Celebrábamos la Navidad, cuando de pronto nos enteremos que un sismo de 7,6 grados Richter sacudía el sur de nuestro país. Las noticias no se hicieron esperar, los daños eran mayores. Había que reconstruir el sur de nuestro país, y los más necesitados se habían quedado, de un momento a otro, sin techo ni hogar.
La ayuda tampoco tardo en llegar. Chile se caracteriza por ser un país solidario. Independiente de nuestras diferencias, a la hora de hacer Patria, lo hacemos de una manera que a mí, personalmente, me enorgullece.
Es paradójico cómo en plena Navidad, cuando todos abríamos regalos, nos removiera este terremoto que nos sacó del enfoque de ese día. ¿A quién no le gusta recibir regalos? A todos, pero muchas veces nos perdemos en eso, en regalar y comprar, y no nos damos cuenta de que los mejores regalos no vienen envueltos papel, sino que en solidaridad, amor, generosidad, tiempo y bondad.
Los mejores regalos de mi vida han venido envueltos en abrazos llenos de amor, en enseñanzas y en muchas cosas que no se pueden comprar.
Es por eso que quizás Dios nos quiso mostrar el verdadero significado de la Navidad. Y es ahí donde el terremoto no se me vuelve tan paradójico, ya que nos da la oportunidad de regalar ayuda y brazos para reconstruir; de regalar conocimiento a los que de ciencias saben; de regalar comida y manos generosas que donen, que cocinen para un campamento de personas sin hogar; de regalar un abrazo, una simple sonrisa donde no hay esperanza porque se cree que se ha perdido todo. Y tal vez sí, materialmente se perdió todo, pero hay una vida por delante para construir algo mejor nuevamente.
Yo muchos años me esmeré, me esforcé y me angustié por regarle felicidad al resto. Sentía que era un deber ser buena en todo, que se lo debía a mis papás, que no podía fallar, que no me podía enojar. Que el decir que no, no estaba permitido para mí. Fue mi opción, nadie me obligó a ser tan autoexigente y buscar tanta perfección. Pero fue tanto lo que me esforcé en regalar que me olvidé que dentro de mí había una niña que quería, a veces, algo muy diferente a lo que el resto quería que fuera. Me olvidé de mis propios sueños y deseos. Tanto así, que me enfermé, me apagué y me perdí. La anorexia me tocó la puerta y yo la dejé entrar porque no sabía decir que no. Me había olvidado de los abrazos y del amor más importante, el que parte por casa, el amor propio.
El abrazo y amor de mi familia estuvo ahí, al pie del cañón, pero ese regalo no podía brillar ni disfrutarse si yo no me amaba primero. Tuvieron que pasar un montón de terremotos en mi vida para que yo pudiera ver lo que hoy les escribo. Y no puedo negar que en el proceso hubo muchas replicas, pero siempre hubo fe.
Ustedes se preguntarán, ¿qué tiene que ver un terremoto con un trastorno alimenticio? Mucho, ya que una de estas enfermedades llega como un terremoto que remece, sin alarma de tsunami, e inunda de tal modo que a veces se cree que se perdió todo. Pero no es así, aunque las replicas sean constantes, amenazantes y desafiantes y muchas veces la esperanza se pierda.
Siempre está la posibilidad de reconstruir. Siempre y cuando se elija darnos el mejor de los regalos: amarnos a nosotros mismos tal como somos. Es difícil, muy difícil. Todos los días es un intento. Aún a mis 31 años me cuesta amarme y aceptarme tal cual soy. Sigo siendo muy crítica y autoexigente, muy dura conmigo, pero me permito decir que no.
Amo la vida y amo mi propia vida, la que elegí abrazar aun sabiendo que no iba ser pura felicidad. Eso no importa, solo busco vivir mis días en paz.
Estamos a un día de dejar este año, y a todos les deseo un muy buen viaje. Dejen ir al 2016 en paz y den lugar para regalarse y regalar un 2017 lleno de amor. ¡Feliz Año Nuevo!
Denisse Fuentes Estrada, Fundadora & Directora Fundación "Pesa Tu Vida" (www.pesatuvida.cl; Facebook: Pesa Tu Vida; Twitter: @PesaTuVida/@D_FUENTESE; Instagram: Pesa Tu Vida/Denisse.fuentes.e); autora de "La Dieta de la Muerte"; Joven Líder 2015; Diplomada Internacional en Coaching Neurolingüístico.