olvídate de la persona que se casa o vive en pareja y ha decidido no tener hijos... A ellos los tratan como si fueran malas personas. Los niños son maravillosos, pero no creo que sea obligación que todos los hombres y mujeres tengan que pasar por la experiencia de la paternidad”.

-¿Y tú quieres tener hijos?
“En este momento no, pero puedo tener hijos -a diferencia de las mujeres- hasta que tenga 80 años, así que tengo mucho tiempo para decidirme. Es que hay que tener tiempo para eso, y yo estoy muy concentrado en mí todavía. Un hijo te posterga mucho. He visto a mi hermana que tiene a dos niños y pucha que se ha postergado, mucho. A veces dan ganas, pero ves al resto y dices ‘no sé si esté preparado para eso’”.

-Sobre los esquemas que se deben seguir, ¿no estudiaste primero derecho por presión familiar?
“En mi caso, mi papá no me obligó a nada. Yo salí a los 16 años del colegio y no conocía a ningún actor, no había dónde estudiar teatro en Temuco. Así que si querías estudiar actuación lo veías como algo muy lejano, no era tema. Era como decir ‘me gustaría ser cantante o astronauta’, a ese nivel de fantasía. Yo entré a estudiar leyes por opción propia. No era la lumbrera del curso, pero estudiaba harto y me iba relativamente bien. Y cuando iba en la mitad, algo hizo click en mí”.

-¿Qué fue? ¿Una película, un consejo, un libro?
“En ese tiempo hubo una introspección en mí. Me coloqué un poco para dentro y me puse en búsqueda de la espiritualidad. Leí muchos libros, pero del que más me acuerdo y que puedo recomendar porque lo encontré maravilloso, -y sí, hay un antes y después para mí- se llama ‘Usted puede sanar su vida’ de Louise L. Hay. Esto marcó una pauta para que leyera un montón de cosas, pero como tema introductorio es el mejor que leí. Y el antes y después que hubo fue que siempre me había sentido como un barquito de papel en el océano, por la crianza occidental que tenemos, católica, del sur más encima. Siempre sentí que iba a la voluntad del océano”.

-¿Qué cambio hubo en ti?
“Después de leer ese libro, lo que más me quedó fue decir, basta, si yo no soy un barquito de papel... Yo voy en un crucerazo, al timón y hago lo que quiero. ¿Qué me puede privar a mí de decidir irme a Santiago? No conozco a nadie, a ningún actor, no tengo trabajo, no tengo nada, pero, ¿qué me puede detener, qué puede hacer que no me resulte? ¡Apostemos! Y eso lo decidí cuando estaba como a mitad de leyes. Terminé la carrera y me vine”.

-¿Y qué tal te fue?
“Me puse a buscar trabajo, uno donde tuviera pocas horas en la semana y muchas el fin de semana, y donde que me pagaran mucha plata. Y justo llegó Zara al Parque Arauco. Llegamos juntos a Santiago el ’99. No fue fácil, me levantaba a las 7 de la mañana, entraba a las 8 a la escuela (de Fernando González), salía a las 4 de a tarde y a las 5 entraba a la tienda, hasta las 11 de la noche... Fue de alto impacto, pero es una prueba de que cuando uno quiere hacer las cosas, se pueden hacer”.

-¿Ya conocías Santiago?
“Había pasado dos veces antes por acá... Una vez para ir a Arica y otra, cuando me invitaron a Disney y tuve que ir al aeropuerto. Pero siempre me he sentido cómodo aquí, como en casa”.

-¿Qué tienes de sureño?
“Soy muy confiado y eso creo que es del sur. En vez de hacerte firmar un montón de cosas, mejor mírame a los ojos y dame un buen apretón de manos y ya está. También tengo mucho de esas once-comidas en cocinas gigantes. Porque en el sur, la cocina es un punto de encuentro donde se junta toda la familia. El living se usa para la noche de Navidad y toda la gente después se pasa a la cocina. En el sur la gente es más cálida, más cariñosa. Allá se invita más a la casa que acá. Te encuentras con alguien en la calle y lo invitas a tomar once. Aquí la gente se encuentra en lugares, no se va tanto a la casa”.

-Tienen todo un tema con la comida, además.
“Claro, allá se demuestra mucho el cariño con la comida. En Santiago sufrí por eso. Cuando llegué, la gente me invitaba a su casa y nadie me daba comida. Allá, a los 10 minutos que llegas, ya te tienen sentado con un café, un té o una bebida y su pan o su sopaipilla. Así que acá, en el primer tiempo, pasé hambre terriblemente. Después caché como funcionaba y a menos que me invitaran a cenar o a tomar once, me voy muy comido. Allá no puedes no aceptar y mientras más vas al sur es peor. Yo tengo familia en Chiloé y si me sirven un plato gigante de curanto y me lo como, me dan otro y si no quiero es como si no estuviera recibiéndoles su cariño”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“Tiene que ver con la música. Cuando chico estudié, unos 8 años, teoría musical y flauta dulce. Me encanta la música. Es lo primero que escucho en la mañana y lo último antes de acostarme. Soy alguien bastante obsesivo y me da de repente con una melodía y puedo poner repeat al computador para escucharla quince veces seguidas. De hecho, cada personaje, cada historia, tiene su banda sonora. Javier por su puesto la tiene y para entrar como en el mood, escuchaba la música y se me hacía mucho más fácil estudiar. Eso me relacionaba con los sentimientos de Javier”.

-¿Qué canciones hay en la banda sonora de Javier?
“Escuchaba mucho The Buckcherry ‘Sorry’ y de Etta James ‘At last’. Esa tiene que ver más con encontrar el amor”.

-¿Y qué canción hay en tu banda sonora?
“No sé si es una canción de mi vida, pero está en el musical infantil que estamos haciendo con la Paty López (“Gusanos, el musical!”), y antes no la había pescado mucho, porque no es mi onda... ‘Yo no me doy por vencido’, de Luis Fonsi. La canción partió como placer culpable y hoy ya es como un himno cebolla para mí, me encanta. Esa la escucho seguidísimo”.
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