Dehradun existía en mi geografía. Aquí había sido prisionero de los ingleses Heinrich Harrer, famoso alpinista austriaco, escalador del terrible Eiger, protagonista de la película Siete Años en el Tíbet. Aquí tenía también sus cuarteles generales el Servicio de Exploración de la India, la oficina inglesa que bajo el comando de sir George Everest había medido la montaña más alta de la Tierra, bautizándola Everest en su honor, hace menos de dos siglos. Porque hasta entonces occidente no sabía que el punto número 15 del mapa era lo que ahora conocemos como Everest, la cumbre más alta, que con 8.848 metros es el Techo del Mundo.
Esta vez Dehradun no nos llamaba por la historia del Tíbet ni del Everest, sino por la historia de Shiva, el Dios más antiguo y potente de su triunvirato, un Dios que nos iba a explicar a quizás su hija más selecta: Vandana Shiva (64), física nuclear, filósofa, escritora y además creadora de la Fundación Navdanya, que se dedica a proteger la diversidad y la integridad de los recursos naturales, sobre todo de las semillas nativas. Promueve la agricultura orgánica y el comercio justo, a través de la creación de más de 60 bancos de semillas en toda la India. A raíz de esta sensibilidad con el tema, Vandana Shiva junto a otros activistas crearon el Tribunal Internacional Monsanto en La Haya, integrado por abogados y jueces, y que este año evaluará los daños causados por esta multinacional estadounidense, fusionada con la colosal alemana Bayer, a la salud y al medio ambiente.
-¿Tu nombre de familia no es Vandana Shiva, por qué lo adoptaste?
Ustedes saben que en la India tenemos una división de castas, desde los “intocables” a los elevados “brahmines”, a la que mi familia pertenece, pero mis padres cambiaron mi nombre a Vandana Shiva, un nombre de familia común y corriente, para escapar de este círculo más bien vicioso de la discriminación, de la superioridad o inferioridad por una determinada estirpe. Fui afortunada. Mis padres me dieron muy temprano un mensaje de no discriminación. Mi madre fue la primera feminista de la India, aún sin que se hablase de tal cosa como el feminismo.
-¿Cuál es el fundamento de la destrucción de la Tierra?
Estamos completamente enceguecidos por un poder antropocéntrico. Llegamos a la desesperación, y a aquellos que son poderosos los lleva a la inconciencia de la soberbia. Ahora podemos experimentar con el clima, hacer minas en todas las montañas, hacer represas en todos los ríos, creando para el resto de la gente una sensación de desesperanza.
-¿Cuál es la solución?
Hay que cambiar el paradigma, y para esto la ciencia está en función del hombre. Para esto la tecnología debe propender a soluciones de ahorro energético. Una pequeña superficie del planeta gasta enormes cantidades de energía que extrae de otras vastas superficies de la Tierra. Y si seguimos organizándonos así vendrá un colapso, porque no bastará con la energía que producimos.
-¿Cómo fuiste despertando a lo que ahora eres?
Yo nací en las montañas, muy cerca de aquí, y tuve el ejemplo de mi padre que plantó árboles en todos los valles tributarios del vecino Himalaya, él fue el primero que me habló del poder de las montañas, del poder de Shiva, y del monte Kailash, la morada de este Dios de mil formas, que representa “el todo” y lo que lo contiene.
Vandana Shiva nos cuenta algo más de la historia del lugar donde tenemos esta conversación. “Aquí donde estamos es el lugar donde mi madre criaba las vacas, estas son ahora las oficinas de mi fundación, Navdanya. Aquí escuchaba música de los Beatles, en el establo, que en India está al interior de las casas”.
Seguimos con Vandana Shiva recorriendo Navdanya, hace calor en Dehradun a las tres de la tarde. Vandana nos muestra unos árboles de mango de más de cincuenta años que plantaron sus padres. “Ayer no sabía que vendría a Dehradun, vine a una reunión con agricultores locales para empoderarlos en sus derechos sobre las semillas que algunos conglomerados han inscrito sin ningún permiso de la Madre Tierra. Con un grupo de voluntarios de Navdanya empezamos a salvar semillas para los agricultores indios y en más de una oportunidad se han abrazado a los árboles para impedir su tala. Los derechos genéticos de las semillas son un producto evolutivo, son derechos de la naturaleza.
Hay que ser muy descarado y aprovechador para inscribir las semillas y luego reclamar su dominio. Y eso está pasando. Debemos tomar en nuestras manos el sistema de alimentos para crear la democracia alimentaria. Las semillas controladas por Monsanto, el comercio de los agronegocios, constituyen una buena receta para la dictadura alimentaria. Aquí empoderamos a las mujeres, porque todo el tiempo ellas han sido expertas en semillas, productoras de semillas, selectoras de semillas, conservadoras de la biodiversidad del mundo. Los diez mil años de experiencia humana en alimentarnos es una experiencia de las mujeres, no de comerciantes del siglo XXI. Pero los hombres nos apoderamos de la naturaleza y la dividimos para poseer, no sólo semillas, sino también montañas, bosques, mares y ríos”.
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