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Un Tú y Yo con sentido

Vivir de a dos no debe ser un suplicio. Para eso, un sociólogo entrega algunas pautas para detenerse a pensar en cuánto estamos dispuestos a entregar y si estamos amando de una manera sana, antes de que una relación se vaya por la borda.

23 de Marzo de 2010 | 17:02 |
“¿De qué modo una pareja que se jura amor eterno pasa a profesarse odio infinito?” Con esta pregunta comienza sus reflexiones acerca de la convivencia en pareja, el sociólogo bonaerense Sergio Sinay.

En su libro “Vivir de a dos” (Editorial Del Nuevo Extremo), el argentino analiza en base a su propia experiencia y a la de hombres y mujeres que han solicitado su orientación, lo que intenta ser una respuesta para tal interrogante.

“Todo es efímero (...) Sin embargo, desde que somos humanos, la búsqueda del encuentro y la complementación amorosa es lo único permanente”. ¿Qué hace, entonces, que dos personas que se profesan amor, se pierdan en el camino y opten por desechar una relación de convivencia?

Para el autor, el pilar de todo está, obviamente, en el amor. Sin embargo, hace hincapié en recordar que por mucho que su búsqueda sea algo inherente en el ser humano, no prescinde de él para mantenerse en el tiempo. “El amor no es parte de la Naturaleza, no preexiste en ella: es una creación de quienes aman”, asegura, y profundiza en un tema no menor, como lo es la entrega al otro y, por ende, el autoconocimiento que se debe tener de uno mismo para dar lo mejor de sí.

“Hablar de amor es hablar del otro. Hablar del otro es hablar de mí: Yo y Tú son conceptos que sólo existen enlazados y referenciados el uno con el otro”. (...) “El desencuentro amoroso que aparece tan presente hoy en las relaciones afectivas, tiene su origen en una precaria percepción del otro, del Tú. Y eso, a su vez, nace en una conciencia limitada del mundo interior, del Yo. Cuanto menos me conozco, menos te conozco (...) El amor es conocimiento”.

Dicho de otro modo y según el autor, no es la otra persona la que debe saber cómo amarnos, sino que es uno quien tiene que enseñarle a querer del modo en que cada quien lo necesita.


Un viaje con razón de ser

“Vivir con otro es un camino, no un punto de llegada”, dice Sinay, convencido, al igual que la mayoría de los que viven en pareja, de que una relación fructífera y sana no se da por arte de magia, y mucho menos cuando la rutina del día a día y la compenetración que vivir bajo un mismo techo entrega, van formando algunos obstáculos que deben ser superados para que la unión llegue a buen puerto: “ése en donde un Yo y un Tú se encuentran y se dan razón y sentido”.

Para esto, el autor entrega algunas pistas, entre ellas lo que llama “los tres niveles esenciales de la convivencia”.

El primero corresponde a la interacción de las coincidencias, y se refiere a “aquel en el cual nos adaptamos el uno al otro con simplicidad y naturalidad, como si hubiéramos estado destinados desde siempre a encontrarnos y convivir (...) En él no hay discordancia ni desacuerdo”.

El segundo, al de las diferencias complementarias, que son aquellas que se dan cuando a un miembro de la pareja, por dar un simple ejemplo, le desagrada mucho cocinar, pero no le molesta lavar los platos, mientras que al otro, le gusta preparar algunos platos y prefiere no lavar ninguno. Este tipo de comportamiento enriquecería la relación, aunque en menor medida que las diferencias acordables, que son, según explica Sinay, las “discrepancias que pueden generar un espacio de trabajo, transformación y consolidación para la pareja”, a través de la voluntad y el compromiso.

En resumidas cuentas, se trata de formas de actuar que molestan al otro, pero que son comprendidas por quien las realiza y, al ver que dañas su relación, intenta cambiarlas, haciendo que el punto de desencuentro se convierta “en un punto de partida para un trabajo común”.

“Cuando esta dinámica de reforma a partir de una divergencia se hace habitual en una pareja, deviene en un campo de poderosa fertilidad (...) Es natural que entre dos personas, distintas de por sí, se vayan registrando, como parte de la vivencia común, diferencias y asimetrías que molestan. (Pero) en tanto haya instrumentos y predisposición para trabajar en su armonización, esas diferencias no significarán el fin ni el rompimiento de algo, sino su enraizamiento a través de una tarea amorosa”.

Sin ocultar que existen diferencias incompatibles que terminarán por hundir una unión, Sinay asegura que la preocupación por trabajar en estos puntos que señala garantiza una relación saludable. Puede sonar difícil de llevarlos a la práctica sin algunos traspiés en el camino, pero el mismo autor recuerda que los seres humanos tienen el don de la adaptación, ¿por qué entonces no aplicarlo con el ser amado?