Francisco Pérez-Bannen: "Nunca fui canchero"

Criado en un entorno masculino, el actor confiesa que si bien nunca fue un rompecorazones, supo manejarse con sus instintos por el mundo femenino. Hoy, el galán de teleseries y padre, se preocupa de que su hija encuentre a alguien parecido a él: un hombre que sepa respetar a las mujeres. “Si le toca sufrir por amor, está bien, pero no por malos tratos, eso no”, explica.

18 de Marzo de 2014 | 15:24 | Por Ángela Tapia Fariña, Emol.
Cristóbal Silva, El Mercurio.
“Me gustaron mujeres que no me dieron pelota, pero es parte de las batallas de conquista”, cuenta Francisco Pérez-Bannen (43 años), recordando sus años mozos.

Con esa calma que entregan los días libres del estrés en la ciudad, cuenta viene llegando de unas vacaciones que por obligación debió tomarse, para un cambio de look que debía tener su personaje en “Mi querido dilema”, la teleserie que hoy graba en el 13. En sus días de relajo aprovechó de correr, uno de sus pasatiempos favoritos que incitan su amor por la velocidad, como dice, y cuenta entusiasmado que saltaba de alegría cuando, por ser embajador de una marca de autos, se fue a probar el que le pasaron a Las Vizcachas.

Sentado en el pasto de una plaza de Providencia, jeans y polera, el actor se muestra sencillo y tranquilo, bastante alejado de lo que los prejuicios podría alguien considerar de una persona que acarrea desde los años noventa el calificativo de “galán”.

Ya rompía corazones cuando era “Torito” en “Aquelarre” y alimentó la fantasía de varias cuando personificó a un obrero de la construcción en “Dama y obrero”. Pero lejos de los dramas de la ficción, en su vida el actor lleva una relación bastante tranquila con su pareja, la actriz y dramaturga Manuela Oyarzún.

“Siempre tuve el lado femenino y masculino muy presentes en mí, por eso, a pesar de haber estudiado en un colegio de puros hombres (Verbo Divino) y ser mucho de juntarme solo con amigos, nunca me costó tanto relacionarme con las mujeres”, cuenta.

-Ah, ¿galán desde chico?
“Nunca fui canchero, de ‘aquí te las traigo, Peter’, para nada. Lo que hacía era idear la manera de acercarme a la chica que me gustaba, tramar las cosas, saber si iba a ir o no a la fiesta en la noche, en qué minuto sacarla a bailar, todas esas cosas. Fue así hasta que salí del colegio. Rápidamente esa etapa pasa y después está todo bien. Pero la vida es mixta. Hoy no entiendo los colegios que son de puros hombres o puras mujeres. Encuentro que no corresponde”.

-¿Sentiste que te perdiste de algo por estar en un colegio de hombres?
“No sé, pero pienso que la vida es compartida, y uno debiera crecer más estrechamente en la convivencia con las mujeres. En mi caso era más extremo, porque más encima, en mi casa éramos cuatro hombres, no tenía hermanas.  A eso me refiero a que me crié en un mundo muy masculino. Y como era yo el mayor, no tenía a quién preguntarle mis dudas. Más bien era un conquistador solitario”.

-Un lobo estepario…
“Sí (sonríe), funcionaba por instinto y trataba de hacerme presente en la otra persona. Aparecer, que ella me viera. Llegar y sentir que ella se empezaba a detener en mí, cada vez más. Que las miradas se cruzaran por nada… ¡Oh, qué entretenido todo eso!”.

-¿Quién fue tu primer amor?
“Parece que tuve uno en el jardín infantil. Mis papás me cuentan que tuve una obsesión con una niña y que incluso llegué  a golpear compañeritos por su amor. Fue un día que un niño la trató mal. Yo no iba a permitir eso. Desde muy chico tengo cero tolerancia al maltrato, a la falta de respeto con las mujeres. Creo que es en parte por mi familia y por el entorno del colegio. El no tener esa cosa cotidianeidad con mujeres, tal vez podía parecer perno a veces, pero uno trataba de ser más galán y respetuoso. Y eso a veces era bien valorado”.

-¿Traspasas esta visión a tus hijos, Vicente (12) y Elisa (8), para sus futuras relaciones amorosas?
“Si me piden consejos, sí. Estaré ahí para acompañarlos para lo que necesiten. Si no, no hay nada que hacer. Vicente, recién a los 10 años le empecé a escuchar que le interesaba una niña, y eso, insinuado por él con mucho pudor. Pero la Elisa es coqueta y enamorada desde que tiene un año. Ese ha sido otro aprendizaje para mí. Me sorprende eso de las mujeres, que parecen infinitamente más resueltas y decididas. Mi hija, no sé, a los 4 años ya le gustaba un niñito y lo amaba con intensidad”.

-¿No te da miedo que le hagan sufrir?
“Sí, es terrible. Por eso le hago shows al respecto. El otro día, le dije que ni se le ocurra fijarse en un hombre que no la respete y no la trate bien, que no sea caballero con ella, que no la cuide –así como le digo que ella tiene que hacer lo mismo-. Le dije que no lo voy a dejar entrar a la casa a un hombre que la haga sufrir por ese tipo de cosas. Si le toca sufrir por amor, está bien, pero no por malos tratos, eso no.
“Uno cree que diciéndole eso a los niños, se van a olvidar con el tiempo, pero dos años después, un día me dijo, ‘papá, me gusta un niño. Y adivina qué, me trata tan bien, es amoroso, es muy educado conmigo’. Fue increíble. Era como un juego que hacía con ella de chica y se le quedó el mensaje. Ella, chica y todo pudo distinguir a alguien que la trataba como correspondía. Bueno, entre medio pasamos por el cuento de la escopeta, así que hubo niños de los que no me habló”.

-¿La escopeta? ¿Ah?
“(Ríe) Fue todo a partir de un niño que supuestamente no lo trataba bien, que le gritó. Le dije que si traía a alguien así a la casa, que iba a ser recibido con escopeta. Y ahí se generó un largo silencio. Tiempo después me preguntó si era verdad lo de la escopeta y tuve que explicarle que era un juego. ‘¡No poh, Elisa! ¡Cómo se te ocurre!’ (Ríe)”.

“Con Vicente es diferente. Él es más cool y pudoroso con su vida privada. Y eso se lo respeto mucho. No quiero ser el papá catete que obligue a contar sus cosas. Él, además, es súper atinado y respetuoso muy empático. Cuando me separé, por ejemplo, era impresionante cómo él se daba cuenta de lo que te pasaba y cómo nos acompañaba”.

-¿No se enojó con ustedes?
“Nunca. Tenía como 8 años y nunca emitió un juicio de nada ni se enojó con nosotros. Bueno, eso también fue porque nosotros hicimos nuestra pega con eso, le contamos y entendió que la situación era así, que no había culpables, que era una situación afectiva que cumplía una etapa y que ahora no significaba que alguno de los dos iba alejarse de él, pero que las cosas iban a cambiar. Es un niño bien especial y exquisito. Por eso me restrinjo en molestarlo con esos juegos bien masculinos de ‘ya poh, cuenta, ¡hijo de tigre!”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“Aparte de los deportes, tengo una obsesión con escribir poesía casi todos los días de mi vida, desde los 18 años. Se trata de una sola obra en realidad, que la reviso y la leo y la leo, veo si cambio una coma, una palabra o si viene algo nuevo”.

-¿Lo publicarás algún día?
“No tengo idea para dónde va eso. Pasé durante un tiempo por una crisis de que quería transformar eso en un libro y publicarlo. Quería desembarazarme de todo. Pero después se me pasó la ansiedad y volví a retomar el ejercicio de solo hacerlo, de sentarme a escribir y no tiene un fin utilitario”.

-¿Ni como terapia?
“Bueno, sí. Pero más que terapia es una espacio de reflexión. Imagínate, esto tiene una mirada desde que tengo 18 años hasta ahora, así que puedo leerme a mí mismo un poco, ver cómo han variado mis impulsos, dependiendo de mi edad, las distintas cosas que he ido admirando. Es como un borrador de mí mismo, y tiene de todo. Para mí es un lugar en el que confluyen todos los impulsos, los demonios, los ángeles. Es el claroscuro”.

-Si tiene tanto de ti, ¿te da pudor mostrarte tanto, publicándolo?
“No, porque es una poesía más metafísica. Es algo totalmente personal, pero yo quedo un poco atrás. Por decirte algo: Arde al aire la razón /mi carne enmudecida /recibe una caricia /que se retira hacia otra luz.
“Tienen ese tenor. Este un ejercicio que haré siempre. Es como afinar un instrumento, y siento que en la medida en que hago eso, es también un proceso de afinamiento interno. Me gusta pensar que uno es como un instrumento con cuerdas adentro, y que uno se afina para estar armónico con la vida, con el mundo. Hay que salir afinado”.
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