Dúo Krylov-Mormone (6/8/1997)

03 de Octubre de 2003 | 11:04 |
Federico Heinlein

6/8/1997

Calurosamente ovacionado fue el recital que ofrecieron el violinista Serguéi Krylov y la pianista Stefanía Mormone en el Teatro Universidad de Chile. La Sonata de Debussy, complejo producto que data de 1917, cuando el compositor ya estaba minado por el cáncer, obtuvo una entrega que hizo justicia tanto a su exquisitez como a su reciedumbre. Los visitantes maravillaron por la exactitud de su complementación en todo momento.
Pareció tomadura de pelo el anuncio de “una pieza moderna” referente al trozo pueril e inane que oímos a continuación. Del tedio nos compensaron los Tres Caprichos de Paganini, brillantemente transmutados por Karol Szymanowski, cuyo excepcional tercero es uno de los caballos de batalla de los instrumentistas invitados.

La segunda mitad del concierto estuvo dedicada a honrar la memoria del violinista Jasha Heifetz, inolvidable por el encanto de su toque y el refinamiento de sus múltiples transcripciones para violín y piano. Con exaltación creciente, el numeroso público respondió a las dulzuras y pirotecnias que el dúo del hemisferio norte entregara de manera tan precisa.

El propio Heifetz parecía revivir en estas paráfrasis que el violinista ruso y su excelente acompañante italiana sirvieron con garbo y sensibilidad.

A la rauda chacota del “Golliwog''''s Cakewalk” debussiano le siguieron las sugerencias amables de un rondó, de Weber. Del desfile delicioso de los arreglos debidos a la pluma del célebre violinista lituano difunto hay que mencionar, también, el swing de las transcripciones de páginas de George Gershwin; la cadenciosa entrega de un vals de Leopold Godowski, coterráneo de Heifetz, y la versión de “Sevilla”, de Albéniz.

Pasmosa fue igualmente la espontaneidad del entendimiento entre arco y teclas en obras originales como el “Moto perpetuo”, de Paganini, o los “Aires gitanos”, de Sarasate. No es de extrañar que, año tras año, el soberbio binomio visitante coseche las mismas respuestas fervorosas. El virtuosismo individual de ambos y la gracia inimitable de su concertación les garantizan un éxito siempre renovado.
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