Gilberto Ponce
En un concierto fuera de abono, tuvimos ocasión de escuchar en el Teatro Municipal a uno de nuestros grandes pianistas. Alfredo Perl, quien se encuentra ya en plena madurez técnica e interpretativa, actuó junto a la Orquesta Filarmónica, conducida en esta ocasión por su director residente José Luis Domínguez.
El hermoso Concierto Nº 22 en Mi bemol mayor K. 482 de Wolfgang Amadeus Mozart fue el centro de la jornada. Se trata de una obra luminosa, de gran lirismo, cuyo tercer movimiento incorpora una sección lenta, donde el diálogo piano-orquesta recuerda las soluciones que su autor dio a las obras vocales.
Inobjetable, desde el punto de vista técnico y estilístico, fue la interpretación de Perl, con un enfoque unitario de sus tres movimientos, que se tradujo en limpias escalas, manejo preciso de fraseos y conceptos dinámicos, interactuando muy eficazmente con la orquesta, sin salirse jamás de un expresivo patrón clásico.
El bello sonido de Perl creemos que incluso sirvió como motivación para algunas de las mejores intervenciones de ciertas familias de instrumentos, como fue el caso de las maderas y los cornos, que en el oscuro y hermoso segundo movimiento produjeron una poética atmósfera.
La orquesta secundó al solista con momentos de gran calidad, como en el tercer movimiento, sin duda el mejor de los tres. En otros instantes, sin embargo, creemos que estuvo fuera de estilo.
Hemos observado en otras ocasiones las muestras del indudable talento de José Luis Domínguez, quien se ha visto obligado en el último tiempo a asumir todo tipo de compromisos: conciertos, ballet y ópera, todos de heterogéneos estilos. El joven director los ha enfrentado con solvencia en cuanto a "armar" las obras, pero de allí a obtener siempre los mejores resultados hay un buen trecho. Pensamos que no es posible exigir de un director emergente tareas imprevistas, que le impiden un acercamiento maduro a las obras. En otro aspecto, pensamos en la necesidad de becarlo, para que realice estudios para completar su formación como director. Creemos que para que se proyecte como un futuro gran director, éste es el camino que se debe seguir.
Dirigir obras del período Clásico es un gran desafío para cualquier director, pues requiere mostrar una gran claridad de las voces, enmarcadas en una severa expresividad. A esto se debiera agregar la sutileza en fraseos y acentuaciones, que sacan a la luz las virtudes y valores de estas obras.
La obertura de la ópera "Las Bodas de Fígaro", también de Mozart, recibió un tratamiento bastante plano, con un sonido demasiado grueso en los "fortes", pero en contraste estuvo muy bien en las secciones "piano".
Una de las obras favoritas de todos lo públicos es la Sinfonía Nº 9, llamada también "Del Nuevo Mundo", de Dvorák con la que se cerró el programa.
Sin duda, los mejores resultados quedaron en evidencia en el movimiento lento, de sugerentes imágenes, entregadas por las cuerdas y el corno inglés, en una muestra de indudable musicalidad.
En el primer movimiento, los equilibrios sonoros no fueron siempre logrados, y en las secciones "forte" los bronces sonaron demasiado "crudos".
Encontramos bastante plano el tercer movimiento, y mejorando mucho el cuarto en cuanto a sonido, dinámica y fraseos.
A pesar de los detalles mencionados, el público reaccionó entusiastamente, premiando a todos los intérpretes.
Sería injusto no mencionar el encore ofrecido por Perl, ante los efusivos aplausos: una estupenda versión del lied "Margarita en el Rueca" de Franz Schubert, en trascripción de Franz Liszt.