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LA
PAZ AHORA
PROPUESTA
DE LA UDI SOBRE DERECHOS HUMANOS
Santiago, viernes 20 de junio de 2003
Nuestro
gran anhelo es no tener una patria dividida
Demetrio
Sampson Trujillo, hijo del fusilado político, don José
D. Sampson O., cuyos restos se encuentran desaparecidos.
Que
mis primeras palabras sean de perdón y no de rencor. Que nuestros
primeros sentimientos sean de amor y no de odio.
Jaime
Guzmán, en los funerales de Simón Yévenes , asesinado
el 2 de abril de 1986.
I.- NECESIDAD
DE CONSTRUIR UN CAMINO DE PAZ Y SUPERAR LOS VIEJOS ODIOS
Hasta la década
de 1960, Chile podía enorgullecerse de que los conflictos civiles
entre chilenos habían sido no sólo excepcionales, sino,
además, breves y pronto dejados atrás por una rápida
reconciliación.
Así sucedió
aún con los más profundos de entre ellos. La división
que enfrentó a realistas e independentistas en 1810 era ya sentida
como cosa del pasado, mucho antes de que hubiese transcurrido un cuarto
de siglo. Las heridas de la guerra que en 1830 se zanjó en Lircay,
estaban ya cerradas bastante antes de 1860.
Confirmando esa
noble tradición, en 1891, el primer acto de gobierno del Presidente
Jorge Montt, el día mismo en que asumió el poder, fue
promulgar una ley de amnistía para todos los "delitos políticos"
cometidos durante la guerra civil, que había costado 10 mil bajas,
esto es más víctimas que la guerra de 1879 contra Perú
y Bolivia, un número indeterminado de las cuales no cayó
en los campos de batalla, sino en enfrentamientos, allanamientos y fusilamientos,
a lo que debían sumarse las víctimas de torturas, saqueos
y atrocidades de toda suerte, hechos que consignan historiadores de
todas las tendencias, nacionales y extranjeros. Esa valiente decisión
no fue única, pues entre diciembre de 1891 y agosto de 1894 se
dictaron tres leyes de amnistía -dos parciales y una ampliada-,
en aras de la paz social, y en 1896 las autoridades compensaron monetariamente
a los militares que habían pertenecido a las filas balmacedistas,
y permitieron que oficiales del bando derrotado se reintegraran al Ejército
y a la Armada.
Ya en 1901, un hermano
del ex Presidente Balmaceda era llamado a ser Ministro de Justicia e
Instrucción Pública en un Gabinete del sector vencedor
en Concón y Placilla; y, al pedirle aceptar una cartera ministerial,
el Presidente Errázuriz Echaurren podía, así, decirle:
"Hay que borrar rencores".
"Borrar rencores":
ése fue el principio básico de los chilenos, después
de muy desgraciados enfrentamientos civiles. Gracias a su deliberado
y consecuente seguimiento por quienes tenían en sus manos la
responsabilidad política de llevar adelante al país, éste
pudo cerrar sus heridas pronto y sin huellas.
Hoy, por el contrario,
intranquiliza observar que ese principio ha sido dejado de lado. Lo
han sofocado odiosidades, rencores y enemistades entre chilenos, que
se arrastran y acumulan, pese al paso de las décadas.
No es que sean diferentes
las circunstancias. Los excesos, la violencia, la muerte, son semejantes
en todos los tiempos. Pero la actitud de las personas frente a ellos
puede no serlo.
La actitud en Chile
en estas últimas décadas no ha sido de búsqueda
de la comprensión, la conciliación y la convivencia entre
connacionales. Por el contrario, en ciertos grupos ha sido de constante
recordación de las heridas causadas por unos y otros.
Ese hecho anómalo
es una peligrosa deformación de nuestra historia, que no podemos
seguir ignorando y que exige ser corregido sin más demora, ya
que dificulta el camino a la paz social.
Es una realidad
que en los últimos 40 años, Chile ha atravesado un período
de grandes conmociones, muchas de ellas con muy dolorosas manifestaciones.
Es una realidad que, durante ellas, muchas veces se cometieron excesos
graves. Todos los chilenos nos dolemos de eso y quisiéramos que
nunca volviera a repetirse nada semejante. Pero no basta con desearlo.
Hay que actuar eficaz y conducentemente para lograrlo, en toda la medida
de nuestras capacidades.
No podemos borrar
el dolor del pasado, que nosotros queremos hacer nuestro, en señal
de solidaridad, pero sí podemos actuar para reducir el dolor
del presente y para prevenir el del futuro, en cuanto nos sea posible.
A quienes quieran
seguir avivando rencores, porque esperan venganza o provecho, dejémoslos
entregados a su cultura de la muerte y del odio.
En cambio, a quienes
quieren cerrar heridas, démosles los instrumentos para hacerlo,
hasta donde es humanamente factible. No hacerlo sería desatender
a los que sufren directa y personalmente ese dolor, y a las grandes
mayorías que quieren paz.
SI HAY LIDERAZGO
Y VOLUNTAD, HAY UN CAMINO
El servicio público
carece de sentido si se olvida que, por sobre las instituciones, la
estabilidad, la legalidad o el sistema político, están
los seres humanos. Ellos son la única y verdadera legitimidad
de la acción del Estado. La persona es el centro de nuestra vocación
política, y su bien material y espiritual es lo que guía
nuestra acción.
Por eso, cuando
existen chilenos que no pueden integrarse en plenitud a la convivencia
en la patria común, por hechos que, pese a pertenecer al pasado,
se actualizan en ellos cada día, no podemos quedar indiferentes.
El dolor que los afecta por la desaparición y muerte de sus deudos,
unido al desconocimiento de dónde se hallan sus restos, es algo
que nuestra sociedad no puede desconocer. Esto impide, además,
restablecer la armonía necesaria entre chilenos desde un recuerdo
común del pasado, aunque con diversas y legítimas interpretaciones
sobre sus causas y consecuencias, que permita mirar el futuro de Chile
como algo que nos pertenece a todos por igual y en el que la violencia
sea rechazada definitivamente.
Ese dolor es una
realidad personal e intransferible, que la sociedad nunca podrá
mitigar plenamente, pero que nos exige una respuesta ética, que
puede y debe expresarse en el derecho. Esa respuesta debe ser amplia
y flexible, respetuosa de las diversas historias e interpretaciones
personales, sin que ello signifique un nuevo atentado al bien de toda
la comunidad y de cada uno el bien personal. La ley y la acción
de todos los servidores públicos, deben ser instrumentos al servicio
de la convivencia, de la solución a los problemas sociales y
personales y del bien común.
La demanda principal
de los afectados por la desaparición de sus seres queridos tiene
tres dimensiones: verdad, justicia y reparación.
La verdad se vincula
estrechamente con el dolor. Conocerla es una necesidad vital y ética
de los deudos, a la que no es lícito que la sociedad les exija
renunciar.
La justicia y la
reparación se relacionan con el propósito de enmienda
y resarcimiento que obliga a toda la comunidad. No hay que escatimar
esfuerzos en hacer justicia y buscar la reparación subsecuente,
aún cuando ellas puedan, por exigencia de las circunstancias
y del tiempo, adquirir una dimensión limitada y relativa, en
la medida en que el desagravio no podrá nunca ser total y absoluto.
Esta es una noción que la comunidad y los deudos han de comprender,
cuando se ha hecho el máximo esfuerzo para facilitar el reencuentro
en la patria común.
Por su parte, la
sociedad también tiene una demanda y una necesidad: la paz. Ella
debe iluminar la acción política, para que sus respuestas
jurídicas no ahonden el dolor, pero tampoco la división.
El tiempo debe constituirse en un elemento que presione por soluciones
y no que favorezca, con su indiferencia, a que las heridas sigan abiertas.
El derecho, en consecuencia,
deberá buscar el camino que permita facilitar la verdad, la justicia,
la reparación y la paz, con conciencia de que es restringida
su capacidad para alcanzar en plenitud cada una de estas dimensiones.
Nuestra vocación política y la realidad de muchos de nuestros
compatriotas, así como la necesidad de contribuir a la ansiada
paz social, nos demandan encontrar en el compromiso jurídico
y , en la ley, una respuesta ética que respete los sentimientos
personales.
Eso es posible.
En circunstancias tan difíciles como estas, nuestros antepasados
quisieron y lograron recuperar la paz para Chile. Con voluntad y liderazgo
nosotros también podemos lograrlo.
LAS RAZONES DE
NUESTRA CONTRIBUCIÓN
Para avanzar hacia
una etapa superior de solución, la única vía es
considerar los factores reales, tomar decisiones y actuar. Queriendo
ir más allá de meros gestos y palabras, la Unión
Demócrata Independiente plantea un curso de acción preciso
y perfectamente factible para ir cerrando, al menos, las heridas de
quienes quieran cerrarlas.
Hay en ésto,
desde luego, un imperativo moral: no es ético privar a todos
de un paliativo, porque haya algunos que no lo admiten, o desean otro.
A quienes desean un camino de reparación y reencuentro, debemos
facilitarles la posibilidad de seguir ese camino. Con humildad, pero
también con la fuerza que confiere una convicción interior,
entregamos nuestra contribución.
Actuamos en esto
porque los derechos humanos preocupan esencialmente a la UDI, como deberían
preocupar, de verdad, a todos quienes actúan en la vida pública.
Jaime Guzmán lo reiteró así una y otra vez: lo
que concierne a esos derechos es, siempre, una situación
moral, que tiene muchísimo más importancia que los acontecimientos
políticos.
Sabemos que algunos
nos criticarán por plantear una vía de reparación
para las familias de aquellos cuyos derechos básicos fueron vulnerados
durante el Gobierno Militar. No nos sorprende, porque igualmente se
nos criticaría por no plantearla. Hacemos nuestras las palabras
de Jaime Guzmán: No me importa mi imagen, sino mi conciencia.
Que tales graves
excesos tuvieron lugar, es una evidencia: causaron y causan un dolor
que también nosotros sentimos, y ellos no deben repetirse nunca.
Sus consecuencias deben repararse y son responsabilidad de todos los
chilenos; la UDI lo cree una necesidad moral, histórica y nacional,
actualmente impostergable.
POR QUÉ
HUBO TANTA VIOLENCIA EN CHILE
Ello fue el resultado
de causas que pueden distinguirse en dos grandes grupos:
La primera, la gran
convulsión social que se vivió en los tiempos anteriores
y posteriores al 11 de septiembre de 1973. A este respecto, basta remitirse
a documentos de valor histórico irrefutable, como los acuerdos
de Chillán del Partido Socialista, en su XXII Congreso, en 1967,
en los cuales se justificaba la violencia como método de acción
política, o la carta que el 8 de noviembre de 1973 dirigió
el ex Presidente Eduardo Frei Montalva a Mariano Rumor, entonces Presidente
de la Unión Mundial de la Democracia Cristiana, donde describe
el derrumbe institucional del país y explica la intervención
de las Fuerzas Armadas en Chile.
En este ambiente
de profunda convulsión social y de violentas confrontaciones
fratricidas fue cuando se produjeron numerosos crímenes que repudiamos.
No son justificables,
pero no hay registro histórico de que una conmoción de
esa magnitud tenga lugar sin que deban lamentarse situaciones trágicas
e injustas. Los odios y los miedos despertados en millones de chilenos
por los propósitos expresos y por los métodos de la Unidad
Popular mientras ella ocupó el gobierno, originaron uno de esos
cuadros sociales en que toda la mentalidad colectiva está alterada,
y al desaparecer el poder de quien despertó tales odiosidades,
se desatan reacciones que quiebran todos los patrones normales de comportamiento.
La segunda causa
se encuentra en la conducta de ciertos grupos que, no obstante haber
quedado ya atrás la convulsión referida, se creyeron autorizados
para actuar contra quienes estimaron sus enemigos políticos,
reales o imaginados, con abierta violación de sus derechos humanos.
Contra esos grupos
se opusieron categóricamente Jaime Guzmán y diversas personas,
algunas de las cuales hoy integran la UDI, sin cejar hasta desplazarlos
de sus posiciones y forzarlos a someterse al marco jurídico.
Más aún, esos personeros marcaron en esta materia un cambio
decisivo, que fue reconocido por el Informe Rettig; a eso se debe que
durante el Gobierno Militar chileno, a diferencia de tantos otros casos
latinoamericanos y mundiales, la situación de los derechos humanos,
en vez de empeorar con el curso del tiempo, fue mejorando significativamente,
hasta traspasar el poder al nuevo gobierno en condiciones de indiscutible
normalidad constitucional.
Lamentablemente
los atropellos a los derechos humanos no concluyeron enteramente en
la década del 70. También los hubo hacia finales del Gobierno
Militar, así como con posterioridad al traspaso del poder al
Gobierno de la Concertación, en plena democracia, expresándose
en actos terroristas que tuvieron proyecciones posteriores y que forman
parte de la misma espiral de violencia que aprisionó a Chile
en las últimas décadas.
El problema de los
derechos humanos vulnerados, con toda su gravedad moral y su justa carga
emocional, no afecta la legitimidad intrínseca del paso que entonces
dieron las Fuerzas Armadas y de Orden, a petición de la mayoría
ciudadana, tras el quebrantamiento de todas las vías institucionales
por la Unidad Popular. Y no es justo silenciar que muchos uniformados,
así como muchos civiles, murieron o sufrieron lesiones irreparables
a manos de la Unidad Popular y sus partidarios, antes, durante y después
del 11 de septiembre de 1973. También ellos vieron sus derechos
humanos vulnerados. Millones de chilenos se sintieron amenazados por
la violencia física, moral y política que estaban ejerciendo
sobre ellos grupos ideologizados que, mediante la ruptura institucional,
pretendieron establecer un régimen totalitario, como ha ocurrido
y sigue ocurriendo en Cuba por casi medio siglo, y como, expresamente,
se quería entonces que sucediera también en Chile.
MIRANDO HACIA
EL FUTURO
Mirando hacia atrás,
todos los sectores, sin excepción, deberíamos admitir
que, antes y después del 11 de septiembre de 1973, habríamos
podido hacer más por resguardar los derechos humanos fundamentales,
que no son patrimonio exclusivo de nadie. Pero eso es algo que cabe
pensar con los antecedentes hoy disponibles y con la visión que
ahora es posible: otra era la situación real entre el fragor
de los odios, los peligros y las luchas de entonces.
Lo que ahora es
determinante, y lo que mueve a la UDI mirando hacia el futuro, es la
convicción de que eso nunca debe repetirse.
A esa luz, no es
sano ni prudente que la vida nacional siga anclada al pasado. Debemos
abrir una opción distinta a quienes, en todos los sectores, deseen
emprender una nueva etapa de sus vidas. Por eso planteamos la presente
propuesta.
Actuamos en esto
por los mismos motivos por los que, con buena fe y esperanza, en junio
de 2000 reconocimos el esfuerzo de la Mesa de Diálogo sobre Derechos
Humanos, buscando poner fin al desencuentro que dificulta que
el país avance unido hacia el futuro . Coincidimos entonces
en que era y sigue siendo imperativo y urgente contribuir a superar
este problema , que requiere de parte de todos un espíritu
de grandeza moral que nos permita concordar medidas efectivas para ese
fin y avanzar hacia un reencuentro nacional.
Respaldamos entonces
ese esfuerzo por asumir nuestro pasado , el de todos los
chilenos, y, convencidos de que es injusto traspasar a los jóvenes
los conflictos y divisiones que han dañado al país
; compartimos también el ánimo de legar a las nuevas
generaciones de chilenos una cultura de convivencia, basada en la libertad,
la verdad, la tolerancia y el respeto , premisas para crear condiciones
que efectivamente contribuyan a la unidad nacional.
Sin embargo, transcurridos
tres años desde entonces, los avances registrados hacia tan nobles
metas comunes no son todo lo esperado. Los instrumentos para hacerlas
realidad debieran ser ahora complementados con nuevas iniciativas para
que no subsista la incertidumbre, el dolor y el desamparo de muchas
familias de víctimas de esa espiral de violencia
que señaló la Mesa de Diálogo.
II.- EL ENCUENTRO
CON LAS FAMILIAS DE LAS VÍCTIMAS
Luego de conocidas
nuestras conversaciones con un grupo de familiares de víctimas
de Pisagua, en un muy breve plazo numerosas familias que representaban
a más de cien víctimas, todas vinculadas a casos consignados
en el Informe Rettig, se han acercado a la UDI demandando nuestra ayuda
para encontrar una mejor solución.
Muchos de ellos
no comparten nuestra visión histórica o política,
pero han recurrido a nosotros porque -como varios lo han señalado
públicamente- confían en nuestra trayectoria de rectitud
para abordar los grandes temas del país. Si ellos reclamaron
que todos los habían abandonado, nosotros no lo haremos, pues
no lo permite nuestra concepción del servicio público.
Desde el primer
momento, esas familias y nosotros hemos estado plenamente conscientes
de las descalificaciones que recibiríamos de los mismos grupos
de siempre. No obstante, a solicitud de ellas, hemos trabajado intensamente
en elaborar la presente propuesta, cuya concepción y modalidades
les hemos consultado, representa su voluntad y espíritu, y que
entregamos al Gobierno junto con nuestro compromiso de apoyarla en todas
las instancias, legislativas u otras, que pueda requerir.
Cabe destacar el
valor y la profunda dignidad de esas familias. Comenzando por aquellas
ocho de Iquique y Pisagua que dieron el primer paso, y que invariablemente
nos han expresado junto con cuánto han sufrido por la postergación
de dar solución a sus casos y por la utilización de que
han sido objeto por algunos sectores políticos, también
su vehemente deseo de que se abran ahora caminos para la superación
de los conflictos y para el reencuentro en una sociedad de normal convivencia
entre todos los chilenos. Desean que se reivindique el buen nombre de
sus deudos. Que nunca más deban otros sufrir lo que ellos. Que
sus hijos y nietos no hereden los odios de otro tiempo. Que se dé
paso a la verdad y, por sobre todo, a la paz, para poder, por fin, comenzar
otra etapa de sus vidas.
Quien mejor expresa
lo anterior es un hijo de un ejecutado político cuyos restos
se encuentran desaparecidos y que expresó en nuestra Comisión,
al finalizar nuestro trabajo, lo siguiente:
Este documento
no sólo es una propuesta, no sólo una solicitud de Reparación
y Verdad, no sólo una expresión jurídica, sino
una muestra de que es posible el reencuentro, sin condiciones y promesas.
Además, lleva nuestra alegría de vivir, nuestro dolor
del recuerdo y la esperanza de vivir en nuestro país como hermanos,
aunque muchas veces estos son tan distintos entre sí.
Deseamos que
exista la diversidad y no la odiosidad. Deseamos que exista respeto
y reivindicación para nuestros padres y esposos. Deseamos que
exista respeto a las familias de las víctimas y de los responsables
de las muertes de nuestros familiares.
No se puede
medir el dolor en forma cualitativa ni cuantitativa; sólo podemos
decir que todos perdimos. Por eso, hoy no sólo exigimos, sino
que también otorgamos nuestro compromiso para que nunca más.
Este pequeño
reencuentro entre la UDI y nuestras familias, tan injustamente criticado,
es un pequeño paso para avanzar en el cierre del ciclo del duelo
permanente en nuestras familias y sanear a nuestra sociedad de heridas
que, a lo mejor, no todas podrán ser cicatrizadas.
Treinta años,
para nuestras familias, es tiempo suficiente para no tener que seguir
reabriendo nuestras heridas una y otra vez.
Hoy, no sólo
estamos orgullosos del paso que dimos, sino también orgullosos
de nuestros padres y esposos, quienes nos dejaron un gran legado: enfrentar
todo con valentía y honestidad.
Nuestro gran
anhelo es no tener una patria dividida.
Estas palabras fueron
pronunciadas por Demetrio Sampson Trujillo, hijo de José Demóstenes
Sampson Ocaranza, militante socialista, fusilado en Pisagua el 30 de
octubre de 1973 y cuyo cuerpo se encuentra desaparecido.
Otro testimonio
recibido en nuestra Comisión que creemos importante transmitir
es el que entregó Nelson Trejo Jara, hijo de Luis Trejo Saavedra,
militante socialista, desaparecido el 15 de septiembre de 1975 en la
ciudad de Curicó. Sus palabras fueron las siguientes:
Con esto queremos
decir que nos encontramos en una etapa histórica de nuestro país,
donde, con mucho trabajo y esfuerzo de nuestros corazones, podemos cicatrizar
nuestras heridas y caminar juntos hacia una patria unida, con propósitos
de paz.
Si logramos
tomar esta propuesta o fórmula o como quiera que le llamen, nunca
hay que olvidar por qué las estamos desarrollando; sin olvidar
el pasado, pero pensando en el futuro de nuestras madres, viudas, en
nuestros hijos y en los que vendrán; en aquellos que lo único
que desean es que Chile sea una patria unida y sin rencores pero con
la responsabilidad y el compromiso de que los hechos del pasado nunca
más vuelvan a ocurrir en nuestro querido Chile.
Con todo esto, entendemos
cumplir el mandato señalado por Jaime Guzmán cuando públicamente
señaló: Nuestro partido dijo entonces- ha
contribuido a muchas iniciativas tendientes a la reconciliación
entre los chilenos. El país puede estar cierto de que continuaremos
haciéndolo, teniendo siempre presente que tan noble objetivo
requiere una adecuada ecuación entre la generosidad y el realismo.
La reconciliación nacional exige especial acierto, tino y equilibrio
en los instrumentos que se diseñen para lograrla.
Creemos que cumple
cuidadosamente esos requisitos la propuesta que hoy presentamos. Pero
junto con ello, quisiéramos señalar la necesidad de superar
la visión ideológica de los derechos humanos. Estos no
pueden estar referidos sólo a una época ni ser patrimonio
de alguien en particular. Por el contrario, estos derechos son inherentes
a la persona humana y a su propia dignidad y se refieren a todas las
fases de la vida y en cualquier contexto político, social, económico
o cultural. En este sentido manifestamos nuestra disposición
para estudiar e impulsar más adelante cualquier iniciativa que
busque institucionalizar su promoción y defensa.
III.- NUESTRA
PROPUESTA:
1) MEJORAR LA
LEY DE REPARACIONES
La ley sobre reparaciones
aprobada en 1992 sólo ha tenido efectos de escaso alcance, que
mal pueden estimar satisfactorios las familias afectadas. Esa ley no
ha contribuido adecuadamente a mejorar la situación de personas,
en su mayoría muy humildes, cuya vida familiar fue alcanzada
por la tragedia de perder a uno de los suyos: ellas siguen hoy entrampadas
por el evidente uso político que de esa tragedia hacen ciertos
grupos interesados en mantener indefinidamente esta situación.
Dado lo anterior,
planteamos:
Aprobar a la mayor
brevedad una nueva ley de reparaciones, que mejore las condiciones de
la hoy vigente, tanto en los montos de las pensiones como en los beneficios
de salud y educación, y ampliada a aquellos casos en los que,
no habiendo hoy ascendientes ni descendientes vivos, puedan tales reparaciones
otorgarse a los hermanos de las víctimas. Podrán acogerse
a esta ley los familiares de todas las víctimas consignadas en
el Informe Rettig, o en el complementario de la Corporación Nacional
de Reparación y Reconciliación.
2) CREAR UNA
NUEVA OPCIÓN PARA LAS INDEMNIZACIONES
En el cuadro actual,
el 98% de los casos de las familias que han demandado indemnización
civil por el daño causado han visto frustrada su expectativa,
porque las sentencias acogieron la alegación en contrario del
Consejo de Defensa del Estado -en cumplimiento de su obligación
legal-, sea por prescripción, sea porque sus abogados no hicieron
oportuna reserva de la acción indemnizatoria.
Por otra parte,
la mayoría de quienes interpusieron oportunamente acción
indemnizatoria no puede hacerla prosperar, porque se encuentra pendiente
la sentencia penal, sujeta a la eventualidad de que aparezcan los restos.
En suma, en lo civil, están con acciones prescritas y con dificultades
probatorias; en lo penal, con procesos que pueden permanecer indefinidamente
abiertos. El Consejo de Defensa del Estado, por otra parte, no está
facultado para llegar a transacciones extrajudiciales.
En la práctica,
las posibilidades de la inmensa mayoría de los familiares de
las víctimas de obtener judicialmente una indemnización
por el daño sufrido son inexistentes.
Dada esa realidad,
proponemos:
Establecer por ley
un sistema indemnizatorio, caso a caso, creando un derecho exigible
ante el Estado, incluso si la acción estuviere prescrita, como
lo está actualmente en la inmensa mayoría de los casos,
abriendo para ello un plazo de 6 meses, durante el cual todas las familias
de las víctimas consignadas en el Informe Rettig y en el de la
Comisión de Reparación, puedan solicitar del Consejo de
Defensa del Estado una indemnización por gracia, y facultando
a dicho Consejo para acordar transacciones con cada demandante. Cuando
se llegare a una transacción, el demandante renunciará
al ulterior ejercicio de nuevas acciones civiles, todo ello sin condicionamiento
ni restricción alguna en relación con el ejercicio de
la acción penal. Dicha petición podrá ser formulada
directamente por uno o más familiares, sin que se requiera la
intervención de abogado.
Aquellos que tuvieren
juicios vigentes podrán, en todo caso, optar voluntariamente
por seguir en la vía ordinaria de los tribunales, o acogerse
a este procedimiento especial, renunciando a la acción civil
correspondiente.
Todo lo dispuesto
en los dos puntos precedentes será aplicable, igualmente, a los
familiares de las Fuerzas Armadas y de Orden que hayan muerto como consecuencia
de actos extremistas, consignadas en el Informe Rettig, o en el complementario
de la Corporación Nacional de Reparación y Reconciliación.
3) AGILIZACIÓN
DE LOS PROCESOS
Los familiares han
planteado la necesidad de agilizar los procesos y, con ello, poder cerrar
sus duelos. Conspira contra esto la falta de información,
unida a la ficción de que los secuestros pudieren continuar indefinidamente.
En verdad, nadie
puede, racionalmente, sostener que subsisten en 2003 secuestros permanentes
iniciados en las décadas de 1970 o 1980, y que aún subsistan
con posterioridad a 1990. Sobre ficciones no se puede construir nada
sólido ni serio, que resuelva efectivamente los problemas de
los afectados y de la sociedad. Sobre esa base, se dificulta avanzar
hacia la meta de conocer la verdad y de que actúe la justicia.
Recogiendo lo solicitado
por las familias que se acercaron a la UDI y lo planteado públicamente
por las Agrupaciones de Familiares de Detenidos Desaparecidos, para
este efecto proponemos, para facilitar el conocimiento del paradero
de los restos de sus familiares, establecer por ley la apertura de un
plazo, para que el juez de la causa respectiva pueda recibir, por cualquier
vía y sin formalidad alguna, información eficaz y conducente
a dicho efecto. Para complementar el resultado de las fórmulas
previamente ensayadas con este fin, la ley establecerá una rebaja
de la pena o, alternativamente, una atenuante calificada a quien entregue
tal información, si fuere el autor o cómplice del hecho
delictivo, y una eximente de responsabilidad, si fuere encubridor.
Vencido este plazo
se abren dos escenarios sobre los cuales el Juez deberá pronunciarse,
dentro del marco jurídico vigente:
a) Si aparecieren
los restos, el juez deberá declarar el fallecimiento de la persona,
fijar la fecha en que, a su juicio, habría acaecido su muerte.
b) Vencido ese plazo
sin que hayan aparecido los restos, el juez deberá adoptar una
de las siguientes dos opciones:
i) Determinar que
continúa el secuestro, si estimare que tiene antecedentes para
ello. En tal caso, el juez deberá pronunciarse por resolución
fundada, respecto de los motivos en que apoya su convicción de
que el secuestro continúa.
ii) Determinar por
resolución fundada que, pese a no encontrarse los restos, sobre
la base de los antecedentes que obran en el mismo proceso, en otros
procesos similares, u otros de que pueda disponer, ha arribado a la
convicción de que la persona desaparecida ha fallecido. Deberá
también fijar la fecha en que, a su juicio, habría acaecido
esa muerte.
El Ejecutivo asignará
urgencia a la tramitación de los proyectos de ley que consagren
las precedentes vías de agilización de los procesos. Todo
ello dentro del marco de nuestro estado de derecho y con pleno respeto
a los principios jurídicos que informan la legislación
vigente.
4) MEDIDAS PROCESALES
COMPLEMENTARIAS
a) El Gobierno adoptará
las medidas que permitan que el Servicio Médico Legal cumpla
adecuadamente con su deber de realizar y entregar oportunamente a los
tribunales los resultados de los exámenes periciales requeridos
en los juicios objeto de la presente propuesta. Dicho proyecto deberá
contemplar todas las vías conducentes a ese efecto, incluida
la facultad de contratar la realización de tales pericias a entidades
técnicamente habilitadas, públicas o privadas, nacionales
o extranjeras.
b) Los procesos
por derechos humanos gozarán de preferencia para ser vistos en
las Cortes.
c) Se solicitará
de la Corte Suprema la mantención de los jueces de dedicación
exclusiva.
5) REHABILITACIONES
MORALES
Los familiares que
se han acercado a la UDI han expresado, asimismo, que, más allá
de las medidas de reparación material, tienen para ellos una
gran importancia las reparaciones morales, que permitan recuperar el
buen nombre y la consideración social de sus seres queridos ausentes.
En consecuencia,
planteamos:
i) A la luz de la
realidad que hoy vivimos y en procura de consolidar la verdadera reconciliación,
proponemos dictar una ley que declare rehabilitados, para todos los
efectos públicos que procedan, a las personas condenadas por
tribunales militares por delitos de traición a la patria, en
atención a calificaciones jurídicas de la época.
El documento que acredite esta rehabilitación podrá ser
solicitado al Ministerio de Justicia, sin sujeción a formalidad
alguna.
ii) Por erogación
pública, erigir un Memorial por la Vida y la Paz, que recuerde
a todas las víctimas de la violencia política, y que simbolice
el compromiso de la sociedad chilena con la voluntad de erradicar para
siempre la violencia de nuestra convivencia.
IV) CON GENEROSIDAD
SE CONSTRUYE LA PAZ
Al reiniciarse la
democracia, lamentablemente continuó la acción de la violencia.
Con la presente propuesta, la UDI busca contribuir efectivamente al
cierre de esa espiral de violencia política9 que
nuestro país ha sufrido desde la década de 1960 y que
los actores de entonces provocaron o no supieron evitar10.
Los chilenos hemos sufrido ya demasiado por esa causa: a la luz de lo
ocurrido en estos años, es necesario que terminemos de encarnizarnos
en nuestras propias heridas y en la división de nuestra propia
casa.
Por eso, al concluir
nuestra propuesta, como testimonio de nuestra voluntad de pacificación,
proponemos que el Presidente de la República, conjuntamente con
los proyectos antes referidos y con igual urgencia, presente también
un proyecto de ley de indulto general, que beneficie a todos los condenados
en virtud de la ley sobre conductas terroristas, por hechos perpetrados
entre el 11 de marzo de 1990 y la fecha de publicación de esta
ley, que hayan cumplido ya más de 10 años de prisión
efectiva.
Los familiares de
las víctimas de esos hechos de violencia, tanto civiles como
aquellos pertenecientes a las Fuerzas Armadas, de Orden y de Gendarmería
tendrán derecho a los mismos beneficios de la ley de reparaciones
y a las indemnizaciones antes señaladas.
Específica
y adicionalmente, llamamos al Presidente de la República a utilizar
los instrumentos diplomáticos y jurídicos conducentes
a que Mauricio Hernández Norambuena, condenado a presidio perpetuo
y, asimismo, los demás partícipes a cualquier título
en el asesinato de nuestro líder y fundador, Jaime Guzmán,
sean extraditados desde los países donde se hallen, o puedan
reingresar al territorio nacional con la plena seguridad jurídica
de que se beneficiarán en Chile de los efectos de esta ley general
de indulto. Comprometemos a la aprobación de ésta todo
nuestro apoyo.
Las familias de
Simón Yévenes y de Jaime Guzmán, al igual que esas
muchas otras familias que recientemente se han acercado a la UDI, se
unen en este ardoroso ánimo y voluntad de perdón, que
ofrenda el dolor propio en aras de la pacificación nacional y
del logro de un país mejor para las nuevas generaciones.
Hemos buscado testimoniar
así, en forma inequívoca y ante todo el país, la
voluntad real y sincera de la UDI de contribuir al reencuentro entre
todos los chilenos, para superar 40 años de violencia política
en Chile.
Jaime Guzmán
fue asesinado inmediatamente después de oponerse a la reforma
constitucional que le entregaba la facultad al Presidente de la República
de indultar a delincuentes terroristas, en 1991. Ese crimen, premeditado
por grupos extremistas bien identificados, permanece hasta hoy en impunidad,
y todos los esfuerzos realizados para conseguir verdad y justicia, en
plena democracia, han enfrentado toda clase de entorpecimientos. Una
injustificable inoperancia y escaso celo, permitió una fuga escandalosa
de los pocos hechores detenidos, su fácil huída del país
y una asombrosa ineficacia diplomática para obtener la colaboración
de países amigos con miras a lograr su justa sanción judicial.
Hoy, en testimonio
de que su muerte no fue en vano y recogiendo su invariable mensaje de
amor a Dios y a la Patria, en aras de la paz entre los chilenos, manifestamos
nuestra voluntad de concurrir a otorgar estos indultos. Esto tiene para
nosotros una especialísima significación, por el dolor
que su muerte significó y significa para la UDI. Lo ofrecemos
en señal de reconciliación.
No ha sido fácil
para nosotros dar este último paso, porque no hemos recibido
justicia alguna tras el crimen del único Senador chileno que
haya sido asesinado en toda la historia de la República, nuestro
fundador, inspirador y líder.
embargo, estamos
ciertos de que éste es un paso que Jaime Guzmán habría
querido que diéramos. Al despedir los restos de Simón
Yévenes, nuestro primer mártir, asesinado por extremistas
por su calidad de dirigente poblacional de la UDI, comenzó diciendo:
Que mis primeras
palabras sean de perdón y no de rencor. Que nuestros primeros
sentimientos sean de amor y no de odio".
Ese es el espíritu
que mueve hoy a la UDI a plantear esta propuesta. Ojalá ella
sea acogida con igual espíritu, por el bien de todo Chile.
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