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Vinagre y rosas

22 de Enero de 2010 | 12:33 |
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Tras su infarto cerebral el 2001, Joaquín Sabina (n. 1949) jamás volvió a ser el mismo. No sólo por su quiebre definitivo con el ambiente de bares, prostitutas y cocaína que siempre publicitó y sus fans se encargaron de mitificar. Tampoco por haberle cambiado la cerradura a su "piso" madrileño (Sabina era célebre por darle las llaves a todos sus amigos) y comenzar a juntarse con poetas mayores de setenta años. El gran cambio es que Sabina dejó su cinismo y "malditismo" a lo Keith Richards por la aceptación del destino y la vida. Un choque con la moral suicida rockera que, como él mismo ha reconocido, le abrió las puertas a la estabilidad.

La historia de Vinagre y rosas comienza tras la gira con Serrat en 2007. Su amigo, el poeta y escritor Benjamín Prado se había separado de su mujer y estaba destruído. Sabina se entusiasma y decide "aprovecharse de su desgracia" y componer un disco juntos. “Yo vivo en una felicidad doméstica de la que es imposible sacar un verso; pero tú estás hecho polvo, y eso es una mina. Elige una ciudad", le propuso, según cuenta  Prado. Y partieron al hotel más lujoso de Praga. Una vez con las canciones listas, llamaron a Pereza, la ascendente banda que retomó el sonido stone-hispano desarrollado por Tequila y Los Rodríguez.

Esta mezcla de mal de amores, canción de autor, letras de alto vuelo y citas a la música popular se vuelve fascinante mientras avanza el disco. "Cristales de bohemia" es un triste retrato de la capital checa, liderada por un piano. "Vinagre y rosas" es una ranchera que habla de un circo cayéndose a pedazos. El flamenco-pop de "Menos dos alas" es uno de los pocos momentos alegres del disco. "Embustera" y "Crisis" son rabiosos rock and blues. Aunque este último roza el ejercicio de estilo, su letra refleja tan bien estos tiempos de paranoia global. "Blues del alambique" es un sorprendente blues acústico donde el protagonista le reza a Dios por sus problemas.

Mención especial merece "Violetas para Violeta", una estremecedora tonada que se convierte en blues y que ya estaba disponible en el tributo a Mercedes Sosa (Cantora, volumen dos). Una canción donde Sabina extraña a Violeta Parra y retrata Chile. "Volaron desde Chicago / unos gringos con corbata / y en una suite de Santiago / sin pisar Chuquicamata / defecaron en mi pago / Desde que se fue Violeta enlutando la poesía / se ensañan con los poetas / las faltas de ortografía (...) Pregúntale a los milicos / qué hicieron con La Moneda".

A Vinagre y rosas podemos definirlo como un disco de rock-pop musicalizado por un songwriter feliz, escrito por un poeta hecho polvo e interpretado por una banda con un pie en el rock and roll y otro en la tradición cancionera latinoamericana. Desde "Tiramisú de limón", primer tema y single promocional, Sabina asume el personaje de Benjamín Prado. "Pero esta noche estrena libertad un preso / desde que no eres mi juez", grita Sabina entre arpegios de guitarras eléctricas. En "Viudita de Clicquot", con una producción que replica el sonido de sus discos de los '80, el cantante maldice Mayo del '68 y a su ex mujer: "me sacaba la lengua en lugar de enseñarme a besar / me compró una tormenta después de robarme el abrigo". En la terrible "Virgen de la amargura", aparte de enumerar los dolores que sufre el protagonista, hay una referencia directa a la melodía de "Norwegian wood" de los Beatles.

Es interesante pensar que estos mismos versos cantados por Ricardo Arjona (o una banda emo-tween), perderían algo. Y ese algo es lo que podríamos llamar "tradición". Sabemos que Sabina domina ciertos recursos de la métrica y que hasta sus famosos ripios encierran una buena historia. Pero más aun: escuchar estos versos de parte de un par de viejotes como la dupla de Sabina y Prado, estremece. Como un hijo escuchando las confesiones de su padre, que sigue creyéndose joven.

—JC Ramírez Figueroa