¿Por qué nunca me aman como quiero?

22 de Abril de 2014 | 08:35 | Por M. Cristina Vásconez
Muchas de las personas que han llegado a mi consulta, están movidas por encontrar respuestas al por qué se sienten incapaces de consolidar una relación de pareja, más aún cuando sienten que se las han jugado a fondo. Al indagar más allá, algunas(os) declaran desconfiar de las promesas de amor, otros de reconocerse constantemente en el esfuerzo de agradar, o derechamente tener pánico al compromiso dado que se sienten incapaces de lidiar con las responsabilidades que éste conlleva.

Para observar las razones que nos llevan a experimentar de una determinada manera el afecto, se hace necesario echar una mirada a nuestro pasado, ya que fantaseamos con que nuestro presente no es consecuencia de nuestra historia. La verdad es que cada momento no es más que un puente que transporta miles de señales, códigos y esquemas que venimos trayendo desde que somos pequeños. Una especie de plano ruta personal sobre el cual nos desenvolvemos de manera muy particular, y desde ahí vivimos dolores y alegrías, elegimos mirar o de desviar la atención frente al conflicto, o bien sabotearnos las posibilidades de felicidad.

Es por lo mismo, que para reconocer qué es lo que no está resultando en el amor, es clave sumergirse al instante en donde todo partió, es decir, en la forma en que aprendimos el amor con aquellas primeras figuras que encarnaron nuestras iniciales historias románticas.

De los tantos estudios del comportamiento humano, uno muy útil, propuesto por el psiquiatra británico John Bowlby (1952) que más tarde profundizara la sicóloga Mary Ainsworth (1913-1999), explican el aprendizaje del amor, a partir de cómo cada uno de nosotros “interpretamos” haber sido queridos en nuestra infancia. En síntesis la teoría propone que bajo esa mirada particular del cómo recordamos haber sido contenidos, surge el concepto de Apego Afectivo, mediante el cual nos instalaríamos con más o menos herramientas y vigor emocional, para desde ahí no sólo enfrentar el mundo y sus vicisitudes, sino que además desde una conducta instintiva, poder interactuar con otros.

Se catalogarían principalmente 3 tipos de apegos: ansioso, evitativo y seguro. Mire a cuál pertenece Ud.

El primero de ellos corresponde al grupo de personas que más allá de lo que son capaces de declarar, les cuesta reconocerse naturalmente merecedores de amor y reconocimiento, y por lo mismo tienden a poner en tela de juicio las muestras de cariño u oportunidades que se les ofrecen, mirando con suspicacia o derechamente rechazando halagos. Es probable que esto se conecte a que en su tierna infancia sus cuidadores o personas responsables, les otorgaron una atención interrumpida que no se hizo cargo de sus necesidades en plenitud, produciendo que tempranamente se conectaran con la pérdida y el temor. Surge de allí el sentido de carencia que acarrea un inagotable deseo de intimidad, el que se combina con la inseguridad respecto de los otros y de sí mismo. Se trata del apego asociado a la ansiedad.

A esta clasificación corresponderían las tantas personas, que desde el inconsciente, andan en búsqueda de validación, la urgente necesidad de ser aprobados. Aparecen también los postergados, que privilegian los deseos y necesidades de los otros por sobre las propias; o aquellos a los que derechamente les cuesta identificar sus verdaderos deseos, y que por tanto tienen dificultad de verse a sí mismos. En resumen, personas entrampadas en sentimientos encontrados, por un lado buscando en los otros signos de valor propio y por el otro, la incapacidad de gozo ya que toda expresión amorosa caería en saco roto dada su baja autoestima.

Con un origen similar, de haber sido escasamente atendidos, pero con una reacción distinta, se encuentran las personas con apego evitativo. Aquellos que aunque poseen una imagen positiva de sí mismos, sufren por su dificultad a confiar en los otros. En sus relaciones adultas, en las primeras señales propicias a la formalización de una relación, tienden a cuestionar sus capacidades de vínculo y les surge la compulsión a abandonar. Compelidos en el temor inicial de volver a ser desplazados, prefieren huir antes de revivir esa dolorosa experiencia infantil. Calzarían en este grupo los muy llamados pasteles que la farándula tanto ha promocionado, los que van de una relación a otra desde una desconexión aparente; también todos aquellos que serían incapaces de concretar una relación resistiéndose sistemáticamente a un compromiso amoroso y dilatándolo una y otra vez; y además aquellos con quienes cuesta ahondar en su interior dado que tienen dificultad de conectarse con sus propias emociones.

Pero de la misma manera en que se mira el afecto desde la desconfianza, también es posible conocer la otra cara de la moneda, a través de personas que transmiten seguridad y disfrute del mismo. Que se aproximan desde la plena aceptación a los otros pero principalmente, de sí mismos. Personas que de niños sintieron accesibilidad a sus padres/cuidadores, lo que les proveyó no sólo de un ánimo de libertad, sino una imagen vigorosa de sí mismos y del mundo. Al crecer cuentan con más herramientas para enfrentar las vicisitudes de la vida ya que al poseer estructuras más flexibles, éstas les facilitarían el ajustarse de manera adecuada a los cambios, plantearse metas más realistas y no construirse ideas fantasiosas.

En consecuencia, son capaces de aceptar a su pareja con defectos y virtudes, y tienen una mayor capacidad para resolver los conflictos interpersonales que abundan en la cotidianeidad de las relaciones.

Si Ud. gozó en su infancia de la suficiente atención, felicitaciones, contención y seguridad, su habitar en el mundo, sin duda es y será más fluido, y en términos afectivos, con mayores posibilidades a la estabilidad y el éxito en sus relaciones.

Pero si es parte de los dos primeros grupos no se desanime. Son muchos -y quizá la mayoría- que desde su particular “interpretación” sienten que por distintos factores -incluso la poca importancia que años atrás se daba al afecto- no fueron lo suficientemente contenidos. A partir de ahí, se cuenta con la facultad de reconstruir ese pasado, pudiendo en muchos casos y con sorpresa, encontrase con verdades distintas y hechos que transformen su biografía emocional.

Y tal como lo ejercitamos en los talleres de coaching para solteras, también aparece la magnífica posibilidad de que ya en la adultez, poder mágicamente superar ese vacío, enfrentar carencias, emprender historias personales de amor, reparadoras y sanadoras que logren decretar el fin de ese pasado , y tras una bendita aceptación, poder transitar hacia un mañana de confianza y optimismo por el sólo hecho de reconocer que todos somos arquitectos cotidianos de nuestra vida, y de que siempre es posible partir de nuevo.

Saludos, Ma.Cristina Vásconez G. coaching para solteras.