REVISTA VIERNES DE LA SEGUNDASentada en su taller en El Arrayán, Carolina Delpiano trabajaba tranquila cuando un golpe en su ventana interrumpió la calma. “Sobre mi nariz, directo donde yo estaba, chocó una codorniz”, recuerda. El ave, que no se ve todos los días, murió pocos segundos después en manos de la diseñadora, comunicadora y artista. Asombrada, salió en busca de alguien a quien poder contarle lo que recién le había pasado, pero en la puerta se encontró con una sorpresa aún mayor: “Ahí estaba el macho, también recién muerto”, cuenta. “Para mí fue situación muy potente, muy simbólica. Con esos dos pájaros bellísimos en mi mano, que además eran pareja, entré al taller y los velé”. Carolina fotografió ese momento y sin darse cuenta, marcó el inicio de un proyecto en el que ha estado enfocada durante dos años: “Un metro de tierra”.
Es un catálogo de imágenes en el que la fotógrafa retrató verdaderos funerales de diversos animales. A través de imágenes simétricas, montadas cromáticamente, gallinas, pájaros, gatos, perros, ratones e incluso un chivo se ven descansando sobre la tierra, en paz, rodeados de un aura vegetal confeccionado por la artista con objetos que tomó del mismo espacio donde las criaturas murieron. Un homenaje que primero bautizó como “Servicios funerarios”, pero que renombró con el fin de darle mayor simbolismo a un trabajo en el que explora la naturaleza –su espacio de felicidad–, el valor de la vida y la potencia de la muerte.
“‘Un metro de tierra’ me parece sugerente, enigmático, rockero. Además, es la medida en la que cada una de estas ceremonias visuales se realizó y es una medida fúnebre con mucho significado”, asegura.
-¿Por qué el interés de abordar de esta manera el tema de la muerte? La elección del tema es súper poco racional, es espontánea. Creo que seguramente tiene que ver con mi miedo a la muerte, porque finalmente lo que uno hace en su oficio es exorcizar los miedos. Pero este trabajo también tiene que ver con la vida; de hecho, no sé si se trata tanto de la muerte como de la vida. Quizás esa lectura no es tan evidente para todas las personas, pero para mí tiene la misma potencia, incluso más.
-¿Es primera vez que exploras esa ambigüedad entre vida y muerte?
No, es algo que puedo conectar con proyectos anteriores, sobre todo eso de algo que parece muy bello a primera vista y que tiene una segunda lectura mucho más dura, más potente. Esto tiene relación con uno de mis primeros trabajos fotográficos que se llamaba “Miedo ante el paisaje”, compuesto por fotografías en blanco y negro, generalmente de la naturaleza, en las que pies femeninos y masculinos aparecían y uno no entendía muy bien si se trataba de la vida o de la muerte. Rayaban en el límite de la ambigüedad de una imagen muy bella de alguien que podía estar reposando en un pícnic así como podría haberse tratado de la escena de un crimen.