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La batalla de la conquista

Los milenarios principios de combate son traídos a la actualidad para enseñar las fórmulas que atraerán al amor.

02 de Marzo de 2010 | 10:39 |
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En el amor y en la guerra todo se vale. Entonces, ¿por qué no aplicar las estrategias bélicas en el terreno de la conquista?

Eso es lo que propone la periodista Adriana Ortemberg, escritora de “El arte de la guerra para mujeres” (editorial Obelisco), en el que se mencionan los principios del ancestral tratado del siglo V a.c. del general chino Sun-Tzú –creado para vencer en la batalla- pero para alcanzar la victoria en el plano amoroso, “el único campo de batalla donde se requieren todas las astucias posibles”, como lo asegura la autora de “Diario de una ninfómana”, Valérie Tasso.

“Cuando hay conexión con aquél que nos gusta, cuando hay empatía, el único problema parece ser mantener ese estado de gracia (...) pero cuando hay resistencias y las cosas no son tan fluidas, entonces hablamos de la ‘guerra del amor’”, dice, por su parte Ostemberg.

En primer lugar, una de las bases de la estrategia china para el triunfo es evitar el combate que no se puede ganar. Por ende, y llevado al plano que da vida al libro dedicado a las mujeres, los hombres comprometidos quedan fuera de los planes de lucha.

Además, y como el fin principal de todo es alcanzar la victoria, se deben descartar las “costosas campañas prolongadas. Si el plan se alarga mucho hemos de revisar si ese objetivo (nuestro hombre) es viable”.

Bajo este concepto de la batalla por la conquista, las armas a utilizar -junto a los propios encantos- son la astucia, la planificación, trabajar la sabiduría del avance, de la espera y de aprovechar el momento propicio para el ataque.

“Atácalo allí donde no esté preparado, aparece allí donde no te espere”, es uno de los varios principios que comprenden este femenino anual bélico, el que, siguiendo al pie de la letra eso de que “todo vale” para ganar, no esconde que “todo el arte de la guerra se basa en el engaño (...) De ahí que cuando podamos atacar, debemos parecer incapaces; cuando utilicemos nuestras fuerzas, debemos parecer inactivos; cuando estemos cerca, tenemos que hacer creer al enemigo que nos hallamos lejos; cuando estamos lejos, tenemos que hacerle creer que nos hallamos cerca”.

Cuidado con ser demasiado evidentes en la declaración de guerra, ya que “la estrategia adecuada nos dice que no nos precipitemos, que no demos pistas, ni confiemos en exceso; siempre hay que mantener la discreción respecto a nuestras intenciones y prepararse a fondo tanto para ‘atacar’ como para ‘ser atacado’”.

El uso de espías queda absolutamente dentro de las reglas del juego y comprenden desde familiares y amigos, hasta conocidos, compañeros de trabajo y cualquier ser que permita acceder más a la información vital para conquistar el objetivo.

Demás está decir que “si el enemigo dejara una puerta abierta, tienes que precipitarte por ella” y, tal como la sabiduría oriental lo proclama, “siempre hay que tener preparado el material para provocar incendios”, lo que, interpretado desde el punto de vista romántico, tal herramienta bélica se puede aplicar tanto en miras de conquista, como de reconquista en una relación.

Por último, la autora recuerda que “luchar y vencer en todas tus batallas no es la excelencia suprema”, sino que la gracia está en “someter al enemigo sin luchar”, “conquistar con arte”.

Los atributos y dones de cada persona se deben emplear en una buena guerra, como dice Ortemberg, donde la batalla no se desarrolle en un marco de venganza ni lucha de egos, sino que en miras de una sana felicidad.