Madre subrogante chilena entrega por primera vez su testimonio: "Di a luz a mis nietas"

Andrea (49) aceptó llevar en su vientre a sus nietas mellizas y así ayudar a su hija a cumplir su sueño de convertirse en madre. Conoce su historia en Revista Viernes.

12 de Mayo de 2017 | 17:16 | Por María José Pavlovic y Natalia Ramos Rojas

De pie, Miguel Vera (34), padre de María Jesús y María Ignacia, que están en los brazos de Camila y Andrea.

Fotos: Sabino Aguad / Ilustración de portada: Edith Isabel
REVISTA VIERNES DE LA SEGUNDA

La acidez fue uno de los primeros síntomas de que todo estaba bien. Esa fue, también, una de las únicas molestias que Andrea recuerda de cuando estuvo embarazada de sus tres hijos, Camila (27), Paula (22) y Felipe (15). En ese tiempo era más joven y enfrentaba la maternidad, primero a los 23 y finalmente a los 34, como la mayoría de las mujeres. Pero ahora todo era distinto: al borde de los cincuenta aceptó albergar, mediante un proceso de reproducción asistida, cinco óvulos de su hija, fecundados por el esperma de su pareja. Por cuarta vez, estaba embarazada.

Así, Andrea se convirtió en la madre sustituta de sus nietas mellizas y, de paso, en uno de los casos más particulares del país. Porque si bien es imposible saber cuántas mujeres más lo han hecho, sí hay algo seguro: nunca, ninguna de ellas, se atrevió a dar su testimonio y a explicar cuáles fueron las razones que motivaron esta decisión.

Porque una experiencia como esta abre las puertas de un debate en construcción, en donde los adelantos de la ciencia y de la biotecnología se enfrentan a los principios y convicciones individuales de las nuevas familias.

"Esta es una historia de amor", dice Camila, madre biológica de las dos mellizas que Andrea dio a luz en noviembre del año pasado. "Ellas son la expresión de amor más grande que existe. Es mi amor por ser mamá y el de mi pareja, que me acompañó pese a mi imposibilidad de lograrlo; es el amor de una madre que decide ayudarme para poder tener a mis bebés, es el amor de una familia entera que sobrepasó cualquier cosa y todos los prejuicios, para que ellas estuvieran con nosotros", dice.

La muerte de Tomás


Nadie estaba preparado para lo que enfrentarían ese día. La madrugada del 13 de septiembre de 2015, Camila sintió un pequeño dolor uterino. Pensó que podía tratarse de una molestia de su embarazo, que alcanzaba las 32 semanas, así que no se alarmó, pero de todas maneras decidió despertar a su mamá. Aunque nunca había sentido una contracción, sabía que no se trataba de eso y que más bien parecía un dolor menstrual. A las siete de la mañana, cuando decidieron ir a la urgencia, el dolor era insoportable. Tanto, que Camila perdió el conocimiento.

Despertó a las cinco de la tarde. Estaba en la UCI, conectada a un ventilador mecánico. No había rastros de Tomás, su hijo. Nadie le explicaba qué estaba pasando. La verdad llegó por goteo. "Vi a mi papá conversando con el doctor y preguntándole: ¿pero tiene sus ovarios? Yo no entendía nada. Lo único que preguntaba era dónde estaba el Tomy", dice Camila, todavía impactada.

Su inconsciencia duró nueve horas, y en ellas le hicieron una cesárea de urgencia, en donde descubrieron que Tomás estaba asfixiado, flotando en el torrente sanguíneo y sin el útero conteniéndolo. Miguel Vera, su pareja y padre de Tomás, veía cómo su mujer se desangraba en el pabellón. "Salió un anestesista, ensangrentado y shockeado, y me dijo que la Camila se estaba muriendo", recuerda él.

En la sala de espera, Andrea Astete esperaba a que alguien le informara qué estaba pasando con su hija y su nieto. De a poco comenzó a recibir las noticias de Miguel, a través de mensajes a su celular, hasta que un doctor le explicó lo que estaba pasando. "Nos contó que la Camila había perdido el 80 por ciento de su sangre, que tuvieron que reanimarla y sacarle el útero porque había reventado. Ahí sentí que el mundo se rompía. ¡Nunca más iban a poder tener un hijo! Ella, que había luchado tanto por lograrlo, y que además su hijo iba a morir porque Tomás tenía muerte cerebral", cuenta Andrea. Sus ojos se llenan de lágrimas. Porque después de dos embarazos que terminaron en pérdidas, uno de ellos con un feto de cinco meses con espina bífida, ahora ya ni siquiera había posibilidades de un cuarto intento.

Recién a las nueve de la noche, el doctor habló con Camila. "Lo vi complicado. Me tomó la mano y no sabía cómo empezar. 'Tuve que hacerlo', me dijo. Me lo explicó y me puse a llorar. Le pregunté si el Tomy estaba bien, porque pensaba que, al menos, ya había tenido un hijo. Cuando dijo que estaba 'estable dentro de su gravedad', me di cuenta de que estaba todo mal", recuerda.

Gracias a la insistencia de Miguel, Camila pudo conocer a Tomás la mañana siguiente. Ese día, ella estaba de cumpleaños. "Estaba entubado, con los ojos cerrados. No tenía ninguna reacción. Hacía movimientos reflejos, pero era un muerto en vida", dice Camila.

El séptimo día estuvieron más tiempo con su hijo. "Tenía carita de cansado, se veía que estaba agotado. Le dimos las gracias por resistir una semana y le dijimos que descansara y se fuera", recuerda Miguel. Esa noche, de vuelta en la casa que habitan junto a la familia de Camila en Macul, ambos dicen haber vivido un momento especial. "Una de mis trancas más grandes era que Tomás no sintiera que estuvimos con él. Tienes tanto cariño para dar, que te entristece saber que él no llegó a sentirlo. Estaba pensando eso, cuando escuché que un colgante de campanitas comenzó a sonar muy fuerte. Pensé que se habían entrado a robar, pero cuando me di cuenta de que no, sentí internamente una paz muy grande. Sentí como que el Tomy me decía 'gracias, los conocí'. Fui a la pieza y encontré a Camila con la misma sensación. Sonó el celular. Era para decirnos que Tomás había muerto", dice Miguel, emocionado.

La muerte de Tomás hizo decantar otros temas en la pareja. Consciente de su situación, Camila decidió hablar con Miguel y dejarlo libre, para que pudiera cumplir su sueño de formar una familia, esta vez sin ella. "No quería que se sintiera comprometido, ni tampoco retenerlo. Se lo dije, pero él siempre se quedó a mi lado", dice ella, sin saber que la sensación de paz que sintió Miguel fue un punto de inflexión en su vida. "Cambió todo mi espectro. En ese instante dije 'hay algo más allá'. Honrando a Tomás, sentí que no teníamos que estar tristes y que íbamos a hacer todo lo posible por salir adelante, aunque no supiéramos cómo", dice, tajante.

Con la pareja rearmándose desde el dolor más profundo, Camila se puso un deadline ambicioso: dedicar un año para concretar su deseo de convertirse en madre. "Se lo prometí al Tomy un día antes de que muriera, que no me iba a quedar de brazos cruzados. Lo hablé con Miguel; que me prometiera que en máximo un año tratáramos de ver cómo lo hacíamos, adoptando o lo que sea, pero que fuéramos papás de cualquier forma".

Sigue leyendo este testimonio en revista Viernes.
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