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Francisco Llancaqueo: “Mientras más verdadera, más guapa eres”

El estilista celebra un exitoso año con la obra inspirada en él y sus historias “El hijo de la peluquera”, y brilla de alegría con lo que ha aprendido con su maestra espiritual, Isha. Asume, eso sí, la pena de haber perdido a su Shar Pei, Toto, después de 13 años de compañía. “Cuando eres gay, cuando no vives la paternidad, de alguna manera esta mascota viene cubrir una parte que no te tocó vivir”, explica este chamán.

24 de Noviembre de 2010 | 08:21 | Por Ángela Tapia F., Emol
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Gentileza de Marco Antonio Morales.
Es peluquero y es escritor, también chamán y un eterno caminante del sendero de la espiritualidad. Francisco Llancaqueo es de los estilistas del país que considerados top, no sólo por tener su peluquería a la que llama cariñosamente “pelu” -y que es blanca completamente, sin ningún tipo de publicidad de productos para el cabello-, sino que también porque llama a sus clientes “pacientes” y porque es considerado un guía espiritual de muchos rostros del país.

No hay que confundirse, que el Llanca no es un neo monje inalcanzable con túnica blanca y aspiraciones mesiánicas, al contrario. El confesado seguidor y admirador de Isha, es alegre, amigo de todos, chistoso, querendón de los animales (aún extraña a Toto, su perro que murió hace más de un año) y enamorado de su compañero, Toño Morales, con quien comparte además, el gusto por las mega-fiestas temáticas que producen entre los dos. Toño, desde la organización y el banquete, y Francisco como chamán; basta hacer memoria y recordar quién casó en un rito mapuche a Beto Cuevas y Estela Mora el año 2001... Así es, el estilista en persona.

Con un pasado duro, de mucho esfuerzo, este hombre tiene mil historias que contar de su “pelu”, las que, por cierto, sirvieron para crear la exitosa obra de teatro “El hijo de la peluquera”. “El protagonista se llama Azuceno Catrilahue Valiente, y nunca conoció a su padre. Hay ciertas similitudes con la obra y mi vida”, cuenta el estilista, quien confiesa estar en un período de mucha creatividad, feliz, consciente del presente y pleno; lejos de los tiempos donde utilizaba su historia de vida para buscar la aprobación del resto.

“Y era experto, en tres minutos te contaba la historia y tú caías muerta y no lo podías creer y pensaba ‘chuta, me quiere’. Sin embargo, en este proceso Isha que estoy viviendo, es todo lo contrario. Es como dejar de venderte el cuento para que me quieras, sino que desnudarme desde todo mi potencial y fragilidad. Una de las cosas bonitas en los seres humanos es cuando somos capaces de  mostrarnos vulnerables frente a los otros. Me acuerdo que el día que me di cuenta que estaba viviendo como víctima fue como dar vuelta la tuerca y pensar: esa es una parte de mí, pero no es mi vida. Es una parte de mi historia, pero es pasado, y el pasado no existe, está sólo en mi mente. Yo no puedo traer a ese niño víctima hasta acá, ya no está. Esto es lo único real, no hay nada más que este momento. ¿Te has fijado que siempre estamos arrepintiéndonos de lo que hicimos? Pensamos ‘por qué no hice o no dije’, o estamos con la expectativa de ¿me irá a ir bien mañana? Y esa la trampa que nos hacemos en nuestra mente para no estar en este momento, que es lo único real que existe”.

-¿Por qué llamas a tus clientes “pacientes”?
“Primero, porque tengo prejuicios con la palabra ‘cliente’. Y digo ‘paciente’ porque esta peluquería se transforma en una experiencia terapéutica. Hay personas que han venido hace unos días a cortarse el pelo y vuelven sólo porque necesitan estar acá”.

-¿Hay un problema común que veas que se repite?
“Siento que la gran tragedia de la humanidad es el miedo, que vivimos en una sociedad planetaria que está basada en eso, y se traduce hasta en apanicarse en la diferencia. Siempre he dicho que una de las cosas más notorias que veo es que todo lo que te saca de tu esquema lo rechazas, por eso nacen de tus miedos”.

-¿Es algo típico de los chilenos?
“Sí, se nota, pero no sé si sea un problema de los chilenos solamente. Es el ser humano el que está enfocado en cubrir las expectativas del otro. Es como cuando alguien se va a cortar el pelo y te dice: ‘No, porque a mi marido no le gusta’. Ok, ¿pero a ti qué te pasa si te cortas el pelo? Y cuando le preguntas eso queda descolocada la persona. Siempre estamos enfocados fuera de nosotros, ocupados de que me quieran, de caer bien, de hablar lo más cool posible para que me encuentren inteligente. Yo también en algún momento de mi vida estuve en esa, siempre estaba intentando caer bien, ser agradable, amoroso”.

-¿Cómo podemos encontrar la belleza?
“Siendo reales, independiente de que a otro le pueda molestar tu verdad. En algún momento le hará sintonía lo que dices porque hablas desde tu espacio amoroso. Mientras más verdadera, más guapa eres.
“Creo que el mayor regalo que he tenido en la vida, que fue a través de mi camino a la Isha, es tener la capacidad de enamorarme de mí. Hay una frase preciosa de ella que dice ‘soy perfecto exactamente como soy’. Me costó mucho entenderlo, porque también estoy lleno de errores y he fallado muchas veces. Pero cuando le pregunté, me dijo: ‘Eres ignorante. No eres consciente, pero ahora lo eres. Así que es tu responsabilidad’. Y al ser consciente, sí tengo la capacidad de darme cuenta que cometer errores, hacer daño, también me daña a mí. Por ejemplo, yo ya no tengo adicciones. Éste (toma su cajetilla de cigarros) es el que más me ha costado dejar, pero sé que mi cuerpo es mi templo. Cuando recibí de Isha su técnica, yo estaba en un infierno, literalmente hablando”.

-¿Muchas fiestas?
“Claro y eso significaba mil excesos en mi vida. Pero empecé a hacer esta técnica y me acuerdo que le pregunté que qué hacía con el trago y ella me contestó: ‘Sigue tomando y haciendo tus excesos. No quiero que cambies porque viniste al taller. No cuestiones qué es bueno, qué es malo. Lo único que te pido es una hora diaria de mi técnica’. Y yo, como escorpión, empecé a hacer dos horas diarias, de 6 a 8 de la mañana, y me fui dando cuenta que tomaba menos alcohol, que mi cuerpo se fragilizó. Cuatro meses después, a las 9 de la mañana, venía de una fiesta donde hubo todo lo imaginable y me di cuenta que no había tomado nada. Así seguí carretiando y haciendo fiestas, pero el copete ya no tenía nada que ver conmigo. Alcancé a estar 9 años sin tomar nada, hasta el 25 de agosto del año pasado, que fue cuando el Toto partió. Para mí fue la experiencia más dolorosa que he vivido en toda mi vida”.

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