Los pecados del club de Lulú: el pelambre de los hombres

23 de Septiembre de 2014 | 08:22 | Por Cristina Vásconez
Asistí a un cónclave femenino. Una reunión a la que, desde mis juicios más antiguos, había jurado nunca participar: una despedida de soltera. Ese histórico rechazo no tiene mucha defensa, quizás se deba a aspectos de mi carácter en donde los excesos me incomodan y los ritos clichés, derechamente me irritan.

Sólo invocando el amor más profundo por una muy querida amiga pronta a dar el sí, es que gustosa me sumergí en el panorama de un fin de semana completo con un grupo Lulú de cinco amigas de la novia.

Más allá de la agenda esperable, con baile incluido, lo que concluí, y que no deja de sorprenderme, es la capacidad femenina de abrirnos fácilmente al compartir y ofrecer experiencias vividas, penas, alegrías y abandonos.

Según el estudioso Georges Duby, en su libro “Historia de la vida privada”, en tiempos medievales, la amistad era sólo un espacio masculino, una manera de ordenamiento, y que al ser consideradas las mujeres ciudadanas de segunda categoría, éstas no eran contempladas al momento de discurrir mejoramientos del grupo social.

La amistad como tal, se sostenía con el mero propósito social y no como la vivimos hoy en día, como el compartir nuestra intimidad. La periodista Gladys Morales Smith en su libro “Mujeres, Amigas o enemigas” hace un descarnado análisis donde evidencia que las mujeres hemos desarrollado comportamientos antagónicos entre nosotras que ponen en peligro los avances para una verdadera inserción en la sociedad.

Que nuestra actitud competitiva, defensiva y poco solidaria, principalmente en los ambientes laborales, eclipsarían los logros, debilitándonos y manteniéndonos en el lugar de postergación.

Desde mi propia experiencia profesional, mi visión es radicalmente contraria. He visto de manera sistemática la tendencia femenina a agruparnos y, desde ahí, arriesgarnos a mostrar nuestros lados frágiles y ofrendarlos a quien los necesite.

Lo mismo sirve la cafetería de la oficina, una sala de espera o una reunión familiar, son los instantes en que se resuelven conflictos familiares, donde aprendemos que nos estamos solas en penas de amor, o nos ejercitamos en la difícil tarea de compartir sobre la educación de los hijos, en síntesis, extendemos nuestra mirada sobre la vida.

Y es que quizás nuestra histórica lucha de género nos instaló una predisposición a concurrir al llamado común, a la respuesta automática de prestarnos ayuda y compañía sobre todo cuando de dolores se trata, convirtiendo el campo emocional casi en patrimonio femenino.

Pero así como en la camaradería resplandecemos y ejercemos nuestros máximos dotes de genuinas comunicadoras, también este intercambio encierra un vicio nefasto, una trampa invisible que nos lleva a no mirar ciertas conversaciones que nos estancan, que no nos permiten avanzar a un lugar más armónico e integrador.

Sucede que en actitud de clan y básicamente asociado al tema de la pareja, adoptamos una postura corporativa que nos lleva principalmente a favorecer de manera automática a nuestras congéneres y, por el contrario, a juzgar de manera preliminar a los hombres, reviviendo una vez más la clásica lucha entre géneros que, hasta la fecha no sólo no ha conducido a nada, sino más bien, sigue aumentando la brecha de incomprensión mutua.

El repertorio social nos ofrece una lista de frases potentes que resumen esta animosidad femenina y te invito a revisar que tanto te sientes identificada, las repites o al menos las piensas:

-“Todos los hombres son iguales”
-“Frente a cualquier problema, sólo huyen…”
-“…qué más se le puede pedir a un hombre”
-“Un hombre nunca nos va a comprender como una amiga…”

Estas, como muchas otras frases de reproche seguramente tienen alguna base en los múltiples casos de abandonos, infidelidades o sufrimientos incomprensibles.

Pero sin duda tú, tal como yo también habrás vivido otras experiencias con hombres que, frente a situaciones complicadas como la enfermedad, la infidelidad, etc., han reaccionado como se espera. De hecho es el guión de fondo de ese clásico de los´80: “Kramer vs. Kramer”.

La gran crisis de pareja que hoy se vive, puede exigir, más que nunca, un cambio de paradigma, un nuevo repertorio que parta desde la conversación para escalar a un nuevo sentir. Aquí unas pocas pautas:

- Aceptar el aporte masculino desde la alegría, la complementariedad de mirada y ya no más, desde la comparación y la caricatura odiosa.
- Reconocer explícitamente la colaboración masculina en las tareas diarias.
- Estar atentas y no seguir repitiendo las mismas frases clichés y descalificadoras.

Mi invitación es a salirnos de esa absurda tentación de generalizar a partir de los casos puntuales, a superar la pereza y advertir lo positivo del otro, no repetir frases hechas y poco constructivas. Las invito a reconocer que somos entes distintos, con capacidades específicas y muchas veces complementarias.

Esto nos llevará a entender que sólo desde esa aceptación seremos capaces de no exigir reacciones iguales de un género que no es el nuestro. Y es desde esa bendita aceptación que, mujeres y hombres, seremos capaces de ir reconstruyendo confianzas, puentes productivos que posibiliten el intercambio y el crecimiento mutuo.

Para mis amigas Lulú, estoy agradecida profundamente por haberme dado la oportunidad de derribar un mito más, que como muchas otras leyendas inútiles, me habían robado tesoros invaluables como la carcajada fácil, el regreso a la intimidad simple, a la conversación larga, desordenada y espontánea.

Saludos, Cristina Vásconez, coach de solteras 
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