Blog de mujeres: ¿Cómo escapar de los amores que matan?

"Los amores tóxicos se alimentan de a dos", asegura la psicóloga Patricia Collyer. Conoce sus recomendaciones para alejarse de los también llamados "cariños malos".

10 de Agosto de 2017 | 12:40 | Por Patricia Collyer
Fotobanco
Valentina Henríquez estuvo a punto de engrosar la lista de las mujeres que mueren cada año por femicidio. Llevaba casi un año y medio emparejada con el cantante Camilo Castaldi, vocalista de Los Tetas, cuando se atrevió a denunciar en Carabineros -y amplificar en Facebook- su dolor. Según su relato, su pololo la maltrataba brutalmente y la última golpiza, sin motivo aparente, había sido la gota que rebasó su vaso. Valentina fue a la comisaría de su barrio, denunció el hecho, y se sacó fotos de su cuerpo y rostro agredidos. Las publicó en las redes sociales. Y habló en radios, diarios y televisión.

Nabila Riffo tuvo menos suerte. Pocos días después de la denuncia de Valentina, la Corte Suprema rebajó la pena que se había dado a la pareja de Nabila -de 26 años a 18 años de cárcel- porque "no había tenido intención de matarla". Solo romperle el cráneo y sacarle los ojos… Ella reaccionó estupefacta y anunció a través de los medios que interpondría un recurso en las cortes internacionales.

Estos casos, y cientos de otros que a diario conocemos a través de los medios de comunicación, nos plantean una y mil veces la pregunta. ¿Qué hace a una persona (generalmente, a una mujer) aguantar el maltrato por parte de su pareja? ¿Por qué pueden pasar años sin que denuncie, y siga aguantando golpizas, insultos y brutal maltrato psicológico? ¿Qué ocurre en su cerebro y en su corazón? ¿Por qué tantas veces se corta la cuerda y se llega a la muerte por no ser capaz de romper el cerco de la pasividad, el aguante, la desazón, el miedo o la impotencia?

Porque todos esos sentimientos -y muchos más y más complejos- subyacen en este fenómeno. La clave de este tipo de relaciones amorosas está en esos desgarradores versos del poema de Rubén Darío: "¡Si me lo quitas, me muero; si me lo dejas, me mata!".

La persona no puede alejarse, ya sea física o emocionalmente, de quién la hace sufrir porque, aunque la pareja la maltrate o abandone, se la sigue queriendo. En este patrón no hay diferencias de género. Hombres y mujeres están en riesgo, por igual, de caer en brazos de amores que matan, o los también llamados "cariños malos" a los que la inolvidable Palmenia Pizarro dedicó otros versos dolientes: "Si tú nunca fuiste fiel y me fingiste aquel amor perverso; Ten, respeto por favor, por mi cariño que aún… no ha muerto".

Se trata de relaciones enfermizas. Relaciones donde puede no haber violencia explícita pero sí una brutal violencia psicológica. Ese tipo de relaciones donde "adorarte es religión", como dice otro clásico bolero. En algún momento de la relación, esta ya no trae felicidad sino más bien dolor y terror, pero se siente la imposibilidad de cortarla.

Para quien sufre pasivamente un amor de este tipo, la relación prácticamente se reduce a soportar exigencias, humillaciones, desatenciones, ausencias, engaños, incomprensiones, abusos, sin asomo de comunicación, apoyo mutuo y proyectos en común, que es lo que caracteriza a los cariños buenos, a las relaciones sanas.

Aunque la relación nos hastía y nos destruye, se siente la certeza que la vida no tiene sentido sin el otro. Que uno no es capaz, ni será capaz nunca, de separarse. En este tipo de relaciones se genera el clásico mecanismo de las adicciones. Se sabe que la relación hace daño, que ese carrusel de amor y odio no trae nada bueno, que nada de lo que se haga logrará cambiar esa sensación de infelicidad, de frustración, de estar en una cárcel de la que no se puede escapar.

Que, tal como una droga, los momentos de éxtasis serán siempre más cortos que los de la caída al abismo, y que cada vez se irán haciendo más breves. Pero que uno no es capaz de arrancar ni darse por vencido. Más bien, que siempre se quiere dar una nueva oportunidad al ser amado. Como el jugador adicto, que siempre cree que en la próxima vuelta de la ruleta recuperará el dinero perdido. Y volverá una y mil veces a caer. Cada vez más hondo. Cada vez más sin retorno, como también lo hemos visto en los casos de adictos al juego se han conocido recientemente.

Como lo explica la psicóloga argentina Patricia Faur, "la víctima se queda esperando que la relación cambie y se ajuste a la que tienen en su fantasía; se aferra con desesperación a cualquier señal, a cualquier indicio que le permita seguir adelante con la ilusión".

Generalmente, un integrante de la pareja se adapta y tolera más la frustración. Pero las cosas empeoran día a día. Y llega un momento en que la situación es insalvable porque hay patrones insanos de conducta fuertemente arraigados, como el miedo a la soledad o una baja autoestima producto de falencias en la infancia.

Si se presta atención a tiempo, la relación puede salvarse pero para ello se requiere ayuda profesional, terapia. Patricia Faur indica que "las relaciones tóxicas no necesariamente terminan con una ruptura; se trata de correrse de un lugar de indignidad y de obsesión, porque de lo contrario en la próxima relación va a pasar lo mismo". Pero es lo que usualmente no se hace. Porque la justificación es uno de los mecanismos más comunes. "Si me cela, es que me quiere", "si no le gusta que yo salga sin él es porque se entretiene conmigo", "si me dice que estoy gorda es porque quiere verme más atractiva…".

No parece obvio, pero los amores tóxicos se alimentan de a dos. No es posible sostener una mala relación sin la complicidad de ambos. La apariencia es que uno es victimario y el otro, víctima. Pero los dos juegan ambos roles y son esclavos de éstos. Porque vivir un amor de este tipo, una relación enferma, no hace feliz a nadie. Por un lado, el "victimario" colabora activamente para que su víctima no se libere.

Generalmente, el mecanismo que subyace en este tipo de relaciones es la obsesión por cambiar al otro o redimirlo. Valentina Henríquez ha confesado que ella quería ayudar a Castaldi, que por eso seguía a su lado.

Este error parte muchas veces a la par de la relación, pero no alcanza a detectarse en medio de la química, de la marea de endorfina de los primeros tiempos tras el flechazo… Sin embargo, si se mantiene la alerta necesaria, si se presta atención a todo lo que está indicando que se trata de una relación que no hace feliz, y que nunca lo hará, se podrá salir, pidiendo ayuda, armando redes de grupos, de amigos, de compañeros de trabajo.

Al igual que con una droga, del amor que mata se sale con autocontrol, resistiéndose activamente a la tentación. Nunca exponiéndose imprudentemente al daño. O sea, jamás metiéndose en la boca del lobo otra vez…

Por Patricia Collyer, periodista y psicóloga de la U. de Chile.
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