"Fui enemigo de Fidel": trifulca con Castro y atentados

Como adelanto exclusivo, emol.com entrega extractos del libro "Yo fui enemigo de Fidel", de Fernando Flórez, quien fuera fiscal de la Revolución. Aquí ofrecemos dos momentos importantes del autor: cuando se trenzó a golpes con Castro y los dos atentados que sufrió en Cuba.

09 de Mayo de 2001 | 16:32 | emol.com
SANTIAGO.- Como adelanto editorial esclusivo, emol.com entrega dos extractos del libro "Yo fui enemigo de Fidel", de Fernando Flórez Ibarra, quien fuera teniente fiscal de la Revolución entre 1959 y 1963.

Aquí ofrecemos dos momentos importantes del autor: cuando se trenzó a golpes con Castro, en los tiempos universitarios en la escuela de Derecho, y los dos atentados que sufrió en Cuba siendo funcionario del régimen castrista.

CAPITULO 1: PELEA CON FIDEL

"(...) Este anfiteatro (de la Universidad de La Habana), el más grande de la Facultad de Derecho, con capacidad para unos doscientos estudiantes, de puntal muy alto y amplios ventanales, tan necesarios en el húmedo y sofocante verano isleño, tiene a su fondo una mesa tallada en caoba maciza, la mesa del profesor. Hacia allá se dirigió el ministro, intentando aplacar los ánimos para poder decir algo; pero los estudiantes que habían llenado el anfiteatro, de pie, enardecidos y beligerantes, haciendo caso omiso de los cientos de pupitres disponibles, seguían increpándolo a viva voz. Aureliano, al ver que nada lograría en medio de tal hostilidad, se escabulló hacia la salida.

Fernando Flórez Ibarra, junto a Fidel Castro y el mariscal Tito, en el yate rumbo a KoperFidel era quien lidereaba esta repulsa. Al salir Aureliano, se subió a la mesa del profesor y, desde lo alto de este improvisado escenario, siguió atacando al gobierno y a su ministro. Yo, que había demorado un poco en darme cuenta del barullo, al llegar al anfiteatro y ver hablando a Fidel traté de acercarme a él, con el ánimo de enfrentarlo. Como la multitud conglomerada alrededor de la mesa me impedía alcanzar esta tribuna, cuando estuve cerca de ella grité, para que todos pudiesen oír: "¡Oye, tú no eres más que un parásito económico de tu padre!".

En aquel entonces, yo sólo sabía -y era lo que me importaba- que su padre había llegado a Cuba integrando las tropas españolas y era un próspero terrateniente de la provincia de Oriente. Sin embargo, hoy se sabe que llegó como simple soldado, habiendo sido un modesto campesino de Galicia. Al terminar la guerra volvió a su patria y, más tarde, regresó a la isla como inmigrante, comenzando una nueva vida de trabajo y tesón que lo llevó a convertirse en propietario de plantaciones de caña de azúcar, en la oriental localidad de Birán, donde vivió hasta el fin de sus días.

Fidel, al oír mi acusación, giró su vista hacia el sitio donde yo me encontraba y mirándome de frente, señalándome con el índice de su brazo derecho extendido, me espetó, a pleno pulmón: "Yo seré un parásito económico de mi padre, pero no tengo puestos en el gobierno".

El contraataque me pilló por sorpresa. Efectivamente, yo tenía un puesto en el gobierno: era maestro de inglés en una escuela pública nocturna, en el reparto de Luyanó, barrio popular humilde de La Habana; pero este empleo me lo había conseguido mi padre, mediante influencias con sus colegas magistrados.

Molesto por lo que me había dicho, traté de subirme a la mesa donde Fidel seguía erguido, para poder dirigirme al auditorio en igualdad de condiciones. Supongo que, por los ánimos exaltados de todos, él se imaginó que yo lo iba a agredir y me lanzó una patada que alcancé a esquivar con mi antebrazo izquierdo. Por la fuerza del golpe, el brazo retrocedió violentamente y el reloj que llevaba en la muñeca salió disparado por los aires, cayendo en algún lugar del anfiteatro. Lo cierto es que, en el fragor de la lucha que siguió, me olvidé del reloj y más nunca apareció.

En ese momento, Evaristo Venereo, policía de la Universidad, personaje tenebroso que pertenecía a mi grupo, empujó a Fidel quien, al perder el equilibrio, saltó al suelo cayendo de pie muy cerca de donde yo estaba. Allí mismo nos trenzamos a golpes. Entre puñetazos, tropezones y bufidos avanzamos desde el anfiteatro hacia su salida, llegamos a la escalinata del edificio y bajamos dando traspiés, por sus seis o siete peldaños, hasta llegar al terreno de la plaza, donde seguimos enredados a golpes un rato más. Al fin, otros estudiantes lograron separarnos y cada cual, sudoroso y revolcado, siguió su camino. Así terminó este episodio.

CAPITULO 6: LOS TRIBUNALES REVOLUCIONARIOS

"(...) Como es fácil comprender, con tanto bandido alzado, mercenario infiltrado o espía suelto; desembarcando, saboteando y asesinando en nombre de la política diseñada por Estados Unidos contra Cuba, los tribunales tuvieron mucho quehacer en esta etapa. Por otra parte, la esencia inherente a la acción del fiscal, igualmente fácil de suponer, hizo que mi trabajo se convirtiera en la razón de buena parte de mis preocupaciones y el motivo que atrajo en mi contra el odio feroz del enemigo. Los dos atentados que sufrí dieron fe de ello y no dejaron dudas: el oficio de fiscal puede llegar a ser muy peligroso, sobre todo cuando el adversario es un engendro prohijado por la CIA.

El primer atentado ocurrió en mi propia casa, ubicada en Fontanar, reparto de la periferia capitalina, cercano al aeropuerto de Rancho Boyeros. La casa, como muchas en Cuba, tenía un cobertizo -el car porche- donde cada noche guardaba el auto. De esta forma, el acceso al vehículo resultaba fácil y una madrugada los facinerosos decidieron actuar. Sus planes eran instalar una bomba -made in USA- que haría estallar el auto, conmigo dentro, en el momento de hacer girar la llave de contacto. Se introdujeron en el jardín, sin mayores contratiempos, ignorantes de estar invadiendo los dominios de Rommel, un doberman bautizado así no por admiración al "Zorro del Desierto", sino en simple evocación de sus ancestros germánicos. La fiera se abalanzó sobre ellos, haciendo gala de su mixtura genética creada para matar, y los sorprendidos maleantes, desesperados por salvar el pellejo, atravesaron de un disparo sus dos patas traseras. Puestos en evidencia por la detonación y los lamentos del perro, se dieron a la fuga. Así, gracias al fiel Rommel, mi familia y yo salvamos del atentado. El héroe, afortunadamente, sobrevivió a sus heridas.

Después de esta experiencia, se me asignó un guardia de escolta, El Chino, que me acompañaba todo el día y demostró estar muy bien capacitado en su oficio. Aun así, no me pude librar de un segundo atentado, perpetrado meses más tarde. Mi escolta y yo íbamos por la carretera de Boyeros, que conecta al aeropuerto con la capital y que debía recorrer cada día para llegar a los tribunales. Yo iba conduciendo y El Chino a mi lado, atento. En un tramo de la vía, en el que era preciso disminuir la velocidad casi hasta detenerse, por estar situado entre un semáforo y una linea de ferrocarril, se nos acercó un automóvil por la izquierda, con dos ocupantes vestidos de milicianos. Poco antes de llegar al cruce ferroviario, los supuestos milicianos nos alcanzaron y el que estaba sentado a la derecha del chofer lanzó una granada que me hirió en el labio superior antes de caer sobre el asiento, entre El Chino y yo.

Si nuestro automóvil hubiese sido como los de ahora, con los asientos delanteros individuales, la granada habría caído en el espacio que los separa, perdiéndose debajo de ellos sin oportunidad de ser identificada. Pero, por suerte para nosotros, el auto en que viajábamos era un Ford Fair Line 500, del año 1959, con asientos enterizos, como casi todos los de esa época, y la granada cayó allí, sin explotar, balanceándose con el movimiento. La reacción nuestra, que duró una fracción de segundo, fue disímil. Yo volví a actuar impulsado por el instinto más ancestral, arrojándome fuera del auto mientras gritaba al Chino que se tirara. Este, en cambio, con parsimonia asiática que evidenciaba su gran profesionalismo, tomó la granada y la lanzó por la ventanilla. La explosión se produjo del lado afuera, resultando heridos El Chino, que recibió una esquirla en la cabeza, y un transeúnte que caminaba distraído. Afortunadamente, ninguno de los dos sufrió heridas de gravedad. El más lesionado fui yo, que quedé todo magullado al ser arrastrado unos cuantos metros por la fuerza de la inercia. El auto, por su parte, sin chofer y con las gomas perforadas por la metralla, rodó sin control hasta chocar contra la cuneta.

Con este nuevo intento para liquidarme -a mucha honra- los compañeros de seguridad determinaron que la familia debía mudar sus pertenencias a otra casa, menos expuesta. Y aunque después seguí recibiendo amenazas anónimas, estas no llegaron a concretarse.

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