Mis otras vidas

"Vuela, estás volando a través de una niebla azulina que te envuelve". Así lo sentía, pese a que de pronto temía no ver nada o que lo que ocurriera fuera sólo gracias a mi consciente imaginación.

13 de Septiembre de 2000 | 17:19 | El Mercurio Electrónico
SANTIAGO.- Desde hace tiempo la palabra regresión rondaba en mi cabeza. Desde pequeña tenía el interés en conocer si había vidas anteriores y posteriores a la presente, y -de haberlas- poder viajar hacia ellas. Pero sólo hace algunos meses, a raíz de un problema que ni sicólogos, ni sacerdotes, ni el tiempo -que se supone cura todas las heridas- han podido zanjar, la idea de tomar ese viaje cobró fuerza.

La decisión de someterme a una regresión, que puede parecer incitada por la moda que impone la visita a Chile del famoso siquiatra experto en regresiones Brian Weiss, fue impulsiva. Ese intrincado problema empezaba otra vez a afectar mi mundo muy intensamente y creí que no perdía nada intentando una solución mediante este método.

Toda la semana había estado con la idea de llamar a Alex, el experto que me podría guiar en la regresión, pero sólo el lunes en la mañana, cuando no me sentía bien, me decidí a hacerlo.

Con algo de temor y con mi parte racional repitiéndome que era una locura lo llamé consiguiendo una cita para el martes a las 20:00 horas. El no me aseguraba nada. Sólo después de entrevistarme, Alex sabría si mi situación ameritaba volver a mi pasado.

Estaba ansiosa, la curiosidad era mucha, pero también lo era la constante sensación de estar haciendo el ridículo.

Llegué a casa de Alex unos minutos antes de la hora fijada. El lugar me era muy familiar pese a no haber estado nunca allí. Tenía olor a incienso, era una sala pequeña y acogedora que estaba repleta de símbolos astrales como adornos recurrentes. Mientras me preguntaba "¿qué estoy haciendo aquí?" y mientras mi cabeza me decía "aún puedes arrancar", llegó él, una persona muy normal y hasta tímida, y comenzamos una larga conversación en la que expliqué mis motivaciones.

Alex no hace regresiones a cualquiera. Necesita comprobar qué hay detrás de ese deseo antes de viajar al pasado, y yo creí que en mi caso se negaría, pero no fue así.

Hizo que me recostara en una cama que estaba en el suelo y me cubrió con una frazada. Apagó la luz y empecé a sentir más intensamente el incienso. Cerré los ojos. Alex, con una voz muy profunda, comenzó a guiarme hacia la relajación. "Respira profundo..., siente que cada vez que exhalas botas humo negro... Son tus problemas y preocupaciones", me dijo, y así lo experimenté.

Perdí la noción del tiempo. De pronto empecé a sentir que mi cuerpo, por lo general muy tenso, estaba liviano, Alex me pedía que dejara mi mente en blanco mientras me daba instrucciones para que soltara mi cuerpo, y funcionaba. Me impresionó mucho sentir como mi brazo izquierdo casi flotaba, mientras que el derecho pesaba como si fuera de fierro.

Había conseguido relajarme mucho, pero mi mente aún no estaba totalmente en blanco. De pronto recordé que no le había preguntado aún a Alex cuánto me iba a cobrar por este viaje, y menos si me iba a alcanzar para pagarle. Empecé a sentir los ruidos del exterior de la habitación, pero con una gran intensidad, tanto que tuve que hacer un gran esfuerzo para concentrarme.

Sólo lo logré cuando Alex me dijo que un rayo de luz blanca comenzaría a inundar mi cabeza. Sí, en ese momento pensé "esto es una locura....no veo ninguna luz blanca", pero de pronto vi una luz que avanzaba por todo mi cuerpo y me envolvía. Sentí como todo en mi cabeza se aclaraba, y cómo esa luz me hacía flotar.

Alex me pidió que imaginara un ascensor y que bajara mirando un contador de tiempo en el que los números giraban locamente. Sólo yo podía detenerlos. Me costó ver el contador de tiempo, pero finalmente lo hice, y se parecía mucho a los contadores de visitas de los sitios web. De pronto los números se detuvieron, pero yo no podía verlos.

Me dijo que saliera de este ascensor y que volara. "Vuela, estás volando a través de una niebla azulina que te envuelve". Así lo sentía, pese a que de pronto temía no ver nada o que lo que ocurriera fuera sólo gracias a mi consciente imaginación. "Baja, me dijo, quiero que comiences a bajar..., la niebla se disipa".

Al principio no vi nada, pero de pronto apareció un paisaje, un cerro, el mar de fondo, y yo, arriba del cerro, de pie mirándolo. "Mírate los pies", me dijo Alex. Estaba descalza. Me pidió que le describiera cómo estaba vestida. Llevaba puesto un vestido como de arpillera. En la escena, en la playa, había unos pescadores a quien Alex pidió que les preguntará dónde estaba.

Yo los saludé, ellos me sonrieron. No sé si hablaban español, pero les entendí y sentí que era una indígena, que estaba en Chile, en una playa de la zona centro-sur.

Era la hija del jefe, tenía 25 años. Bonita, alta, trigueña. "Pregunta tu nombre", me dijo Alex. "Millarahue", le respondí sin saber cómo. A través de las preguntas de Alex, supe que me sentía muy sola, que por ser la hija única del jefe no podía relacionarme con el resto. Me subí a un caballo para arrancarme de todo eso, porque quería sentirme libre, pero me perseguían y yo huía de todos, sobre todo de Llanquil, mi esposo, un hombre mayor, fuerte, con una mirada temible, al que yo odiaba.

Alex me pidió que avanzara un poco en el viaje y que me detuviera en un momento que yo considerara importante. Me vi muy triste, queriendo morir o matar a Llanquil, que con sus maltratos despertaba en mí muchos deseos de asesinarlo o suicidarme. Sentí mucho miedo, lloré y grité en aquel momento, pero no así en el presente, donde sólo sentí que mi cuerpo temblaba y se estremecía.

Volví a volar, porque Alex quiso que me fuera de ahí y que de nuevo sintiera la niebla azulina a mi alrededor. Sentí frío mientras pensaba en la cantidad de detalles que podía recordar de mi vida como indígena entre los años 1500 y 1600, según conté a mi guía de viaje. Vi aves, vi colores, vi gente, sentí cómo me golpeaban, sentí el aire puro... pudo ser mi gran imaginación, pero la forma en que todo eso salió, como una grabadora al que le hubiera apretado play, era más rápida que la capacidad de razonamiento.

La niebla me cubría de nuevo y la profunda voz de Alex me invitaba a retroceder aún más, "vuela, todo está bien, vamos más atrás, baja, la niebla se disipa otra vez...". Aparecí como una niña de once años en un pueblo pequeño y sencillo de Francia, donde hasta ahora no he estado. "Riaux" respondí cuando me preguntó por el nombre del lugar, y "Charlotte" dije cuando quiso saber mi nombre. Nuevamente era muy distinta a como soy ahora, mi pelo era negro y mis ojos, grandes. Llevaba zapatos negros y un vestido largo. Estaba en mi dormitorio en un segundo piso y tenía a mi lado un libro antiguo escrito en francés, idioma que no hablo.

Entonces, era hija de un afamado y exitoso comerciante, tenía dos hermanos mayores y una madre hermosa a la que amaba mucho. Pero a quien más quería era a Rudolph, mi hermano mayor, que discutía con mi obstinado padre que no lo dejaba ser pintor. Rudolph pintaba hermoso y me había regalado un cuadro con un bosque que yo tenía en mi habitación.

Me sentía como un fantasma que dejaba pasar los detalles menos importantes y que se saltaba el tiempo a su antojo. De pronto mi buenmozo y adorado Rudolph -Alex me dice que estoy enamorada de mi hermano- dejó el hogar buscando realizar su sueño, y yo quedé muy triste con su partida, al igual que mi madre. Mi papá se volvió más serio, y mi otro hermano siguió sin importarme. Mis libros fueron mi refugio. Alex me pidió que saliera a caminar y que fuera a una iglesia, lo hice, y me encontré con un sacerdote. "Pregúntale en qué año estás", y lo hice, "1436" respondí, y volví a la niebla para avanzar en esa misma vida.

-"Ahora tengo 22 años y estoy comenzando un viaje", dije.
-"¿Adónde vas?", me preguntó Alex, "¿cómo te sientes?"
-"Voy a Italia" respondí, y estaba contenta.

Mi padre me había regalado un viaje para estudiar letras (desde pequeña me gustaba leer cuentos y fábulas), y me iba feliz sin temor a dejar mi casa ni a mis padres. Me motivaba la idea de encontrar a Rudolph al que añoraba y al que no había vuelto a ver, ese era el trasfondo de mi viaje, según dije a Alex.

Mi guía me hizo continuar, y me reencontré con 45 años escribiendo en una biblioteca en las cercanías de Roma. Me había vuelto una escritora famosa en ese tiempo. "¿Estás casada?" me preguntó Alex, y respondí que no. Luego me interrogó si tenía novio y respondí que sí pero que no lo amaba de verdad. A través de sus preguntas pude descubrir que seguía buscando a Rudolph, mi hermano perdido y que la impotencia de no encontrarlo me provocaba una gran tristeza y soledad.

Volví a la niebla y Alex me ayudó a relajarme una vez más, ahora llenando mis pulmones de amor cada vez que inhalara. Me sentí tranquila y segura. De pronto mis ojos comenzaron a abrirse de a poco siguiendo sus órdenes, y sentí frío, pero mucha tranquilidad.

Con Alex hablamos de la coherencia entre ambas vidas y de mi situación actual. Entonces recordé por ejemplo que desde pequeña quise tener un hermano mayor (soy la mayor de tres hermanos), que siempre me ha gustado mirar el mar desde un cerro, que siempre pienso en que me gustaría ser escritora (y que varias personas me lo han sugerido), que el periodismo llegó a mi vida de una forma inesperada, y que perder a alguna persona que quiero me provoca muchos trastornos, más largos que los normales.

No sé si sanaré de mi problema gracias a esto. Tampoco sé si todo fue producto de mi imaginación o si realmente lo viví. Luego de las tres horas en que duró la sesión, regresé a casa sintiendo una extraña tranquilidad, aunque mi racionalidad no deja de cuestionarlo, poniéndose en el lugar del periodista crítico que debe desconfiar y comprobarlo todo.

No sé si tengo pruebas aparte de la cinta que contiene la grabación de mis palabras. Ahora sólo debo escucharla cuando sienta la necesidad de hacerlo y de tratar de descubrir algo más. También me invade una gran curiosidad por saber qué significan Millarahue y Llanquil, y por conocer aquel pequeño pueblo de Francia, si es que realmente existe o existió.
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