¿Es siempre triste la tristeza? Coach anima a no evadir la pena de una pérdida

"La despedida es un acto intrínseco en la existencia humana", dice Cristina Vásconez en su blog. Por esto, llama a vivir la pena y distinguir lo sustancial que aporta cada relación.

02 de Septiembre de 2015 | 11:38 | Por Cristina Vásconez
Fotobanco
Aún tengo mi corazón apretado, con una especie de tristeza y otro poco de paz. Por años participé en un taller de grabado. Sábado a sábado acudía a ese lugar no solamente a imprimir una plancha. Al inicio me empujó la urgencia de escapar de una ocupación que detestaba. Pero sin darme cuenta, y entre carcajadas y lágrimas, fui tejiendo vínculos fuertísimos con personas que tales como yo, daban la espalda a sus otras realidades y se sumergían en los vapores de barnices, colores y mucho Bebo & Cigala.

Así es como, por más de una década, generamos lo que muchas veces se describe como esas familias paralelas, llenas de mañas, secretos y un enorme sentido de grupo. Había encontrado mi clan. Un puñado de gente que periódicamente nos juntábamos para ofrecer lo mejor de cada uno.

El motor mayor siempre fue una pequeña mujer de una fuerza imparable, que lograba convencer a esos tímidos artistas a ir mucho más allá y dejar estampada nuestra alma en cada pliego de papel. Hoy como toda gran heroína, se planteó una nueva épica, nada menor, para la que ya está logrando enamorar a otras almas, y las que sin saberlo aún, transformarán también sus realidades.

Este mismo fin de semana, también se fue, tras una insistente enfermedad, mi muy querida Claudia, otro de esos seres fuera de lo común, que con su sonrisa fue capaz de conquistar multitudes, todos prestos a su abrazo profundo y el anhelo de compartir con ella una tacita en su café Filomena.

Época de despedidas, y tal como lo muestran las fotos de cierre del taller, anuncian el fin de un episodio, dulce y profundo, muy significativo en mi vida. Me invade la melancolía y el sentido de pérdida, las ganas de echar el tiempo atrás y poder extender esos momentos de manera de saborearlos una vez más, sin cambiarles ni una coma, sólo gozarlos otra vez.

Quedarme en el abrazo de esa amiga que hoy sé que vuela alto como el ángel que siempre fue, o el caminar simple y confiado de cuando se siente que estamos en terreno amigo. Y es que a pesar de que la lógica me lleva a seguir de largo, parte importante de mí se ha detenido para vivir la pena. Mirar los escombros a mi alrededor e indagar más.

Y así como ahora, también en el quiebre de amor sucede lo mismo. A pesar del consejo amigo que nos empuja a seguir adelante, a no quedarnos pegados en el dolor, parte importante nuestra se rehúsa a abandonar eso que nos coloca en ese rincón de dulzura, de cariño, allí donde seguramente se aloja lo mejor de cada uno, donde se ubica la esperanza, los buenos deseos, la alegría. Ese espacio que sólo se hace visible cuando se desvanece, cuando ya no está.

Que existan historias que no debieran llamarse de amor, historias plagadas de conflictos, desencuentros y equivocaciones, ya lo sabemos de más. Y por lo mismo, no todo final debiera ser llorado, la pena no debiera hacerse presente. Sin embargo, por contradictorio que parezca, más de una lágrima nos saca aquello en donde reinaba la rabia y el desconcierto. De cuando fuimos mal amados, o despreciados, o tan simplemente mal cuidados, no vistos.

Es cierto que lo recomendado, como el primer acto de recuperación, será ponernos de pie y mirar si es que ese amor terminado no fue más que un enmascaramiento de nuestro propio vacío, para no hacernos cargo de nuestra desidia. Pero incluso ahí, aún cuando los momentos de bienestar hayan sido ínfimos, ahí cuando el sentido común al fin hace lo suyo y decanta el criterio sobre lo perjudicial de ese afecto, así y todo, aparece la melancolía, esa pena inmensa que se asemeja a un manto que nos cubre completamente. Y a pesar de que haya escaseado la alegría y confianza, en el quiebre amoroso brota con fuerza la tristeza, la sensación de desgarro y la necesidad de quedarse quieto para volver a contemplar eso que por minutos nos hizo tocar el cielo.

Hoy sabemos que a pesar de la diversidad enorme entre sujetos, de los miles de hilos que individualmente nos movilizan y nos convierten en seres irrepetibles, corremos como especie, tras una misma búsqueda, aquella que nos acerca a la placidez, al amor, a la felicidad. Que desde nuestra composición neurobiológica, y a pesar de la casi identidad genética que portamos con los simios, el elemento que finalmente nos diferencia es la búsqueda del sentido. Ese motor invisible que nos moviliza y por el cual vivimos en un estado constante de cambios, no sólo de espacios y tareas, sino incluso generándonos duelos, ubicándonos en el espacio de las despedidas.

Aunque muchas veces los individuos permanezcan atrapados en situaciones poco gratas e incluso insanas, una vez que se llega al hartazgo, ese mismo ser se conectará con su necesidad elemental de bienestar y algunas veces logrará movilizarse siguiendo el llamado de su sobrevivencia, buscando un sentido. Así lo muestran las tantísimas metamorfosis de las que he sido testigo con decenas de mujeres con las que he trabajado en los talleres que, hastiadas de sus avatares amorosos, deciden abandonar la queja, de lamer sus heridas e imponiéndose un giro en sus vidas, lo logran exitosamente, la mayoría de ellas. Ya lo dijo Jung: "Lo que niegas te somete. Lo que aceptas, te transforma".

Entender que la vida es un cúmulo de momentos, y que tal como los amores, algunos serán buenos y otros no tanto, nos lleva a recordar que la despedida es un acto intrínseco en la existencia humana y por lo mismo, aprender a distinguir lo sustancial que nos aportó cada relación, de lo que imperó en una experiencia, que se hace relevante dado que habla de nosotros mismos.

En la película animada "Intensamente", de manera muy amena y simple, se muestra el rol de las emociones básicas en la cotidianeidad de una niña, y sorpresivamente es la tristeza la que toma el protagonismo para influir en la decisión de ella de abandonar su hogar en búsqueda de su pasado, resolviendo positivamente la situación y devolviéndola a su familia. Más allá de toda caricatura que tiende a hacerle mala prensa a algunas, todas las emociones cumplen un rol necesario, que facilitan nuestro tránsito en la vida.

Si Ud. como yo está atravesando una pena, si tiene su corazón partido, no lo evada. Requerirá valentía y apretar los dientes, porque tal como lo canta Silvio Rodríguez: "La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí".

Viva la pena hasta ubicar el lugar donde nace y se encontrará, sorprendentemente, con el espacio que aloja lo mejor de su alma, lo más hermoso, lo más sagrado, y que serán el contingente que le acompañará en su andar, en su vida.

De mi parte, y reconociendo el lado más sensible de CristinaCoach, hoy he querido hacerle un homenaje a la tristeza, ya que forma parte importante de mi hacer, que me acerca a la compasión, a la empatía. Es una manera sabia para volver a empezar, para partir de nuevo. Por lo tanto, mil veces agradecida a las muertes, mil veces agradecida a los cierres, y otras tantas a los amores que alguna vez dije adiós.

Saludos,

Cristina Vásconez, coach para el amor (cvasconez@puntopartida.cl; www.cristinacoach.cl).
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